Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 22 de abril de 2012 Num: 894

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Águila o sol:
real o imaginario

Vilma Fuentes

El enemigo del sida
en México

Paula Mónaco Felipe entrevista
con Gustavo Reyes Terán

Exploración Ooajjakka
Rosa Isela Briseño

Amos y perros
Ricardo Bada

Guernica: 75 años
contra la barbarie

Anitzel Diaz

El mural de Guernica
Hugo Gutiérrez Vega

De feminismos,
clases y miedo

Esther Andradi

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles

Paso a Retirarme
Ana García Bergua

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

La Jornada Virtual
Naief Yehya

A Lápiz
Enrique López Aguilar

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Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Toma de un video que, según France 2, muestra a Mohamed Merah (el asesino de Toulouse)
Foto: France 2 Television (EFE)

Águila o sol:
real o imaginario

Vilma Fuentes

Sin siquiera hacer el intento de expresar lo indecible: ¿quién es capaz de hablar de la barbarie que significa el asesinato a quemarropa de tres niños en una escuela judía francesa? Más allá de los improbables resultados de una investigación policíaca que es ya una polémica y anuncia las más diversas querellas. Aún más lejos de las aleatorias consecuencias políticas, tanto en las actuales elecciones presidenciales en Francia como en el terreno más vasto de un recrudecimiento del racismo y de la influencia del fanatismo religioso. La reciente matanza, ejecutada a sangre fría por un personaje tan turbio como perturbador por su misma demencia, de tres militares –dos de ellos musulmanes y uno católico–, un padre de familia y tres niños de una escuela judía, propone un cuestionamiento profundo de la confusión actual entre lo imaginario, lo virtual y lo real: el deseo de morir y de matar. Pulsión y pasaje al acto que hallan su realidad más inquietante y densa en la imagen.

El asesino, de veintitrés años, cargaba, colgada en el torso, una cámara. No le era suficiente el crimen, necesitaba el souvenir, a semejanza de cualquier simple turista o de una madre de familia que filma la fiesta de cumpleaños de su hijo. Un souvenir que, además, deseaba difundir a través de internet –¿cómo propaganda? O, ¿como cientos de miles de personas que pasan sus fotos en Facebook o en otros sitios, con la certidumbre de cobrar, así, una existencia más real que la fantasmal de sus vidas cotidianas, el crimen no le bastaba y necesitaba filmarlo y proyectarlo? ¿La imagen difundida posee, hoy, más peso que la existencia?

Comentaristas y expertos hablan de formación terrorista, de islamismo fanático, de desadaptación a una sociedad que lo excluye... Las teorías, los análisis y las hipótesis se multiplican según la imaginación y las inclinaciones ideológicas o de formación de cada quien. Sin embargo, dos hechos son ciertos, absolutamente reales y monstruosos: los asesinatos y la filmación.

Sobre la matanza, la investigación policíaca dará sus respuestas, ya hoy contradictorias. Que el tipo fuese un aprendiz de terrorista o que se sintiese protegido en tanto indicador de una de las agencias de espionaje francesas, las respuestas serán tan inciertas como ardua la investigación: el triste personaje fue eliminado a pesar de todas las instrucciones de agarrarlo vivo. Su muerte “no pudo evitarse”.


Una mujer llora junto al coche fúnebre que lleva uno de los ataúdes con uno de los tres niños muertos
en la escuela judía Ozar Hatorah de Toulouse.
Foto: Pascal Parrot

En Francia el sistema inquisitorial de la justicia no busca sólo los móviles: el dinero, el poder, la pasión. La razón francesa pretende encontrar razones a lo irracional, sentido al sinsentido. Basta echar un ojo a procesos de la Corte, leer los comentarios de especialistas, ver algunas series televisivas judiciales, para asombrarse ante este deseo de comprender lo absurdo: por qué un hombre asesina a su familia, por qué una mujer mata a sus hijos, por qué un violador pasa al asesinato de sus víctimas. Después de las supuestas explicaciones psiquiátricas que creen encontrar en la infancia del criminal las respuestas, sigue la decepción del público, de los jueces, de la policía, de todos los expertos imaginables, cuando, al fin, comprenden que ni siquiera el asesino puede explicar su crimen.

Sobre la filmación habría varios fenómenos que sería necesario estudiar, pues las consecuencias de esta manía, que se propaga como una epidemia, pueden afectar en forma profunda el curso de la evolución humana y no precisamente de manera positiva. Sobre todo entre las nuevas generaciones que pasan de lo virtual a lo real, de la imagen que aparece en la pantalla a la realidad de seres de carne y hueso, con un desparpajo que, bajo las apariencias de la maestría de la técnica, oculta una pérdida del sentimiento de realidad. Pérdida propiciada por las imágenes televisivas, la fuerza de internet, pero también por las imágenes seleccionadas por “razones de Estado” que se difunden a voluntad, así acaben de ser filmadas en estudio. El bombardeo de lo virtual mezclado intrínsecamente con la realidad, que sufre la generación internauta, perturba y acrecienta la pérdida de la concepción de realidad.

Hasta hace unas cuantas décadas, esta pérdida parecía estar reservada a lo que la psiquiatría, a falta de otras explicaciones, considera una deficiencia o enfermedad mental. La verdad es aún más perturbadora. La pérdida del sentido de lo real no es una suerte reservada hoy a quienes la psqiuiatría nombra “locos”. Michel Foucault se planteó la cuestión. También Jacques Bellefroid, al publicar uno de sus libros con el título Lo real es un crimen perfecto. Ambos autores, filósofo (o como Foucault se calificaba: arqueólogo) y escritor, se plantean, cada uno a su manera, si no la cuestión fundamental del ser, sí la cuestión de cuestiones: ¿de qué se trata cuando se habla de lo real? ¿Qué es lo real? ¿Un hecho, una imagen, un sueño, un discurso, una ilusión? Shakespeare da la respuesta: Words, words, words. Palabras que encuentran su conclusión en la última frase de Hamlet: and the rest is silence.

El silencio del que habla Shakespeare habla más y mejor que los discursos. ¿Qué nos dice? Que ninguna palabra, por inteligente que sea, puede aclarar el enigma de la existencia humana. “El hombre está necesariamente loco”, escribe Blaise Pascal, matemático que utiliza el término “necesariamente” en el sentido estricto de la matemática. Y continúa: “Es por otro giro de locura que cree no estarlo.” En efecto, ¿cómo no enloquecer ante la idea de la propia muerte? Idea impensable que necesariamente enloquece. Locura de la cual escapamos creyéndonos seres racionales, así debamos inventar, insensatos, un más allá, infernal o paradisíaco.

Imaginario, virtual y real fueron confundidos en el horror con esta matanza bajo el sol de marzo una mañana en la ciudad rosa de Toulouse. Los hombres no dominan siempre las técnicas que la ciencia inventa. Y si lo imaginario es más real que lo real, no sucede lo mismo con lo virtual, tan probable como improbable.