Política
Ver día anteriorJueves 23 de febrero de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Transición española
Miguel Marín Bosch
E

spaña está en apuros. Los avances socioeconómicos de las últimas décadas están en peligro. En pocos años tras la muerte de Franco, España transitó a la democracia, ingresó a la OTAN y, con la ayuda de la Unión Europea, se convirtió en un país europeo. Hoy ya no lo es, a menos que el paradigma europeo sea Grecia.

Quienes visitan con cierta frecuencia España han detectado un malestar social sobre todo entre los jóvenes cuyo futuro profesional está en duda. Entre los que fueron testigos de la euforia de que ahora sí la hicimos no deja de colarse un sentimiento de Schadenfreude o, como dice la canción, me alegro que ahora sufras. ¿Qué les pasó a estos creyentes en el milagro español?

La actual crisis económica y financiera aún no ha tocado fondo. La tasa de desempleo sigue aumentando y las medidas de austeridad del nuevo gobierno encabezado por el Partido Popular no tienen nada de populares. El paro, como le dicen en España, afecta a uno de cuatro de la población económicamente activa. Es un nivel semejante al de Estados Unidos en 1933, el peor momento de la Gran Depresión.

Pero las tristes cuentas del erario no son nada comparadas con las cuentas pendientes del franquismo. Muchos de esos creyentes en el milagro económico son los mismos que pensaron que se podría pasar del franquismo a la democracia a base de una fuerte dosis de amnesia. En el olvido estuvo el pecado. La Ley de Amnistía de 1977 fue pactada entre los herederos de Franco que estaban en el poder y los opositores del régimen que aspiraban a compartir ese mismo poder. Fue un acuerdo entre las elites políticas. Jamás se consultó a la población.

Los españoles son los primeros en rehusarse a olvidar y la secuela de historias de horror del franquismo han sido descubiertas por ellos mismos: los recién nacidos robados a sus madres biológicas para ser entregados a parejas simpatizantes del régimen, fosas comunes, desapariciones forzadas y asesinatos que han permanecido en el anonimato. Observadores extranjeros también han incursionado en la historia turbia del franquismo. El periodista británico Giles Tremlett los ha descrito como los fantasmas de España y la BBC ha abordado el tema en varios programas. Y en Argentina el abogado Carlos Slepoy busca enjuiciar a los responsables de lo que él describe como el genocidio de Franco.

Entre tanto, en España se enjuicia al juez Baltasar Garzón con el fin de silenciarlo. Su pecado ha sido apoyar los esfuerzos de aquellos familiares de las víctimas del franquismo. Se pretende utilizar al Poder Judicial para neutralizar a una persona que incomoda a algunos políticos.

La transición española –y hay españoles que suelen escribirla con mayúscula, olvidándose de que hubo otras transiciones, incluyendo las Cortes de Cádiz, cuyo bicentenario se conmemora este año– es un caso de un esfuerzo truncado. Cuando se transita de un régimen autoritario y represivo hacia otro, más acorde con los objetivos de una democracia representativa, es menester cuidar las formas. No se puede arrastrar ni mucho menos permitir la vigencia de un pasado que estás tratando de dejar atrás. Y España no ha sabido transitar sin romper.

Las izquierdas, y en primer lugar el Partido Comunista, decidieron pactar una especie de olvido o, cuando menos, silencio, con los capitanes de la transición (léase Adolfo Suárez) acerca del pasado a cambio de ser invitados a la mesa de la transición. De ahí una serie de aberraciones. He aquí algunos ejemplos.

La transición permitió la supervivencia del franquismo disimulado o reciclado pero no aceptó críticas al mismo. Ahí está el caso del recién desaparecido Manuel Fraga. ¿Cómo es posible que sucesivos gobiernos democráticos hayan promovido la carrera de Juan Antonio Samaranch, otro paladín del franquismo? Muchos franquistas se apresuraron a cambiar de camisa, maquillando sus currículos y ostentándose como demócratas.

Hasta finales del siglo pasado aún circulaban monedas con la efigie de Franco bajo el lema Caudillo de España por la Gracia de Dios. Ello explica que entre muchos jóvenes de bachillerato hoy se piense que Franco fue un presidente de gobierno como Felipe González o José María Aznar.

Pero hay cosas de la Guerra Civil y del régimen de Franco que no es posible ignorar. De ahí la importancia de lo que se ha hecho en otros países que también transitaron hacia regímenes democráticos. Piensen en la comisión de la verdad sudafricana o los juicios en Argentina.

Con o sin Ley de Amnistía hay capítulos del pasado franquista que merecen conocerse. De ahí la importancia de los esfuerzos de muchas organizaciones e individuos, incluyendo a Baltasar Garzón, por aclarar lo que pasó. Y lo que pasó habrá de saberse.

Hoy es el trigésimo primer aniversario del golpe del teniente coronel Tejero. Fue un intento por descarrilar el proceso de transición que puso en evidencia, entre otras cosas, la actitud titubeante, por no decir equívoca, del rey Juan Carlos I hacia la transición. Ello no debió sorprender a nadie, ya que quizás pueda incluirse al monarca en la lista de niños robados, aunque ya era mayorcito cuando dejó a sus padres para irse con Franco. Poco después hubo una campaña para presentarlo como el salvador de la democracia.

Desde luego que si uno revisa los libros sobre la Guerra Civil encontrará frases como hubo excesos de ambos lados. Sin duda que los hubo. No se trata de esconder lo que ocurrió en el lado republicano. Sencillamente se trata de conocer más sobre lo que ocurrió en España entre 1936 y 1977.

Hace un par de semanas murió el último veterano de la Primera Guerra Mundial. Con ello se cierra un ciclo que nos recuerda que el tiempo acaba con todo. Sin embargo, una sociedad que se respete no puede ni debe dejar que el tiempo le resuelva sus problemas.

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