Opinión
Ver día anteriorLunes 10 de octubre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Dixio
 
Dylan, Morrison, Smith
Hermann Bellinghausen
A

l menos desde los años 60 se habla con osadía y soltura de poesía en relación al rock. Las academias, las capillas literarias dominantes y los poetas formales lo han puesto en duda, desbaratando con sorna los ripios, lugares comunes, plagios y simplificaciones que suelen alimentar las canciones de ese arco lírico y sincopado que va del rock al hip hop y la multitud de formas híbridas que hoy constituye en todo el mundo la canción popular, el pop en su originaria acepción. Pese a tales desaprobaciones y al hecho obvio de que sólo a veces las letras de rock valen la pena como poesía, medio siglo después ya no se necesita de benevolencia cultural para reconocer que rock y poesía bien pueden ir juntos con notable fortuna, superando poéticamente a géneros prestigiosos y alambicados como la ópera, las cantatas y el lieder.

Por distintas razones, estos días resuenan (en los medios, ¿dónde más?) los nombres de tres autores como poetas reconocidos y agradecibles escritores. Son ya intérpretes canónicos de comprobada honestidad artística: Bob Dylan, Jim Morrison, Patti Smith. Hijos de la posguerra (como todos los fundadores del rock en inglés en ambas orillas del Atlántico), son producto de la victoria y la tragedia estadunidense y se entroncan de manera heterodoxa con el blues, los beat y lo que ellos entendieron por Rimbaud.

A principios de octubre, Dylan encabezaba por primera ocasión las quinielas del premio Nobel de literatura, y aunque no lo recibió es probable que ya nadie se ande jalando los pelos de indignación ante la mera posibilidad. Aún aquellos que detestan sus versos, su voz o sus veleidades pueden reconocer la influencia seminal que ha representado para los poetas del último medio siglo, en particular pero no sólo en lengua inglesa.

Su desenfado, su falta de límites, su resonancia profética y la narración irónica y astuta de sus días (los nuestros) lo convierten en maestro mayor de ya tres generaciones. Más aún porque fue tocado por la gracia de la atención mediática, mientras influía él mismo en las nuevas formas de comunicación. Ha usado con descaro estas herramientas para difundir poesía y actitud poética. Si sólo por sus enseñanzas fuera, Dylan merece un Nobel más que muchos de los que se lo andan sacando año con año. Por lo demás, parafraseando al clásico, qué bueno es Dylan cuando es bueno. Y si no, por lo menos toca y es tocado por el blues, que ya es bastante.

En su estupenda y muy sixties antología de Poesía inglesa contemporánea (Insulae Poetarum, Barral, 1975), el peruano Antonio Cisneros, al recoger a los autores del importante movimiento literario Mersey Sound, de Liverpool, reconocía que debió incluir a Lennon y McCartney pero se abstuvo. No sólo eran archiconocidos, sino que además con todo y música resultaban inmejorables.

El rock devolvió a la poesía su originaria vocación trovadoresca, rapsódica, escénica. Entroncó de muchas maneras con el folk inglés, la chanson, el cante jondo, el calipso, la trova latina. Su espacio es el sonido, no las páginas de los libros.

A finales de 1966, Jim Morrison se convirtió en la anomalía instantánea. Un dandy inesperado, histriónico, sulfuroso, con un brillante trío de blues angelino y desafiante a sus espaldas, metiéndole los ruidos por las puertas. Morrison brillaría menos de cinco años, y se inmoló precipitadamente, dejando tras de sí la estela animal de una certidumbre poética que no se ha disipado a 40 años de su muerte parisina, que justamente se cumplen ahora.

La tercera pieza de una pieza es Patti Smith, y todo el crédito de la influencia a Dylan y Morrison (y Rimbaud), su ABC. Intérprete escalofriante, icono fundador del punk y madre mítica, es en primer lugar poeta y escritora de consideración. Sus memorias juveniles Just Kids (2010), que ameritaron el prestigioso Book Award del año pasado, la confirmaron, igual que a Dylan sus Chronicles, como la escritora que ojalá hubiera hecho más libros. Bueno, de poesía lleva varios. Las memorias que siempre nos faltarán en cambio son las de Morrison, pues él vino con prisa y toda la disposición para largarse de aquí cuanto antes.

No son los únicos poetas pilares del rock, y tal vez ni siquiera los mejores, pero nadie como ellos dio con la piedra filosofal para tan certera composición de versos y vehículos musicales en maneras memorables y estimulantes. Inspiradas pues. Escuchar a los ancianos William Burroughs o Bo Didley decir con brillo demoníaco los versos y requiebros de Morrison, o bien a Willie Dixon, Allen Ginsberg o Nina Simone interpretar a Dylan con devoción, produce una extraña sensación de que los alumnos superaron a maestros que parecían insuperables.

Ya no digamos el impacto, al que uno nunca se acostumbra y siempre siente como nuevo, de Patti Smith cantándose sobre un barco ebrio, o cantado a Dylan, o a Morrison, disfrazada de ellos vueltos ella, hechizante, ahí. La belleza será convulsiva, ¿no?