Opinión
Ver día anteriorSábado 3 de diciembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Jazz

Un nuevo Gauguin

Off jazz

E

n estos tiempos tan ciertos, Miguel Ángel Villanueva es uno de los flautistas más activos, pro- positivos y requeridos del país. Sólo en noviembre se presentó con la pianista canadiense Vanessa May-lok Lee en el festival El Arte de lo Intangible, ofreció dos conciertos para flauta de Eugenio Toussaint en el Palacio de Bellas Artes y en el Conservatorio Nacional de Música e inició una gira por Argelia (el miércoles 23) que muy probablemente se extenderá hasta diciembre contemplando presentaciones con la orquesta filarmónica de aquel país.

El año pasado, después de asegurarnos su asistencia a una de las presentaciones del libro Eugenio Toussaint. Las tangentes el jazz y la academia, Villanueva aparecía en la portada de la revista Flute Talk, la más leída a nivel mundial en la especialidad de flauta transversa, editada por la National Flute Association de Estados Unidos. Para sumergirse a plenitud en todos estos menesteres, habría que remitirse a los conceptos y las líneas de Juan Arturo Brennan, columnista de La Jornada.

Nosotros (mi sub y yo) queremos concretarnos a hablar del noveno disco de Miguel Ángel Villanueva, Repensando Gauguin, y más concretamente todavía a una de las tres obras incluidas en este compacto, pues a pesar del hierático y conmovedor Concierto para flauta y orquesta de Horacio Uribe (1970), y del poderío del Concierto para flauta y cuerdas del propio Toussaint (1954-2011), es la nueva versión de Gauguin la que más ha llamado nuestra rudimentaria atención.

De entre las tres consabidas compuertas por las que nos asomamos a la realidad: la intelectual (cerebro), la sentimental (corazón) y la visceral (triperío), ha sido la voluntad cardiaca la que mejor se ha conectado desde hace años con Gauguin. Este concierto, estrenado en 1992 con la muy particular dotación de corno inglés, arpa y cuerdas, tenía una versión guardada por el propio compositor, donde la flauta sustituía al corno. Ésta ha sido rescatada 20 años después por Villanueva, amigo personal de Eugenio, para grabarla con Janet Paulus (arpista neoyorkina radicada en México) y con el Ensamble Orquestal Ars Moderna.

Surgido de las catacumbas espirales del jazz, Eugenio Toussaint construía sus quehaceres académicos con una caligrafía impregnada de diálogos y Gauguin, por supuesto, no es la excepción. Y aunque formalmente la obra está escrita en un solo movimiento, éste (el movimiento único) contiene cuatro pasajes perfectamente definidos.

En el primero, el arpa se asoma con cautela, entre vapores, en un amplio y reflexivo recorrido por las banquetas de Arlés, de Bretaña y de París (no forzosamente en ese orden); había que salir de ahí. La lámina europea empalma entonces –con la entrada de flauta y cuerdas y sin disolvencia alguna– frente a las costas tahitianas. La música se hace totalmente visual, las escenas son realmente cinematográficas… cada cual delinea el paisaje desde su propio océano, en sus muy particulares arenas, aunque nunca te hayas acercado siquiera a la Polinesia francesa. El aire te pega de frente. Es el segundo pasaje.

Cuerdas, arpa y flauta se funden en el impresionismo tardío de pintor francés –que los conocedores dicen se llama sintetismo– y los vivísimos colores son ahora los protagonistas. Sin renunciar a la intensidad, el lirismo innato del compositor mexicano regresa a plenitud y contrasta y dialoga con los calculados devaneos del arpa, mientras la flauta revolotea y sonríe sin mucha discreción desde las alturas. Los diálogos y los contrastes van y vienen.

Al final, lentísimas, en la delicadeza de un bajorrelieve, las imágenes y el temperamento se desvanecen en el centro de las Islas Marquesas. Nos damos cuenta que tenemos la boca entreabierta… No dejamos que el disco continúe, volvemos a poner el primer track. Regresamos a Gauguin.