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Reporte Económico

Crisis sistémica. Desempleo (II)

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a aguda concentración de la globalización desregulada otorga a los corporativos y holdings una capacidad de acumulación de capital sin precedente, parte de la cual -en un mercado global de competencia frenética- es canalizada a la investigación y el desarrollo científico y tecnológico, lo que refuerza la competitividad de los consorcios y eclipsa a las empresas menores.

El exceso tecnológico

Si bien el siglo XX fue testigo de enormes cambios tecnológicos, con la globalización éstos adoptaron una velocidad vertiginosa, unas veces para bien y otras para mal. Hay avances sin duda benéficos y hay otros socialmente perjudiciales.

La producción de alimentos, por ejemplo, se masifica, pero a costa de su calidad; máquinas y vehículos logran alta eficiencia pero su vida útil es cada vez menor; computadoras y equipos electrónicos se vuelven obsoletos en poco tiempo; la sofisticada producción armamentista no se nutre de la paz sino de la violencia... y en el tema del empleo que nos ocupa, la tecnología ha creado una inmensa capacidad de producción concentrada en grandes empresas que —en un contexto de fuerte competencia, abatimiento de costos y mayores márgenes de ganancia— avanzan firmemente en el desarrollo y uso de tecnologías desplazantes de mano de obra, de medios de producción cada vez más tecnificados y automatizados capaces de multiplicar la producción eficientemente pero cada vez con menos trabajo humano. Que las máquinas y los robots liberen en el futuro al ser humano de cierto tipo de tareas y le den más eficiencia a su trabajo, más tiempo libre para su superación y mejores niveles de vida, es lo ideal, pero hoy significan todo lo contrario, pues lo que generan es desempleo, pobreza, exclusión y exasperación social.

Paradójicamente, en un mar de necesidades humanas insatisfechas, el mundo va hacia una crisis de sobreproducción. Toda proporción guardada, se repiten los errores que tipificaron la gran crisis de 1929: permisividad económica, ruptura de equilibrios, caída del consumo, despidos y desempleo, disminución de la capacidad de compra, nuevos descensos de la demanda, capacidad de producción ociosa, acumulación de inventarios sin salida y quiebras empresariales en cadena.

Hasta ahora el fenómeno no se ha visto con claridad, porque los corporativos crecen en buena medida absorbiendo o fusionando a la competencia y a las empresas medianas y pequeñas que tienen algún prestigio y presencia comercial, pero el mercado global aumenta en general poco y es cada vez más reducido en relación con la capacidad de producción de los megaconsorcios. Es por ello fundamental poner coto a esta tendencia de concentración, destrucción de empresas, automatización excesiva y desaparición de empleos.

El desempleo

El impacto devastador que la oligopolización neoliberal —así como la eficiencia y la competitividad mal entendidas— han tenido en el empleo, fue focalizado primero en las economías rezagadas donde aumentó gravemente el desempleo y todas las modalidades de ocupación informal, subempleo, sobreexplotación y exclusión laboral. Pronto, sin embargo, también empezó a afectar a los trabajadores de los países avanzados.

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Según cifras de la OCDE, en 1970 (finales de la fase social del capitalismo e inicios de la neoliberal) el desempleo abierto en las economías industrializadas se mantenía en sus márgenes naturales (menos de 2% de la fuerza laboral o PEA); tal era el caso de Alemania (0.6%), Francia (1.8), España (1.6), Suecia (1.5), Suiza (0.3), Nueva Zelanda (0.1) o Japón (1.2), aun cuando algunos países ya registraban tasas más altas: Estados Unidos (4.9%), Canadá (5.7) o Reino Unido (4.3) (Gráfico 1). Ya en 2010, todos estos países muestran un desempleo desbordado que llega a 9.6% en la Unión Europea y Estados Unidos, y a 10.8% en Portugal, 12.6 en Grecia, 13.6 en Irlanda y 20.1 en España.

Este disparo del desempleo en la Europa neoliberal, Estados Unidos y Japón se aprecia claramente en el Gráfico 2. Se excluye a México porque sus cifras están subestimadas.

En los jóvenes (15-24 años) el desempleo alcanza cifras aun más dramáticas. Según el Banco Mundial, en 2009 el porcentaje de jóvenes desempleados era de 20.7% en la Unión Europea, de 17.6 en Estados Unidos, y promediaba 17.3% en las naciones de alto ingreso (Gráfico 3).

En los países en crisis explosiva, tal desempleo juvenil presenta tasas particularmente altas: Portugal 20.0%, Irlanda 24.3, Italia 25.4, Grecia 25.8 y España 37.9 (Gráfico 4).

Pero el creciente desempleo no sólo es un fenómeno socialmente trágico; en lo económico significa menos consumo, menos ventas, menos impuestos y mayores gastos estatales en seguridad social, lo que ha generado fuertes desequilibrios fiscales en las economías avanzadas y con ello un grave problema de endeudamiento que ahora se manifiesta en forma crítica.

El desempleo y la pobreza, además, han disparado la migración de las regiones atrasadas a las avanzadas, que pasó en términos netos de 1.1 millones de personas al año en el quinquenio 1980-85, a 3.5 millones en 2000-05, y a 3.3 millones anuales en el periodo 2005-10.

En este último quinquenio, la salida neta de migrantes, en cada año fue: de Africa -628 mil personas, de Asia -1.6 millones y de América Latina -1 millón; a la inversa, a Europa llegaron cada año 1.8 millones de migrantes; a Estados Unidos y Canadá, 1.2 millones, y a Oceanía, 223 mil.

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