Opinión
Ver día anteriorSábado 8 de octubre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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iJobs y la música
Juan Arturo Brennan
A

l menos en esta ocasión, Barack Obama dio en el clavo (me perdonan que no haya escrito en el blanco, pero en este caso me obliga la corrección política) al afirmar que ha resultado cabalmente emblemático de la herencia duradera de Steve Jobs el hecho de que una cantidad sustancial de los habitantes de este interconectado planeta se enteraron de su muerte a través de alguno de los gadgets que él inventó. Claro, como yo soy uno de esos rústicos que mira esa herencia con sentimientos encontrados y un granito de sal, tuve noticia de la muerte del CEO de Apple a través del sencillo y premoderno aparato de radio de mi automóvil.

Señalo aquí mi percepción de que algunos de los grandes logros del trabajo de Jobs y de la omnipresencia de sus inventos no me parecen tan geniales. ¿De veras es indispensable estar conectado en todo momento con todo el mundo? ¿De veras es buena la cantidad avasalladora de información que circula entre sus aparatos, y de veras la necesitamos toda? ¿De veras es saludable que tantísimos adolescentes y no pocos adultos se hayan desconectado de los libros, de la gente de carne y hueso, del mundo real, para crearse un entorno irreal de presencias virtuales y distantes, utilizando sus cada vez más veloces pulgares como una pobre extensión de sus mentes y corazones? ¿De veras podemos llamar progreso al hecho de que millones de habitantes de las grandes y medianas urbes transiten cotidianamente entre sus semejantes con la mirada vidriosa perdida en el espacio, indiferentes a su entorno, con los audífonos tan firme y perpetuamente incrustados en los oídos que a veces parecen una extensión orgánica de sus dueños? En medio de estas y muchas otras especulaciones posibles, es preciso reconocer, sí, que Steve Jobs incidió de manera contundente, espectacular y revolucionaria en la manera como nos relacionamos con la música.

Hoy día, feliz poseedor de un iPod lleno de la música que amo, abundante, portátil, accesible y privada, miro (y ya casi nunca escucho) con nostálgica ternura mi decrépito Discman y mi aún más vetusto Walkman (ambos funcionan todavía) y me admiro de la velocidad y la magnitud de cambio que este elegante y eficaz aparato ha generado en nuestra manera de percibir la música y, sobre todo, interactuar con ella, cosa que antes no era posible. Todavía no domino por completo todas las funciones y posibilidades de ese poderoso software que es iTunes, pero he aprovechado con fruición algunas de ellas para organizar y gestionar mi música (para efectos de disfrute o de trabajo) en maneras que hasta hace poco me eran inimaginables. Y no cesa de asombrarme que el concepto comprar música, que antes involucraba llevar a casa físicamente una modesta cassette, un entrañable LP o un CD de diáfano sonido, se ha convertido en una transacción virtual de bits y bytes a través de la variopinta y controvertida oferta de iTunes Store.

Una consecuencia ciertamente interesante de la existencia del iPod, de iTunes, de iTunes Store y otras interfaces musicales complementarias es el hecho de que estos revolucionarios aparatos y sistemas nos han forzado a los melómanos a realizar una mínima actualización tecnológica para no quedarnos, literalmente, fuera de la música. No he terminado de entender cabalmente la diferencia entre los formatos WAV y mp3, y no he aprendido a comprimir la música (¡pobre música, cómo la maltratamos!) para enviarla por Internet. Pero no deja de divertirme el hecho de que la ubicuidad de los aparatos y sistemas inventados por Steve Jobs ha generado, entre otras cosas, una insólita manera de medir. Como la diferencia entre 20, 40 y 80 gigabytes de capacidad de un iPod no me dice nada, pregunto por un parámetro más confiable. La respuesta: Es que a éste le caben 20 mil canciones. Formidable: la canción como novedosa unidad métrica. Reviro: y, ¿a cuántas sinfonías equivale eso? La mirada en blanco y el estupefacto silencio de mi interlocutor me dicen que los melómanos mayores (a falta de un mejor eufemismo) todavía tenemos algunos ases bajo la manga.

Steve Jobs ha muerto. ¿Quién nos sorprenderá ahora con el próximo gadget musical alucinante?