Opinión
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Infancia y Sociedad

Carpizo educador

R

econozco en Jorge Carpizo al abogado, académico y político que mejor ha comprendido la relevancia de los derechos de los niños para crear una sociedad justa. A todos sus méritos académicos y jurídicos se suma el de haber instalado institucional y políticamente la tarea de proteger y defender los derechos humanos en México, al diseñar y poner en marcha la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

En 1991, el ombudsman Carpizo entregó los premios nacionales de periodismo por la infancia, que otorgaba el Cemedin (Centro Mexicano para los Derechos de la Infancia AC), y entonces dijo: Los derechos humanos son una causa de siempre. Los derechos humanos son una manera de ver la existencia, una forma de reconocernos unos a otros y lo que es más importante: que se preserve y respete la dignidad humana.

El Cemedin lo fundamos en 1989, un año antes que la CNDH, pero desde que inició sus tareas de ombudsman, el doctor Jorge Carpizo apoyó las tareas del Cemedin y de todas las organizaciones civiles de derechos humanos que compartieron con la CNDH el amanecer de un modo nuevo de pensar en la dignidad del individuo frente a las instituciones.

Pero ya hacía tiempo que Jorge Carpizo reflexionaba y escribía sobre eso, aunque no se le llamara derechos humanos a las preocupaciones del jurista. Hay un párrafo en su libro Derecho constitucional, publicado por la UNAM, que hace muchos años releo para no perder el rumbo en lo social y lo individual: “(…) porque las normas supremas son la síntesis histórica de un pueblo, apuntan la meta hacia donde se dirige y configuran la definición misma de la Constitución, que es la norma por la que corren la realidad y la vida. Y la vida sólo se entiende con definiciones y decisiones”.

Ni lo digas; yo sé que eres una buena mujer, me dijo, magnánimo, cuando le ofrecí disculpas por mi irreverente renuncia como directora de Protección de Derechos Humanos, de la PGR, cargo para el que Carpizo me nombró en reconocimiento a mi trabajo y para el que hoy, honestamente, reconozco que era inexperta.

Sin embargo, tuve su apoyo para crear una área de justicia para menores, y para dar credenciales de la PGR a los educadores para niños de la calle, de modo que los policías los dejaran trabajar en paz. Si se hubiera seguido por este camino le habríamos ganado al narco, por lo menos en lo que se refiere a no reclutar menores para actos delictivos. En vez de eso, hoy se quiere criminalizar a jóvenes que son en realidad víctimas de un sistema que los ha condenado al abandono y la miseria. Descanse en paz, maestro Carpizo, que sus ideas siguen muy vivas todavía.