Opinión
Ver día anteriorMartes 20 de marzo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Que no me maten...
Pedro Miguel
H

ace no mucho, los niños de México expresaban sus expectativas a futuro en términos parecidos a los que emplean los niños en cualquier país del mundo: Quiero ser ingeniero, quiero ser maestra, quiero ser bióloga, quiero ser cantante, quiero ser piloto aviador, quiero ser director de cine. Hoy, en la franja norte del país, de acuerdo con una consulta realizada por el Instituto Federal Electoral (IFE) (La Jornada, 19/3/12, p. 5), los niños tienen, en su mayoría, aspiraciones distintas: quieren seguir vivos, quieren mantener la cabeza pegada al cuello y el cuello a los hombros, quieren que no maten a sus familiares y quieren que cesen las balaceras en las calles.

Como el resto de la población, los menores ofrecen respuestas contrastadas cuando se les pregunta por la manera de resolver los problemas: “Hablando con los Zetas” o pidiéndoles ayuda, contestan algunos, mientras otros piensan que es preferible apelar a la policía, al Ejército o a la Marina o, más llanamente, matar a quienes generan la violencia. En ciertas respuestas hay temor a las corporaciones públicas: los policías son los que hacen los problemas y te quitan el dinero.

–Yo de grande quiero ser narco –decía un niño juarense de cuatro años en un testimonio ya censurado en Youtube.

–¿Para qué quieres ser narco?

–Para matar.

–¿Y para qué quieres matar?

–Para ser rico.

Ahora, después de un cuarto de siglo de saqueo nacional, destrucción sistemática del tejido social, saqueo y pillaje realizados tanto desde los poderes formales como desde los fácticos, y de connivencia cínica o hipócrita de los niveles gubernamentales con la delincuencia, matar o que no los maten son los horizontes deseables para una generación de menores, especialmente en la franja fronteriza del norte. A eso ha sido conducido el país por la oligarquía depredadora y sus sucesivos gerentes en turno, Washington y los socios menores y desechables, eso que los anteriores llaman delincuencia organizada, como si ellos mismos no lo fueran.

Felipe Calderón entra en la recta final de su desastre procurando heredar a quien le suceda la guerra y la destrucción e inaugurando penales de supermáxima seguridad, hipérbole que expresa, seguramente de manera involuntaria, que el resto de las cárceles del país, sean federales, estatales o municipales, no son confiables. ¿O qué: no debiera bastar con hacer seguras las cárceles, sin necesidad de superlativos? Mientras tanto, en las calles, que los niños desearían como zonas de juego y convivencia, y no como áreas de potencial exterminio, florece la supermáxima inseguridad.

En buena parte de los niños de México la visión del país es la de un campo de batalla, y no es de extrañar que no pocos de ellos se conviertan en delincuentes antes incluso del momento en que legalmente dejan de ser niños. Son producto de su tiempo y de su circunstancia. Otros han visto el asesinato de sus familiares sin tener la edad necesaria para firmar un acta de defunción en calidad de testigos. Y otros son desalojados de este mundo por error –confusión o mala puntería– o por una maldad que ya se salió de cauce, antes de dar la talla para un ataúd de adulto.

Hasta los hijos de los altos funcionarios viven la inseguridad asfixiante de la guerra. La infancia y la adolescencia les son robadas por blindajes y enjambres de guaruras que les hacen imposible la normalidad cotidiana y tal vez los lleven a concluir que el país en el que viven los odia y desea matarlos.

Es urgente deshacerse de la lógica de la supervivencia del más apto, instaurada sin tapujos durante las dos últimas presidencias priístas, y continuada en el transcurso de la docena trágica del panismo gobernante; del enriquecimiento grupal como verdadera razón de ser del ejercicio del poder público, y de esa concepción del Estado, impuesta por Calderón, como una máquina de perseguir, encarcelar, desaparecer, torturar y matar. Para hacer frente a la delincuencia y a la violencia el país debe incrementar su población escolar y reducir su población carcelaria, e inaugurar más clínicas y universidades que centros de comando que no sirven para maldita la cosa, como no sea para perder soberanía –porque están infestados de asesores estadunidenses– y para enriquecer a un puñado de proveedores y a unos cuantos funcionarios.

La consulta del IFE refiere, además, aspiraciones de jóvenes de entre 13 y 15 años: “Que los políticos ya no se asocien con el narco; que haya más igualdad, más seguridad social, que no haya más violaciones ni desempleo; que no haya pobreza y que se cambie el presidente; que los policías no se dejen sobornar y que no haya discriminación”.

Es una propuesta integral y nítida. Es tiempo de hacerles caso.