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Documentados o no, ya somos parte de esta sociedad estadunidense, dicen los trabajadores

Arizona, laboratorio donde primero se prueban las políticas antinmigrantes, afirman jornaleros
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Letrero que anuncia la llamada cárcel de las carpas, que se encuentra detrás del complejo de edificios y está oculta para quienes pasan por la calleFoto Elizabeth Coll
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En ese mismo lugar de Maricopa, y dirigido por Joe Arpaio, aparece el número telefónico de la oficina del sheriff para denunciar la presencia de sospechosos de ser indocumentadosFoto Elizabeth Coll
Elizabeth Coll
Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Domingo 9 de octubre de 2011, p. 23

Phoenix, Arizona, 8 de octubre. Bajo un árbol de palo verde, en la calle frente al Centro de Trabajo Macehualli, Víctor, sinaloense y quien lleva 15 años en Phoenix, se ríe de la propaganda antinmigrante que afirma que el desempleo en Estados Unidos es culpa de los indocumentados. Los estadunidenses, asegura, no quieren los trabajos que ellos hacen, con 12 horas bajo el sol y una paga de cinco a siete dólares la hora. Pico y pala, señala otro jornalero, quieren que trabajemos, disculpe, pero como negros.

Los jornaleros han visto que los pocos estadunidenses que llegan a trabajar no aguantan el ritmo: abandonan la labor a las 10 de la mañana, cuando apenas empieza el calor. Dice el norteño que muchos tampoco sirven para los trabajos de construcción: A todos les duele la espalda. Se enferman un día a la semana; a cada rato tienen cita con el doctor.

Uno de los pioneros del Centro Macehualli, Víctor (los nombres reales han sido omitidos por razones de seguridad), relata que las leyes antimigrantes validan el trato abusivo contra los indocumentados, lo cual denigra a la sociedad estadunidense. Hace poco un patrón le dio un cheque sin fondos, por 2 mil 500 dólares. Cuando el jornalero fue a reclamarlo en el tribunal del condado, lo detuvo un policía en la calle por caminar en zona escolar, un delito inventado. Al presentar su credencial de México, la policía se la arrojó en la cara. Otro patrón le dijo a unos indocumentados que se les paga menos como castigo por no tener papeles. Eso se llama odio, afirma el jornalero, querer que alguien cerca de ti pase hambre. Documentados o no, somos parte de esta sociedad.

Ahora los candidatos presidenciales republicanos cortejan a Joe Arpaio, el sheriff de Maricopa que invita a los ciudadanos a cazar indocumentados junto con él. En vez de denunciar el racismo en el estado, lo elogian. Los jornaleros están conscientes de que las políticas antinmigrantes de Arizona se están extendiendo por todo Estados Unidos: Aquí es el laboratorio donde las prueban primero. No se abandonan del estado, indican, porque en todos lados la situación ya va a ser igual. Además, quieren enfrentar esta injusticia aquí, donde ésta nació.

Aquí estamos los puros guerrilleros, dice Roberto, un guerrerense, quien está sentado contra la pared. Lleva 29 años trabajando en los campos de Estados Unidos, y habla con mucho rencor. Explica Víctor, el sinaloense, que los compatriotas que tienen más tiempo aquí resienten más el ataque en su contra. El guerrerense insiste en hablar en idioma inglés: ¿Quién crees que recoge las fresas en Oregón? ¿Las manzanas en Washington? ¿Las lechugas, las cebollas, los jitomates? ¿Quién? Golpea su pecho con un puño pesado: “Some mexican guys.

Los jornaleros que llevan años en Phoenix se acuerdan de haber construido esta ciudad, que ahora es la sexta más grande del país. En la última década, Arizona ha sido uno de los estados con mayor crecimiento; Gracias a uno, dice un trabajador del centro.

Sienten los jornaleros que los están acorralando; aun cuando regresan hacia México, los agentes de la migración estadunidense los detienen y los procesan, y esta situación es nueva. Dicen que ahora muchos migrantes bajan del camión antes de llegar a la frontera, y entran a México como salieron, a pie por el desierto.

Nunca van a detener la migración, explican los jornaleros, y las medidas contra ellos sólo hacen que los migrantes arriesguen más sus vidas. Si hacen una barda de 20 pies, hay una soga de 50 pies. Pero entre más alta esté la barda, más peligro para bajarla.

La retórica nativista contrasta con el paisaje de la ciudad de Phoenix: iglesias de adobe en placitas, nopales y saguaros, barrios que se llaman Los Olivos y “Montezuma Heights”. Parece que los que buscan correr a los mexicanos quieren regresar a un pasado que nunca existió. Quieren pintar el adobe de blanco. Pero, asegura un joven jornalero, aunque quieran nuestro color, no nos van a poder sacar ya de Estados Unidos. Porque todas las familias tiene muchos hijos, nacidos aquí. Ya son estadunidenses, pero siempre van a ser morenos como nosotros, señalan.