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Mar de Historias

La ventana en la torre

Foto
Hace cinco años, Leopoldo inauguró su taller de fotografía, que está en el tercer piso de un edificio viejo y sólido ocupado mayormente por relojerosFoto Tomada de Internet
H

ace cinco años, la mañana en que Leopoldo inauguró su taller de fotografía, Emilia, su esposa, le exigió que un sacerdote bendijera el local. Está en el tercer piso de un edificio viejo y sólido ocupado mayormente por relojeros. Como excepción trabajan allí, además de Leopoldo, un técnico odontólogo, un reparador de figuras de cera y un taxidermista que nunca cierra su puerta. Quienes pasan frente a ella pueden ver, colgadas en las paredes, aves de vuelo suspendido, cabezas de felinos y de toros que, aun en su inmovilidad, resultan majestuosas y amenazantes.

En el edificio no hay elevador. Las escaleras conservan restos del congo rojo con que alguien tiñó los peldaños para simular una alfombra. Ese detalle corresponde a otros tiempos, cuando las viviendas que hoy son establecimientos comerciales estaban ocupadas por familias de clase media que más tarde huyeron hacia la periferia.

II

Confinado en el último piso del edificio, sin un rótulo que anuncie su taller, en cinco años Leopoldo ha tenido poca clientela. Está formada sobre todo por mujeres: viudas pobres que le piden retocar su foto de bodas y madres que ansían ver otra vez nítida la imagen en donde sus bebés de ropón, ahora hombres hechos y derechos, le sonríen a la vida que empieza con su primer dientito.

En febrero se presentó en el taller de Leopoldo una pareja. El rostro del hombre era pétreo, el de la mujer denotaba un temperamento cálido y nervioso. Desde la puerta advirtió que no estaban allí para tomarse una foto, sino para visitar el sitio en donde habían pasado sus primeros años de matrimonio.

Leopoldo comprendió que era imposible negarles el paso. En cuanto entraron ella, emocionada y locuaz, tomó posesión del espacio y lo transformó según iban brotando los recuerdos:

–Allá, junto a la ventana, instalamos nuestro sillón. Y aquí, en donde usted tiene su restirador, puse una mesita de centro preciosa que nos talló mi suegro. En la esquina en donde está su archivero colocamos, para mayor seguridad, un San Juditas de bulto que era de mi mamá. De no habérselo dado a mi hermano Andrés aún lo tendría, lo mismo que nuestras fotos de familia. En tantos cambios de casa Andrés perdió muchísimas. Cuando se fue a Tampico le devolvió a mi madre las poquitas que le quedaban, tan maltratadas que ya casi ni se distinguen las figuras. Lástima, porque eran preciosas. Recuerdo sobre todo la de una casa muy grande, en donde se ve a mi abuela sentada en las escaleras. ¿Por qué estaba allí? No lo sé.

El marido intervino por vez primera:

–Ni lo sabrás. Y ya, ¡déjate de cosas! Lo perdido, ¡perdido! Harías mejor en decirle a tu mamá que tire esas fotos viejas: nada más estorban.

La perspectiva de semejante destrucción despertó el interés profesional de Leopoldo:

–Tal vez yo pueda reconstruirlas. Es mi especialidad. No les aseguro que pueda arreglarlas todas, pero es muy posible que algunas sí. Desde luego necesito verlas. Si quieren traérmelas yo con mucho gusto las examino y les digo.

A la mujer se le iluminaron los ojos y aceptó gustosa la tarjeta con las señas del taller. Mientras la miraba juró que muy pronto le llevaría a su madre. Su seguridad desapareció ante el gesto escéptico del esposo.

Por la noche Leopoldo le habló a Emilia de los inesperados visitantes. Se entusiasmó con la posibilidad de que le encargaran un trabajo que pondría a prueba su profesionalismo. Emilia le aconsejó no hacerse ilusiones, pero él se pasó la noche atrapado en el misterio de las fotos desconocidas.

III

Leopoldo se había olvidado de la pareja cuando una tarde a finales de septiembre apareció en su local una mujer pequeña y enjuta. En sus ojos se veía la timidez y bajo su brazo un envoltorio de plástico. Por la forma en que lo estrechaba, Leopoldo adivinó el gran valor que su contenido tenía para la desconocida, quien de inmediato se identificó:

–No sé si se acuerda, pero mi hija estuvo aquí con su marido a principios de año. Ella me explicó que usted puede arreglarme unas fotos muy maltratadas. ¿Es cierto?

Puso en manos de Leopoldo el envoltorio y miró en su derredor.

–Cuántos recuerdos, ¡qué barbaridad! Aquí viví muchísimos años, primero con mi madre, luego con mi esposo y mis hijos Andrés y Sari, después nada más con ella y con mi yerno. Él quiso que nos fuéramos a Iztapalapa, pero yo sigo extrañando mucho estos rumbos.

Leopoldo la dejó hablar mientras analizaba las fotos. Al cabo de un rápido análisis, aunque le doliera aceptarlo, reconoció que de todas sólo una era rescatable: la de una casa antigua en cuyos escalones exteriores aparecía una mujer sentada. Procuró suavizar el tono de su veredicto:

–Verá usted señora…

–Dígame Emma –la mujer se inclinó sobre la foto seleccionada por el restaurador y puso el índice en la figura femenina de los escalones. Es mi madre. Le encantaba esta casa, decía que era la de sus sueños. Siempre que íbamos a entregar costura al taller, me llevaba a verla. Su ilusión era que en una de esas alguien dejara abierta la reja para mirar hacia el interior. Sólo veíamos, por encima de la barda, las copas de muchos árboles y palmeras.

–Esto no es una casa, sino un palacete. ¿Por dónde quedaba?

–Yo era muy niña y no me acuerdo de la calle, pero sí del rumbo: San Álvaro. He ido varias veces para allá, pero nadie ha sabido darme razón de la casa. Hasta me dicen que nunca existió. ¡Claro que sí! La prueba es esta foto.

–¿Quién la tomó?

–Un fotógrafo callejero, de esos que había antes. Debe de haber sido bastante bueno, porque retrató muy bien todos los detalles de la fachada, el portón y las ventanas. Recogimos la foto en una agencia en las calles de López. Todavía me emociona recordar la forma en que mi madre me dijo: Emma, sentada en esos escalones ¿no parezco la dueña de esa casa? Y yo, ¿qué iba a decirle? Pues que sí, pero al final las dos nos reímos.

–Comprendo que la foto signifique tanto para usted.

–Muchísimo. Era nuestra diversión y la alegría de mi madre. Por desgracia, en vida tuvo muy pocas. Ella se pasaba buenos ratos tratando de adivinar lo que habría detrás de las ventanas, sobre todo de ésta –Emma señaló la más estrecha, visible en lo alto de una torre. Ni cómo saberlo, pero en cambio se imaginó que correspondía a nuestro cuarto y hasta me describió cómo estaban distribuidos nuestros muebles. ¿Se imagina cómo se verían una litera y cuatro sillas de pino en semejante mansión?

–Bueno, era un juego.

–Eso estaba muy claro para mí, pero de todas formas la idea de vivir en un sitio tan grande me asustaba. Mi temor era perderme en medio de tantos cuartos. Y luego la oscuridad. Siempre le he tenido pánico y no recuerdo que hayamos visto una sola luz encendida en aquel palacete.

–Emma escuchó el reloj en el taller contiguo: –¡Las seis! Tengo que irme. ¿Qué hacemos: vengo o usted me llama?

–Para que no haga el viaje en balde hasta acá, le hablo cuando tenga listo el trabajo. No sé cuánto vaya a tardarme. Los árboles y las palmeras exigen mucho detalle. En la ventana de la torre falta un pedazo de papel y sobre la figura de su madre hay una mancha de humedad. Debo retirarla con cuidado para que la silueta y las facciones queden claras.

–Vale la pena. Mi mamá era muy linda, muy ocurrente, siempre procuraba buscarle el lado bueno a las cosas y jamás perdió la esperanza de cumplir sus sueños, por ejemplo el de entrar alguna vez en la mansión. A veces me decía: Si no lo consigo en esta vida, a lo mejor en la otra.

IV

Desde el momento en que llegó a sus manos la foto de Emma, Leopoldo no ha dejado de trabajar en su restauración. Esta noche la terminó. Por la mañana vendrá su dueña a recogerla. De seguro, en cuanto ella la vea, quedará encantada por la delicadeza con que él restauró las facciones de su madre y el follaje de los árboles que sobresalen de la barda.

Leopoldo se siente orgulloso de su trabajo y le duele desprenderse de la fotografía. Antes de entregársela a su dueña retira la funda que la protege para verla por última vez. Mira cada detalle. Todos le resultan familiares, excepto la luz que de pronto aparece en la ventana de la torre.