Editorial
Ver día anteriorLunes 21 de mayo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Afganistán: derrota disfrazada
A

yer, en el contexto de la reunión cumbre de los países que integran la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el presidente estadunidense, Barack Obama, dijo que el mundo respalda la estrategia que hemos trazado para Afganistán; es decir, la salida de las fuerzas militares occidentales y el fin de la ocupación de esa nación centroasiática. En efecto, la OTAN tiene previsto traspasar a las fuerzas afganas de seguridad el control de las operaciones contra los talibanes y retirar por completo sus tropas en 2014, pero no porque se hayan logrado los objetivos de la invasión lanzada a fines de 2001, sino por lo contrario: en estos más de diez años las tropas de ocupación no han conseguido pacificar el país y ni siquiera dominarlo, y el propio gobierno dócil impuesto por los invasores ha exigido el retiro de los militares occidentales, entre otras razones por el altísimo número de muertos inocentes que han causado.

A fines de 2001 el gobierno estadunidense –encabezado entonces por George W. Bush– ordenó la invasión de Afganistán, secundado por sus aliados de la OTAN, en venganza por los atentados terroristas perpetrados el 19 de septiembre de aquel año en Nueva York y Washington por Al Qaeda, la organización fundamentalista que tenía su principal refugio en la nación centroasiática. Adicionalmente, la Casa Blanca se propuso derrocar y eliminar a los talibanes, quienes por entonces ejercían el control sobre Kabul y la mayor parte del territorio afgano.

Tras una invasión y ocupación que resultó costosísima en vidas, en bienes materiales y en recursos monetarios, los atacantes lograron echar de la capital afgana a los talibanes y propinar severos golpes a sus aliados de Al Qaeda. Sin embargo, en los años posteriores los gobernantes inicialmente desplazados se reagruparon y fortalecieron, y posteriormente pasaron a la ofensiva; por su parte, Al Qaeda experimentó una marcada expansión por buena parte de Asia y África y, si bien el que fue considerado su máximo guía, Osama Bin Laden, fue muerto por efectivos estadunidenses el año pasado, el grupo dista de haber desaparecido.

Washington ha invertido centenares de miles de millones de dólares en la ocupación, sus fuerzas armadas se han degradado en el asesinato de civiles, la violación de derecho humanos y en reiteradas escenas de barbarie que han dado la vuelta al mundo y han causado indignación de la opinión pública y descrédito para el Pentágono. Por lo demás, todos los países que aportaron tropas para la invasión y/o para la ocupación han sufrido bajas entre sus efectivos y ello ha generado, en sus sociedades respectivas, expresiones de rechazo a la continuación de la guerra.

A ello debe agregarse que las sumas estratosféricas gastadas en las agresiones militares contra Afganistán y contra Irak explican en buena medida el enorme déficit presupuestal con que Bush entregó la presidencia –que había recibido con superávit– a su sucesor, así como las dificultades del gobierno estadunidense para reaccionar con eficacia ante la crisis económica que estalló en 2008-2009.

En tales circunstancias resulta insostenible explicar el retiro inminente de los efectivos militares como consecuencia de una misión cumplida. Por el contrario, la aventura afgana no es muy diferente a lo que la superpotencia mundial experimentó en Vietnam: una derrota.

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