Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de abril de 2012 Num: 895

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
Jair Cortés

El tren sobre el cementerio
Lina Kásdagly

Los desprendimientos de María Auxiliadora Álvarez
José María Espinasa

La escritura multicolor
Adriana Cortés Koloffon entrevista con Suzanne Dracius

Colibrí: del sol al corazón
Agustín Escobar Ledesma

Vicente Rojo: la vuelta
al mundo en 80 años

Francisco Serrano

El testamento de
Atahualpa Yupanqui

Rodolfo Alonso

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Galería
Mayra Aguirre Robayo

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Jair Cortés
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La siesta y algunos versos de Bukowsky


Bukowsky bromea en un cementerio

Para Bere

Pocos son los que no sienten el deseo de dormir o, por lo menos, de descansar después de la comida fuerte del día. El ritmo de la vida actual impide, casi siempre, que la siesta se lleve a cabo en medio del ajetreo común. Dormir cuando es de día está mal visto por las sociedades basadas en un ideal de “producción y progreso”. Sin embargo, hay unos versos de Charles Bukowsky que no sólo recuerdo sino que son una especie de mantra, una justificación poética de mi afición a la siesta: “Algún día escribiré un poema que encenderá volcanes/ en las colinas que están ahí afuera,/ pero ahora mismo tengo sueño por la tarde/ y alguien me pregunta: Bukowsky, ¿qué hora es? / Y yo contesto: 3 con 16 minutos y 30 segundos/ […] Tengo una tumba dentro de mí diciendo: bah, deja que lo hagan los demás, déjalos que ganen, déjame dormir. ”

Confieso que es difícil el arte de la siesta, la gente puede considerarte grosero al abandonar una “interesantísima” conversación en la sobremesa o al retirarte de manera discreta cuando invitas a personas a comer a tu casa, pues se preguntan: “¿Y el anfitrión? Pero si él nos invitó, ¿cómo es que puede dormirse?” Por eso, cuando es necesario compartir el pan con otros, prefiero las cenas, el cansancio acumulado durante el día es el pretexto idóneo para decir buenas noches y retirarse al mundo íntimo de la cama, sin que esto implique que uno no está cómodo con la compañía de los demás.

Tomar una siesta regula la presión arterial y da una profunda sensación de bienestar, aunque algunas personas me han confesado que, si duermen después de la comida, despiertan con una sensación de tristeza o nerviosismo que yo atribuyo a un sueño que debió ser mucho más extenso y reparador. Lo anterior nos lleva a preguntar: ¿cuánto debe durar una siesta? Algunos médicos dicen que con veinte minutos es suficiente, yo diría que una hora es la duración mínima (no me gusta sentirme presionado por despertar). Sin embargo, hay quien asegura que si duerme por la tarde sufrirá de insomnio, a lo que respondo que, después de unos días de práctica, el hábito cambiará esos sentimientos por tranquilidad.

A lo largo de mi vida he lamentado que los restaurantes no cuenten con hamacas o “zonas para siesta”  equipadas, claro, con pequeños estantes con puerta y cerradura para evitar el robo de las pertenencias personales mientras uno duerme. Es contranatural ver a la gente dormir en el transporte público, moviendo la cabeza de un lado a otro, personas entrecerrando los ojos en conferencias y clases, detrás de un mostrador, o cometiendo errores al operar maquinaria o conducir vehículos. No es una invención que cualquiera es más productivo si toma una siesta.

Cuando uno siente la necesidad de dormir y no lo hace es como no beber agua cuando se tiene sed. No me preocupa que la gente me llame perezoso, porque sé que después de una siesta experimento esa extraña sensación de resurrección, de poder despertar dos veces el mismo día.