Opinión
Ver día anteriorDomingo 6 de mayo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mar de Historias

Yo amo a mamá

Cristina Pacheco
A

la hora del almuerzo Hilario entró en el comedor para decirnos que las costureras que sean mamás tienen permiso de no venir el jueves. Las beneficiadas aplaudieron y hasta gritaron de gusto. Consuelo levantó la mano:

–¿Y por qué no todas? No tengo hijos, pero gracias a Dios mi madre aún vive. Quiero festejarle su día con calma y no como siempre, a la carrera y mal. Salgo de aquí a las seis de la tarde y voy llegando a Pantitlán a las nueve de la noche, a la hora en que mi mamá quiere dormirse porque desde muy temprano se va a la estación del Metro a vender sus gelatinas.

Muchas nos encontramos en la situación de Consuelo y la secundamos. Hilario nos contestó que no estaba autorizado para generalizar el permiso. Iba a salir, pero en la puerta lo alcanzó Virginia:

–Oiga, y las que vamos a ser mamás, ¿también podemos faltar?

–¿Estás embarazada? –le preguntó Hilario.

–No, pero en la noche voy a poner a mi viejo a trabajar en el pedido.

La ocurrencia nos causó risa y a partir de ese momento sólo hablamos del l0 de mayo. Mónica dijo que no sabía qué regalarle a su mamá. Elsa le dio un consejo:

–Ay, mira, llévale cualquier cosita, pero que sea para ella y no para la casa. A mí me decepciona que mis hijos me regalen planchas, manteles o juegos para agua. Les he dicho que podrían regalarme unos zapatos o un vestido y me contestan que no saben mis tallas. Pues que me las pregunten, ¡carajo! Para eso tienen boca, ¿o no?

–Mi problema no es qué regalarle a mi mamá, sino ¿con qué? –nos confesó Marina mientras se rascaba la cabeza.

–Estoy en las mismas, pero ¡ni modo! Voy a pedir un préstamo en la caja, porque si no le llevo su regalito mi mamá se pone triste. Con tal de no verla así, prefiero echarme otra deuda –dijo Leonor.

–Qué bueno que madre sólo hay una, porque si no, ¿se imaginan el gastazo? –nos preguntó Erika muy seria, pero con todo y eso nos hizo reír.

–Sí, mi vida, pero no te olvides de que existen las suegras, o sea que para el día l0 hay que comprar dos regalitos, y en mi caso zamparme dos comidas –dijo Mercedes agobiada–; mi suegra y mi mamá no se llevan. Les dan celos cuando se enteran de que visitamos a una y no a la otra. Así que el l0 vamos a comer con los hijos, primero con la mamá de Claudio y después con la mía. Por eso siempre termino enferma del estómago.

II

Estábamos tan embebidas en la plática que no oímos el timbre. La única que lo escuchó fue Artemisa. Es la jefa de sección y se pasa todo el tiempo dándonos órdenes:

–Oigan, mujeres, acuérdense: tenemos que seguir trabajando.

Maclovia se volvió a verla con ojos de pistola:

–Sí, sí, ahorita nos vamos. Nada más deja que les cuente una cosa: a mi Karina la escogieron para que baile el Jarabe largo en el festival de su escuela. Como a las que somos mamás aquí sí nos dan el día libre, podré ir a aplaudirle, y no como el otro año: tuve que conformarme con verla en la foto que le tomó mi comadre, porque en la fábrica en donde trabajaba no permitían que uno faltara.

–Tu niña ha de estar feliz porque irás a verla –le comenté.

–Uy, sí, anda como loquita, y más porque después del bailable va a darme mi regalo. Le pregunté qué será y no quiso decirme. Según ella va a ser sorpresa.

–Mi hijo Daniel anda igual de misterioso. Pero la otra noche se acercó a su papá y le pidió que le dijera en dónde lleva acento la palabra mamá. Él se lo dijo y le preguntó para qué necesitaba saberlo. Daniel le contestó que todos los niños de su clase iban a regalarle a sus madres un corazón de cartulina roja con las palabras: Yo amo a mamá, pero que por favor no fuera a decírmelo porque era un seteto. O sea, un secreto, pero como está chiquito todavía no pronuncia bien.

–Les juro que cuando oigo cosas así en serio me dan ganas de tener un bebé –nos dijo Virginia muy emocionada por lo que Elvira acababa de contarnos.

–No tardas en darte gusto. Hace cinco minutos dijiste que hoy en la noche ibas a poner a trabajar a tu viejo en el prau-prau con premio. ¡Loca! Como si fuera pedido de taquería: Sale embarazo para la mesa seis –gritó Marina.

Nos reímos mucho, pero Virginia se puso muy seria:

–La verdad, Marcos y yo sí queremos familia. Le hemos hecho la lucha, pero ¡nada! Es por él.

–¿Cómo lo sabes? –le preguntó Mercedes.

–Porque tuve un hijo cuando vivía en Silao. Se llama Christian. Allá me lo cuida mi mamá. Cuando pensé en venirme para acá le ofrecí traérmela conmigo. No aceptó, porque en Silao están enterrados mis abuelos. No quiere dejarlos solos y que no haya quien les limpie su tumba y les ponga una flor de vez en cuando.

–¿Y por qué no te trajiste a Christian?

–Está malito, y aquí sería muy difícil cuidarlo o encontrar quien lo hiciera mientras yo trabajo. Ay, muchachas, perdónenme que llore, pero es que al pensar en mi niño sentí mucha tristeza. La última vez que fui a visitarlo ya no me reconoció, y eso que mi madre siempre le enseña mi retrato, pero a él, como no puede fijar muy bien la vista, se le olvida mi cara.

–Y Marcos, ¿sabe lo de Christian?

–Sí, pero hasta ahí. Me deja que vaya a verlo, pero nunca me ha dicho: quiero ir a conocerlo o tráetelo para acá. Me desespero mucho al pensar qué irá a ser de mi hijo, y más cuando me pregunto cómo sería su vida si hubiera nacido como los demás niños. Ahorita, mientras escuchaba lo que contó Elvira de su hijo Daniel, me dije: “ay, si mi Christian estuviera sanito, por estas fechas andaría escondiéndose para recortar un corazón de cartulina roja y escribir en él: ‘Yo amo a mamá’”.

Todas estábamos a punto de llorar. Pensé en mi madre muerta hace ya tantos años y recordé lo poco que guardo de ella: un par de lentes, un misal con tapa que parece de concha, unas arracadas de Oaxaca y la composición que le escribí para un l0 de mayo, cuando yo iba en tercero de primaria: Busqué en mi cabeza palabras nuevas para decirte cuánto te amo y no las encontré. No hay más allá de te quiero, te adoraré siempre aunque llegue el momento en que ya no te vea porque no estás conmigo.

Destruyó mi recuerdo la voz de Artemisa:

–Muchachas, no se olviden: tenemos que trabajar. Por cierto, a las que son mamás y no van a venir el jueves de una vez les digo: ¡Muchas felicidades!

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