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No me siento una leyenda: Nacho Trelles
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Ignacio Trelles no tenía planeado ser técnicoFoto Carlos Hernández
Carlos Hernández / I
 
Periódico La Jornada
Sábado 10 de marzo de 2012, p. a36

Pegado a la ventanilla del tren de segunda clase que lo trasladó de Guadalajara a la ciudad de México, Ignacio Trelles observó con sus ojos de niño algo inusual:

“Por primera vez, por primera vez –enfatiza– vi que estaban jugando una pelota con los pies. Eso no lo había visto en Guadalajara. Y nunca me imaginé que a partir de entonces iba a estar toda mi vida atado al futbol”.

Desde los 10 años de edad, la vida –mejor dicho, la pelota– le marcó el destino: esa imagen de ver a alguien pateando un balón lo iba a perseguir durante más de 85 años.

La familia Trelles Campos llegó al Distrito Federal en 1926. El padre, Amador, ingeniero mecánico electricista que anduvo en la Revolución arreglando transformadores y plantas de luz, había aceptado un trabajo en la capital del país y después de instalarse decidió traer a su esposa María, maestra de profesión, y a sus cinco hijos.

El ferrocarril llegaba a la estación Colonia (donde ahora está el Monumento a la Madre). Era un domingo y vi que en un parque estaban jugando un partido de futbol. Fue de lo primero que vi. Sí, creo que fue el destino.

A partir de ese domingo de revelación en una ciudad que no llegaba al millón de habitantes, la pelota lo llevó por todos los caminos del futbol: después de un paso efímero como jugador profesional debido a una lesión, en su faceta de entrenador inscribió su nombre en los anales de la historia del balompié en México.

Fue el primer técnico que consiguió el primer punto y la primera victoria para el país en la historia de los mundiales; nadie ha ganado tantos títulos (siete) como él en el torneo nacional; vio jugar a los grandes astros de antaño, en una lista de notables encabezada por Pelé, Alfredo Di Stéfano, Garrincha, Bobby Charlton y Lev Yashin.

Ha sido el único técnico en dirigir a la selección en tres copas (Suecia 1958, Chile 1962 e Inglaterra 1966) y no lo hizo en México 70 para no exponer a su familia a la crítica feroz de los más reconocidos cronistas deportivos de entonces, por lo que optó por ser auxiliar de Raúl Cárdenas.

Muchos lo consideran la leyenda viviente del futbol nacional, pero don Nacho –como le llaman con cariño y admiración– se mantiene en la modestia que siempre lo ha caracterizado y rechaza los adjetivos y los homenajes.

Dice con la parquedad que también lo identifica: No, no me siento una leyenda. Nada más estoy satisfecho de que se me reconozca de la mejor manera.

–Pero usted consiguió varias primera vez dentro del futbol mexicano…

–Nunca me propuse cumplir determinada meta, porque el futbol es complicado, pero sí conseguí metas importantes.

–¿Por qué no le gustan los homenajes?

–Considero que vaya a caer, como lo que veo en otros, que son inmerecidos. Yo hice lo mío como pude hacerlo; los calificativos se los dejo a los demás…

Sólo una vez lo traicionó la modestia y declaró –en tiempos de Bora Milutinovic– que si se llamara Trellesovic lo hubieran reconocido más. Sí, eso lo dije alguna vez, dice y ríe.

Se mantuvo también alejado de la política. Lo más cerca que estuvo fue cuando el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz abanderó a la selección y le dijo al entonces criticado entrenador: Lo voy a contratar en mi gabinete, para que le echen la culpa de todo lo que pasa en el país.

Ignacio Trelles Campos (Guadalajara, Jalisco, 30 de julio de 1916) acepta la entrevista con La Jornada en las instalaciones de La Noria, donde es asesor de las fuerzas básicas del Cruz Azul, club con el que más se le identifica.

Con el peso y la sabiduría de sus 95 años, llega apoyado en una andadera y se mueve con dificultad debido a algo que también le dejó el futbol: una lesión en la pierna derecha.

¡Tengo 95 años!: ¿se imagina todo lo que he visto?, dice de entrada y acepta ser feliz, con una vida plena de recuerdos y logros. Salvo mi rodilla, de todo lo demás estoy bien, afortunadamente. El futbol me ha tratado muy bien. La fractura afectó mi vida desde un punto de vista humano y anatómico para siempre, pero quedan grandes satisfacciones, define con voz viva y ojos brillantes, y realiza un recuerdo sin nostalgia de todo lo que surgió a partir de aquella visión infantil.

Desde esa tarde dominical, el descubrimiento del juego marcó su vida.

Cerca de la casa que alquilaba la familia en San Miguel Chapultepec –colonia en la que sigue viviendo– había unas instalaciones deportivas que tenían una cancha de futbol.

Desde niño empecé a jugar, y a los 12 años ya formaba parte del equipo de la colonia. El capitán era Daniel Pérez Alcaraz (quien posteriormente sería locutor de radio y televisión y protagonista de El Club del Hogar) y consiguió una prueba en las fuerzas infantiles del Necaxa.

Su ingreso al balompié organizado fue mera casualidad.

Todos fuimos a ver a nuestro compañero, y yo me puse atrás de la portería. Daniel era el portero y yo regresaba con el pie todos los balones que salían de la cancha. Al final se acercó el entrenador Gaspar Rubio, yo pensé que me iba a regañar por estar muy cerca de la cancha.

Pero lo que le dijo fue, otra vez, algo dictado por su destino futbolero:

Chaval, ¿quieres jugar con nosotros?, fue la pregunta que no necesitaba respuesta.

Entonces ese chiquillo flaco de 14 años empezó a entrenar martes y jueves con el Necaxa, y prácticamente se olvidó de la escuela, mientras el culpable, Pérez Alcaraz, se tuvo que resignar después con otro oficio, en esos tiempos en que la radio apenas empezaba.

A los 13 años me gustaba andar de paseador de caballos y en el Campo Marte recogía las pelotas de los toreros y de los frontenistas que ahí iban a jugar. No era tonto, pero era un mal estudiante, porque me la pasaba de golfo. Pasaba de panzazo, mis condiscípulos en la secundaria eran los hermanos Barros Sierra, que me criticaban por vago.

Lo era.

En sus andanzas –en esos tiempos en que los niños podían andar jugueteando solos por las calles– conoció parques ahora desaparecidos, como el Asturias, con sus tribunas de madera; el España, el Germania... y observó a equipos como Asturias, España, Marte y los inolvidables prietitos del Atlante, que se imponían a los conjuntos extranjeros.

En el Necaxa, además de los 10 pesos por ganar un partido, recibía bonos para viajar en los tranvías de la propia compañía y boletos para los toros, y entonces se aficionó con Armillita, El Soldado, El Orfebre, Manolete, mientras en sus visitas a los teatros quedó impactado con Tin Tan.

Entró a la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Instituto Politécnico Nacional, pero fui un fracaso rotundo, por lo que su padre perdió totalmente la ilusión de que su hijo también fuera ingeniero y le consiguió empleo en la fábrica donde laboraba, ya que en esos años el futbol sólo era una profesión de medio tiempo.

Su primer sueldo por manejar el torno y la fresadora fue de 96 centavos al día, lo que no le importaba, porque sus sueños estaban en otro lado.

En 1940 llegó al primer equipo del Necaxa y lo hizo para sustituir a uno de los históricos Once Hermanos, el Calavera Ávila. Eran muy famosos, pero poco a poco estaban dejando su lugar a los jóvenes.

El sueldo del entonces llamado Flaco Trelles se incrementó: 75 pesos al mes, con los que me podía comprar un traje y un par de zapatos de charol, pero lo que más valora fue esa vez en que los aficionados lo sacaron en hombros, luego de un partido frente al Atlante.

Necaxa-Atlante era un auténtico clásico de la década de los 40, no creado por la televisión o un periodista, como sí sucedió con el Chivas-América.

En 1943, al implementarse el futbol profesional en el país, la Compañía de Luz ya no quiso financiar al Necaxa y los Electricistas desaparecieron por un tiempo. Los jugadores fueron transferidos a otros equipos y a Trelles le tocó ir al América, entonces un club modesto que ni siquiera tenía cancha propia para entrenar, pero experimentó ahí por primera vez lo que era viajar en avión, después de aquellas largas travesías en camiones y barcos.

Algunos de sus compañeros de los entonces Cremas le contaron que habían jugado en una liga semiprofesional de Chicago, por lo que para andar de aventurero probó fortuna durante unos cinco meses.

Una grave lesión

A su regreso firmó contrato con el Atlante, pero el futbol le dejó muy en claro –aunque fue con rudeza innecesaria– que lo suyo no estaba dentro de la cancha: su carrera de jugador se truncó apenas en el primer partido como azulgrana.

“Fue una jugada ilógica: yo era mediocampista y antes uno jugaba su posición y nada más, no iba para otro lado, pero a mí se me ocurrió hacer algo que no me correspondía. Se la di a Martín Vantolrá, corrí hacia adelante, choqué con el portero del Marte, El Pulques León, y lo pagué muy caro.”

Trelles salió con fractura de tibia y peroné de la pierna derecha, en tiempos en que eso representaba el retiro. Nada más duré siete años como jugador profesional. Entonces la medicina estaba en pañales. Desde entonces tengo la pierna chueca, lamenta.

–¿Tiene algún resentimiento?

–No –responde con certeza–, fue algo que con plenitud acepté como cosas de la actividad. Fue un accidente –dice con resignación, con la espina clavada de no haber sido campeón como jugador, pero satisfecho de haber compartido cancha con figuras como Carlos Laviada, Octavio Vial, Luis Regueiro, Isidro Lángara, El Chato Irarragori, Pipiolo Estrada, Pirata Fuente, Dumbo López y el ídolo de entonces: Horacio Casarín.

Y se tuvo que quitar los tachones, pero el destino lo llevó –admite que sin desearlo– a ser técnico.

–Y entonces decidió ser entrenador…

–Fue forzado por las circunstancias, me vi obligado a aceptar. Yo no pensaba serlo. Hasta me tomé un receso de un año para pensar todo con calma.

Tal vez no lo había analizado, pero durante su carrera de futbolista había adquirido, como pudo, algunos conocimientos de táctica que le sirvieron para su siguiente etapa.

Ahora a los entrenadores les llegan libros de todas partes. Antes no teníamos esa fortuna y yo aprendí con recortes de periódicos y revistas que nos llegaban de Argentina, Brasil y España.

Además, le tocó otra primera vez: tomó el primer curso para entrenadores que impartió la Federación Mexicana de Futbol.

Allá por 1948 o 1949 empezó a entrenar a un equipo amateur en Zacatepec, club del que guarda gratos recuerdos, porque obtuvo su primer título. Fuimos los primeros campeones en la historia de la segunda división y ascendimos a la primera. Fue por los años 50.

Su largo andar por los banquillos había iniciado.

Dirigió después al Marte de Cuernavaca y ganó el título en la segunda temporada (1953-54). Regresó con los Cañeros y obtuvo dos campeonatos (54-55 y 57-58).

Eran los tiempos románticos del balompié, en los que un entrenador la hacía de todo.

Un técnico era estratega, preparador físico y sicólogo. Nos tratábamos de capacitar, a nuestra manera, en esos tres aspectos. Ahora están rodeados de todo tipo de especialistas.

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