Opinión
Ver día anteriorLunes 12 de marzo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Puercoespín en Tijuana
S

u saldo de puercoespín en la frontera (con su no me toques en la punta de los nervios y poblada de partes metálicas colgándole por ahí en el cuerpo y recibiendo por ellas indescriptibles descargas eléctricas, exquisitas descargas eléctricas que casi la hacían perder el sentido) la hacía muy consciente de las dimensiones reales del tiempo que le tocó vivir.

Llevaba lo que se suele llamar vida libre, entre desveladas ardientes o gélidas pero intensas, y trances diurnos en lugares públicos y centros de trabajo. Resultaba impactante cuán poco le importaba lo que pensaran de ella. Era su gran ventaja, la triste ventaja de quien ha sido herida y cuida la guardia aun cuando se entrega. Perdía el control por periodos, pero se le pasaban. Y cuando tropezaba, siempre aparecía la mano de algún ángel, quizá un amante, que la detenía ante el desastre y la levantaba suavemente para ponerla a salvo. Nació con esa suerte que nunca le falla.

Existían los hombres gentiles. Sí, los había, pero no tantos. En cambio cuántos no lo eran. Bruscos, brutales, capaces de ponerse abusivos, así había encontrado a la mayoría. Y ella, para colmo, luego le daba por esta clase de tipos, no siempre pero... Y no pocas salía maltratada por uno de esos cabrones.

Sería por el metal de sus piercings en pezón, ombligo, ceja, oreja y demás; los fierros de los hombres la atraían y no lo reprimía. No lo consideraba necesario. Llegó a lamer cañones de revólver en el transcurso de íntimos contactos carnales, o cargarse de balas la boca. Durante sus etapas oscuras jugaba con fuego y dejaba que la arrasaran los conquistadores, los depredadores, los corredores de fondo. ¿Trasunto de la herencia de la Malinche? ¿De dónde esa gana de lastimarse hasta en lo físico, particularmente lo físico?

Acostumbraba al dolor de las perforaciones y a vestir cuero negro constelado de estoperoles, calzaba bota minera sin calcetines y todo lo que le colgaba de las orejas, el cuello, las muñecas y los tobillos tenía filo. En el fondo iba gritando mira mi fragilidad, si me quito la armadura quedo indefensa, convertida en carnada para los lobos, protégeme. En aquella ciudad entre dos mundos pocos hombres estaban preparados para escucharla, y a casi ninguno le interesaba cuidarla. Era un respiro encontrar alguno que sí. Podía ocurrir que fueran mayores; igual había muchachos menores que ella, aprendices, encantadores y tiernos (todavía, se decía, arisca como la mula que era).

No que fuera de cama en cama, sino que las camas la seguían a donde fuera. Y los asientos traseros, los baños en los bares, las mesas en comedores solitarios. No siempre recordaba qué sintió con determinados amantes, pero sí que estuvo bien, cuando estuvo bien, y le endulzaba los labios confirmarlo al ponerse en una cierta forma los dedos de la mano.

Si se lo proponía, podía asediar a un hombre, darle caza arteramente. Los hombres caen siempre, si una se lo propone. Cuando una se abre la coraza de puercoespín y los guía por dónde, no les deja otra alternativa que entrar. ¿Acumulaba alguna clase de ciencia en la materia? ¿Coleccionaba hombres como otras coleccionan insectos o peces?

No sabía. Simplemente, no se podía detener. Y entonces viajaba, y aunque se fuera detrás de alguien, siempre regresaba. Uno pensaría que mujeres así no son muy comunes fuera de esas películas francesas escritas, dirigidas y actuadas por mujeres como ella.

Algo la salvaba en su estarse poniendo a la orilla la mayor parte del tiempo: meditaba. En los momentos más inesperados, aún los álgidos, se apretaba el botoncito secreto, y Om, se disolvía en la atmósfera. Tiene algo de anestesiante tal capacidad de –volverse al interior de sí; atenúa las lesiones de la carne, las quemaduras. Ya dolerán después, ya sanarán.

Su trabajo, bien. De hecho, muy bien. Aunque se colgara, cumplía, y la gente lo sabía. La respetaban tal cual. Le gustaban sus actividades diurnas, de donde salía la paga. Lo que en la noche hacía, no es que le gustara, sino que no podía evitarlo. Bueno, siempre que quería evitarlo, lo conseguía.

No encontraba problema con el color de la gente, sus oficios, idioma o religión, y la frontera donde vivía es imán no sólo de gringos y mexicanos, incorpora continuamente personajes de países lejanos y variadas costumbres no menos salvajes que las locales. No sólo los japoneses son divertidos, sospechosamente ingenuos, locos como una cabra, y ultimadamente tiernos, decía.

En ausencia de reglas, volaba por instrumentos. Sabía aterrizar, a pesar de que alguna lejana vez se cortó las venas. En buena onda, sus amistades y sus más sinceros admiradores le decían, ¿hasta cuándo, puercoespín, hasta cuándo?