Opinión
Ver día anteriorLunes 7 de noviembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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México también
E

s un error, y grande, pensar que las malas condiciones económicas y financieras que prevalecen hoy en Estados Unidos y Europa son un asunto de ellos y sobre el que podemos desentendernos. Es erróneo, por lo tanto, creer que los demás países que aun muestran signos de alguna fortaleza en sus economías, quedarán inmunes. El contagio es cada vez más difícil de evitar. México, por supuesto, no es una excepción en este escenario.

En los países en los cuales la crisis surgida en 2008 se ha ido agravando, se advierte un claro deterioro del ritmo de la actividad productiva y de la creación de empleos; hay mayor endeudamiento de las familias y del gobierno, más altos déficit de las finanzas públicas y, también, un empeoramiento de las condiciones de muchos bancos y otras instituciones financieras.

Tan sólo en días pasados la crisis económica y política en Europa, centrada ahora en el caso griego, llevó a un punto de irritación tal que se puso en entredicho la existencia misma del euro como moneda común e, incluso, la estructura actual de la Unión Europea. Los arreglos han sido frágiles y la incertidumbre política continúa.

Un conjunto de bancos europeos resienten de modo fuerte la exposición de su riesgo en la deuda soberana de países como Grecia, considerada parte de la periferia del sistema. Pero en la mira está igualmente Italia, ese sí un país central.

La debilidad es grande y las medidas de los reguladores, como exigir mayor nivel de capitalización, no logra reducirla, lo que se hace queda en el margen. La posible quiebra de los bancos ha sido un elemento clave en la gestión de la crisis que encabezan los gobiernos de Alemania y Francia. Las fricciones entre ellos y el primer ministro británico surgieron también de modo abierto. En juego está el uso de una enorme cantidad de recursos para el fondo europeo de estabilidad financiera.

En Estados Unidos acaba de quebrar la empresa de corretaje MF Global, en el caso más sonado desde la caída de Lehman Brothers. Hasta ahora han sido fallidos los intentos para aminorar el desorden de las condiciones de los mercados de deuda y recomponer las pautas del crecimiento productivo y el consumo.

La reunión el viernes 4 de noviembre del Grupo de los 20 tampoco llevó a ningún avance significativo, y la desconfianza sigue siendo la moneda de cambio en la relación entre algunos gobiernos europeos y sus acreedores.

Entra Italia. Esta es la octava economía en tamaño del mundo y la cuarta en la Unión Europea, y hoy tiene que pagar por los bonos de su deuda una tasa de 6.4 por ciento, muy por encima de lo que paga Alemania debido al riesgo que representa. Cuando llegaron a esos niveles de réditos países como Irlanda, Portugal y Grecia, con economías mucho más pequeñas, requirieron ayudas financieras para garantizar el pago de la deuda.

La avalancha se puede ir sobre España, tal cosa se ha venido anticipando por algunos meses ya. La situación de esa economía es cada vez peor. Este es el estado de apuro y debilidad que existe; es el efecto conjunto de la elevada deuda, su alto costo y los límites de un ajuste fiscal muy oneroso e inequitativo que ha mostrado ya sus extremos en Grecia. Y las quitas de capital, hasta un 50 por ciento del valor nominal, no han servido para calmar las condiciones del mercado en donde las fluctuaciones de las expectativas expresan una inestabilidad aguda.

Mientras la producción no vuelva a crecer será imposible generar los recursos para ordenar la deuda. En tanto no se redefina el funcionamiento del sistema financiero y las funciones de cada tipo de institución seguirá siendo una fuente de fricción. Reducir a ultranza el gasto público no es un remedio para saldar las cuentas financieras en el corto plazo y en un horizonte más largo sólo impondrá un mayor costo social. Hay una gran falta de lucidez política que aviva el conflicto.

El modelo de financierización de la economía se ha agotado y con él también la forma de globalización rampante que se ha desplegado en los últimos 20 años.

Y así como se agotó en México a fines de los años 1970 el modelo del desarrollo estabilizador y de sustitución de importaciones, lo mismo ocurre ahora con el modelo de liberalización a ultranza y volcado al mercado externo.

La estabilidad de nuevo cuño que define a la política económica y social desde hace tres sexenios no genera crecimiento del producto, no crea empleos suficientes, alimenta la informalidad de modo masivo y necesita expulsar la mano de obra incluso del país. La salud fiscal del Estado es una creencia falaz que aun se sustenta en el ingreso petrolero, en tanto que los indicadores sociales siguen siendo bastante pobres.

Este es un periodo de transición que por ahora está indefinido y por ello parece prudente concentrar la atención en las condiciones no intencionadas del proceso hasta que se marque alguna ruta. Algo similar a esto ocurrió entre 1914 y 1945 y en términos económicos se pudo ordenar en Bretton Woods. Ahora, sin embargo, todo parece ocurrir más rápido; la sociedad no es la misma, para nada, y se requiere innovar no sólo institucionalmente, sino en el modo de pensar.