Opinión
Ver día anteriorLunes 9 de enero de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La hora azul
Hermann Bellinghausen
E

ra como si estuviera mirándola a los ojos todo el tiempo a lo largo del día y de la noche, casi en un estado líquido de reminiscencia. Pero qué ganas de sufrir. Él creía ver el tenue velo moro bajo los párpados, las adorables ojeras que le daban a Sonia una apariencia tan limpia en aquel entonces del antes largo tiempo, y que se dispersaba ahora rápidamente, en ceniza y sin avisar.

Esteban había probado de todo para olvidarla. Sólo religiones no, no se le dan. Hierbas y chambas disparatadas, agujas, botellas, adrenalina gratuita, experimentos farmacológicos, viajes sin destino. Con tal empeño que a veces parecía que al fin. Mas si entrecerraba los ojos recuperaba cada palmo de su piel (la conocía toda), la topografía innumerable de sus secretos, las dunas de sus caderas, la punta de los últimos dedos de sus besados pies.

Muñequita de anime japonés, grandes pozos de miel en el brillar de su mirada, y la coquetería juguetona que aún parece realmente increíble que fuera inocente, no podía serlo, le brotaba pecado por todas las venas, por todas las bocas abiertas. Y su rostro –cambiante cuando hacían el amor, siempre hermoso y distinto–, era bueno como el pan.

Quedó hecho uno de esos idiotas atorados cuando los cuatro vientos les gritan reacciona, move on. Navegaba los días hasta eso no tan mal, fingiendo brindar y recibir compañía amable y servicial, sonriente de cajón, bromas cínicas con los colegas, y con las colegas, carantoñas vacías. Olvidaba comer, dormir, soñar. Y lo peor, se le olvidaba trabajar, por eso lo despedían de todos sus empleos, ya ni se enojaba con los patrones méndigos.

Para llegar a la noche, prender la consola de la sala, ponerse a pistear en la cocina y amenizarse el cacumen con fantasías desbordadas que ni así se comparaban con lo que en verdad sucedió: no le creerían si lo contara. Esteban no necesitaba rememorar las hazañas amatorias que se regalaron en los años de la última esperanza. Y todo para esa frustración y esta sangre. Extrañaba las palabras. Hablaron tanto, tan interesante, tan interesados. No dejaban de conmoverse entrelíneas sin confesarlo.

You don’t have to love all the time, canturreaba ella, advirtiéndolo, dándole una salida sin el yugo de la explicación. Estar juntos era tocarse, era pasarse fuertes cargas de electricidad, hasta se asustaban puestos sudar de sólo verse. Nunca se acostumbraron, nunca fue normal, nunca se aburrieron. Con qué sobrecogedora reverencia se escuchaban. Y si él la interrumpía, ella se sublevaba y lo callaba con un exquisito manotazo que ponía las cosas en su lugar.

Vino la guerra ajena encima de la propia y se erigieron barricadas rarísimas, tierras de nadie, rutas intransitables, cruceros peligrosos. Los secuestros, la negociación, el infierno. Comenzaron a colgar cadáveres de los puentes (¡nuestros puentes! exclamaba él, condenado al soliloquio). Sus trincheras quedaron alejadas.

Ella. Él. Lo que el viento se llevó. Ni se despidieron, no hubo un momento de adiós, fue como quien sale al pan, orita vengo. Quién sabe qué sucede en los cerebros: en el suyo, claramente nada. Un blanco abismal, si acaso.

Años. Silencio de teléfonos, correos electrónicos perdidos, sin respuesta, a lo mejor cambió de dirección, de servidor, de algo. Hablar a solas con la ilusión de que ella escucha. Que ella a solas en ese instante, u otro parecido, en alguna galaxia de este mismo universo habla igual, en silencio, telepáticamente, son esos los juegos de la imaginación, y con ellos se entretiene para no acordarse de la desesperación.

Se habían encontrado suficientemente imperfectos. Se supieron hermosos, al menos cuando estaban juntos. Iban tan aprisa. Qué quedaba. ¿Nada ya? Él se estaba figurando los párpados caídos, la lánguida sonrisa abandonada al júbilo. Sentía las tibias manos de ella en alguna parte.

No fue la guerra. Suponían que vendría. No así, pero la previeron. ¿Se cansaron de los hoteles? ¿De las citas en pasillos largos? ¿De las cervecerías? ¿De las largas tiradas en autobús? ¿De las tarifas arbitrarias de los taxis? ¿De los contratiempos todo el tiempo? No, no se cansaron de nada. Fue la luna que hizo travesuras donde no tocaba y la cambió a ella por un sable de plata que está ahí, de puntitas, esperándolo con los dientes pelados a orillas de la carne. Lo que daría por volver a tener allí no estos filos brillosos, sino aquella mirada de ambarcita encendida. La tristeza de las ganas. La nostalgia de las ganas.