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Exposición de Botero en Bellas Artes, un éxito
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Aspectos de la exposición Fernando Botero: una celebración, con la que se festejan 80 años del artista colombianoFoto Cristina Rodríguez
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Aspectos de la exposición Fernando Botero: una celebración, con la que se festejan 80 años del artista colombianoFoto Cristina Rodríguez
Alondra Flores
 
Periódico La Jornada
Sábado 7 de abril de 2012, p. a32

A través del volumen se produce una exaltación de la vida, afirma el pintor colombiano Fernando Botero (Medellín, 1932) en una cita inscrita en un muro del Palacio de Bellas Artes.

Miles de personas acuden al recinto cultural para recorrer casi 65 años de obra plástica del artista, caracterizada por el volumen y la sensualidad en la generosidad de la redondez.

La muestra Fernando Botero: una celebración, convoca a diario una larga fila de visitantes que se extiende por la explanada.

Tan sólo en el primer fin de semana, la muestra ha sido vista por más de 15 mil personas, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), y permanecerá abierta en horarios habituales estos días de asueto por Semana Santa.

–Botero es un señor muy gordo –dice una madre a su hija, mientras caminan presurosas.

Sin embargo, la primera imagen que recibe al público tras cruzar el umbral de la sala de exposición es una fotografía en gran formato de Fernando Botero, delgado, pensativo, con la barbilla que reposa sobre la mano. Un Botero joven, de décadas atrás; no el de 80 años que es celebrado con la gran retrospectiva en el recinto ubicado en la esquina de avenida Juárez y Eje Central Lázaro Cárdenas.

La fotografía en blanco y negro introduce a las obsesiones del artista, con las que ha experimentado: técnica, composición, forma, volumen, luz y color. El propósito del arte es generar placer, postula el pintor y escultor, y de esa forma el público transita en una fila condensada con una sensibilidad innata por lo bello.

–¡Pobre caballo! –exclama apesadumbrado un niño ante las efigies del presidente y la primera dama, dos gobernantes con exceso de peso, forma y ropaje que cabalgan sobre lienzos de amplio formato.

Días de campo y retratos de oficios, callejones multicolores, gatos y perros en retratos de familia, remembranzas de la ciudad de Medellín de la infancia, reciben a una formación continua que avanza con lentitud, embebiéndose en detalles, dejándose seducir por el color y la forma, personajes abundantes de carne.

Los visitantes recorren desde los cuadros del pincel en formación, donde ya se notaba el gusto por el volumen, hasta llegar a los retratos de seres gordos: personas, animales u objetos. Una mandolina de dimensión exagerada fue el descubrimiento de la monumentalidad de la desproporción, según se explica en una de las fichas técnicas inscrita en los muros del Palacio de Bellas Artes.

Un mundo de ocurrencias improbables, de escenas fantásticas, siguen en motivos de desnudez y sacras en el espacio museístico. Yo soy una propuesta contra la pintura moderna, vuelve a hablar Botero desde la tinta en el muro.

Se escucha la pregunta infantil por las lágrimas de la virgen; otro joven hace notar la transparencia rojiza de los ropajes de encaje del clérigo; se suman las apreciaciones sobre la forma del vientre de la mujer desnuda, el sobresalto por la abundante papada o comentan sobre las pinceladas gordas.

Lo mismo comparten las salas un par de adolescentes con camiseta de Iron Maiden, que una joven con su madre, familias con niños pequeños y hasta una pareja de orientales. Muchos, celular en mano, se apropian de la imagen.

Tras esperar en el lento tránsito de a pie, se desemboca en un pasillo carmesí poblado de dibujos, preámbulo del salón donde reposan 11 esculturas como un jardín de negro bronce, que Botero comenzó a realizar en 1973. Aquí parece que la fila desemboca y distribuye en toda la sala de modo aleatorio.

El brillo de la luz sobre la piel oscura del metal denota las superficies suaves y resplandecientes de las esculturas de animales y personas que son rodeadas, recorridas por todos los ángulos y fotografiadas.

Un piso arriba espera una sala oscura, tétrica, conmovedora por lo brutal: 10 escenas de la cárcel iraquí de Abu Ghraib. Lienzos saturados de víctimas de tortura sin rostro, que expresan el dolor con flexiones del cuerpo. Rejas que se oponen, rojos en capuchas, en las marcas en la piel. Se produce un silencio, las personas observan y callan, a diferencia de las salas anteriores donde se oye el murmullo de su plática.

El contraste sigue al entrar a las escenas de circo, saturadas del color de la tristeza contenida de los personajes, una poesía en las formas de payasos, malabaristas, tigres y trapecistas que detienen sus actos para posar y dejarse capturar por el pintor, quien también regala estampas de la fiesta brava o naturalezas muertas, ante el asombro de que una pera o una naranja pueden ser aún más robustas.

El público atraviesa el vestíbulo sintiéndose extenso, pleno en las formas. Y se une a todo aquel transeúnte que no resiste tomar fotografías de mujeres desnudas monumentales o caballos voluptuosos.

–¡Mujer reclinada, burris, no mujer reciclada! –le grita una adolescente a su amiga, quien no deja de rodear la escultura, celular en mano, porque en contraste con lo que dicen todos los días, la redondez transmite belleza.

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