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Ver día anteriorLunes 21 de noviembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Aprender a Morir

El otro buen fin

P

aradojas de los creyentes de pasarela: fomentar y practicar el consumismo con la torpe idea de que para ser hay que tener y que en la medida en que se aprovechen rebajas y se acumulen cosas y afectos imaginarios se ganan sedantes indulgencias, por lo menos en esta vida. Es el triunfo cotidiano del Maligno, sobre todo entre las filas de sus combatientes falsos.

A veces tengo la aleccionadora oportunidad de conversar con enfermos desahuciados, terminales o ancianos que de una u otra manera se niegan a aceptar su condición de mortales, dando a familiares y amigos la impresión de que aman demasiado la vida, de que el estoicismo sostiene su padecimiento o incluso que no le temen a la muerte, cuando en realidad sucede lo contrario.

Más que el temor natural a dejar de ser, por inevitable que sea, estos ancianos, enfermos o no, próximos a su final, reflejan un desencanto múltiple: tanto por una vida vivida en términos poco personales cuanto por la creciente dependencia en esta vida, así como por unas creencias admitidas más como conceptos que como valores vividos, lo que a la postre se traduce en rechazo al evento que se aproxima.

Diálogos como: don fulano, ¿qué le impide soltarse y dejarse ir si al final va usted a reunirse con el dios en el que ha creído toda su laboriosa y fructífera existencia? ¿Y qué tal si no?, responde y pregunta el desconcertado viejo. Doña fulanita, no se aferre a una vida tan deteriorada que ya casi no es y si la Virgen de su devoción la espera con los brazos abiertos. Por ella resisto hasta que quiera llevarme, contesta la anciana, sin ocultar su satisfacción por el desplante.

Éstas y otras reacciones reflejan, más que un temor a lo desconocido y forzoso, una apesadumbrada frustración existencial, no por la muerte que se aproxima, sino por la vida que mal se supo vivir; angustia provocada antes que por dejar de ser quien se ha sido, por como se ha sido en el breve lapso llamado vida.

La falta de reflexión personal, el exceso de responsabilidades impuestas, los años sin imaginación, salvo para trabajar, procrear y asegurar el futuro, dejan de lado la fe en uno mismo y en una vida más personal, más alerta y más libre, a prudente distancia de lo que divinidades e instituciones ordenan, incluido el consumo y las embaucadoras ofertas, mientras olvidamos construirnos, día a día, nuestro intransferible buen fin.

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