Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de enero de 2012 Num: 881

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora Bifronte
RicardoVenegas

Monólogos Compartidos
Francisco Torres Córdova

Para descolonizar
la literatura colonial

Rodolfo Alonso

Dos demiurgos y
un país trágico

Ernesto Gómez-Mendoza

Grupo escolar
Félix Grande

Ingleses en 1882
Eça de Queirós

El inconveniente
de ser Cioran

Augusto Isla

Armando Morales, pintor
Vilma Fuentes

Leer

Columnas:
Señales en el camino
Marco Antonio Campos

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Galería
Alejandro Michelena

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

Prohibido pensar

En este país, en el que nadie lee y la educación está al nivel del suelo, tenemos una actitud ambivalente ante la cultura. Por un lado nos lamentamos: no hay lectores y poquísimas librerías; en otros países donde se habla castellano, como España, Cuba, Argentina, Colombia, Chile y Uruguay, se lee más que en México. Nadie va al teatro, a la danza, a la ópera, a las exposiciones. ¿Leer divulgación científica? Menos. Somos ignorantes. Un desastre.

Con la cabeza gacha acabamos afirmando, convencidos, que la educación es la única salida para el atolladero nacional. Todos estamos conscientes. Hay propaganda en las calles instándonos a leer: en las fotos aparecen actores y cantantes pop con libros en las manos. Pobres. Salen en la foto con la misma cara de estupor que tendrían la mayoría de los escritores que conozco si los pusieran sobre un elefante. “Lee veinte minutos al día”, imploran los spots radiofónicos. Veinte minutos. El tiempo mínimo de ejercicio que se debe hacer diariamente, según la Secretaría de Salud. La verdad es que veinte minutos es muy poco, ya sea de lectura o de ejercicio. Vamos a terminar obesos y sin saber cómo escribir diabetes.

Por otro lado, la cultura se nos antoja al mismo tiempo rígida y vagamente irrisoria; aburrida y aristocratizante. Nadie admite que repudia los libros, pero muchos se jactan alegremente de no leer, sin ambages, como si retaran al establishment, cuando no hay establishment menos lector que el nuestro. Si escuchamos radio o vemos televisión, nos daremos cuenta de que la mayoría de los locutores, publicistas y redactores de anuncios no sabe para qué sirven las preposiciones y que los políticos suelen conjugar verbos en tiempos desconocidos para el resto del universo. Las revistas de sociales están redactadas con los pies, las de espectáculos ni se diga.

Quienes sí leen acostumbran elogiar lo que leen por entretenido, enfatizando que no es pesado o difícil de comprender. Yo no sé cuándo la lectura adquirió la obligación de ser divertida y ligera, pero ese es un deber de los programas cómicos, no de los libros. El arte no es un florero, ni tiene el compromiso de ser inocuo o decorativo. Pero el público, esa abstracción tirana, exige que las artes escénicas tengan propuestas simples; que las novelas no propongan problemas arduos y que la poesía sea transparente. Si a uno le gusta la ciencia, las matemáticas, la música clásica o la poesía del Siglo de Oro, corre el riesgo de que le digan pedante, fatuo, afectado. Creo que muchos prefieren ser tildados de burros que de culteranos. Es como la vergüenza infantil de ser el matadito de la clase.

La excepción a esto fue el escándalo suscitado alrededor de la admirable metida de pata de Enrique Peña Nieto en la FIL. Sus detractores y adversarios políticos se apresuraron a demostrar que ellos sí leen –las declaraciones de Josefina Vázquez Mota, autora del libro Dios mío, hazme viuda por favor, fueron, quizás, las más pretenciosas–, pero pocos asociaron el nivel cultural del candidato del PRI con el problema de la educación en México. Enrique Peña Nieto no es una anomalía: es un producto típico, cien por ciento vernáculo. Si analizáramos cualquier encuesta relacionada con la educación, veríamos que el candidato es uno más entre millones que no leen. En México no leen el candidato ni los votantes; los ricos ni los pobres; ni hombres ni mujeres.

Por supuesto, el caso del candidato priísta es distinto, pues aspira a gobernar un país del que ignora todo. Hay muchos asuntos de los que sólo se puede enterar leyendo. Si no, ¿cómo puede un hombre con sus recursos económicos enterarse, caray, de cuánto cuesta un kilo de carne?

Enrique Peña Nieto no tiene disculpa. Educarse o no, en su caso, fue una elección determinada por la ambición y el talante; no lee porque quizás le parece una pérdida de tiempo. No lee porque no le importa enterarse de nada y finge que lee porque en este país la mentira es moneda corriente. O, ¿debemos creer que de verdad es el autor del libro México, la gran esperanza, como asegura?

Yo, al menos, no creo que un hombre que no ha leído un libro en su vida sea capaz de escribir otro. Tampoco le creí a Vicente Fox cuando presentó el suyo, ni a Niurka, quien se describe a sí misma como filósofa y poeta. En fin. Ya lo decía Thomas Mann: a nadie le cuesta trabajo escribir, el único para quien resulta difícil es para el escritor.