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Ver día anteriorJueves 7 de junio de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Las vísperas cabeñas
N

o darán motivo, a diferencia de las sicilianas, al libreto de una ópera, si bien contienen material suficiente para la farsa… o la tragedia. Era de esperarse, y muchos lo expresamos, que se configurase una coyuntura poco auspiciosa. El plazo de gestación de esta cumbre del G-20 no llegó a su término por los apremios políticos del hospedero. Después de Cannes (3 y 4 de noviembre de 2011) no hubo tiempo para poner en práctica ni las decisiones urgentes, relacionadas en buena medida con la crisis europea, ni las estrategias de reactivación económica y regulación financiera, que reclamaban mayores plazos de implementación. Antes de Los Cabos (18 y 19 de junio de 2012) se acumulan –sobre todo en los países avanzados, pero también en ciertas economías en desarrollo dinámicas– los nubarrones que ensombrecerán la apurada celebración del encuentro.

Una vez más, la discusión de urgencias ineludibles, aun angustiosas, agotará el tiempo que dejen libre las pláticas bilaterales, el protocolo y el ceremonial y, desde luego, las photo opportunities. Como ya ha ocurrido más de una vez, volverá a diferirse la consideración de las cuestiones de alcance más dilatado, a pesar de que sean las de veras urgentes. Otra dificultad deriva de la megalomanía de los anfitriones, preocupados, más que por el resultado sustantivo, por –en palabras de un subsecretario– demostrar la fortaleza institucional del país y su papel como líder global. De tanto repetirlo parecen creerlo: ¡México líder global!

Europa, en general, y Grecia, en particular, encabezan casi todas las listas de urgencias ineludibles. En estas vísperas han menudeado los llamados a –por fin, tras meses de inacción e indecisiones– hacer lo tantas veces prometido y comprometido. El más resonante fue el que formuló a finales de mayo el presidente del Banco Central Europeo, la institución que en mayor medida ha evitado el derrumbe de la eurozona. Al trazar una ruta para Europa, el pasado 24 de mayo en Roma, Mario Draghi reiteró su demanda de un acuerdo por el crecimiento, paralelo al bien conocido acuerdo fiscal, basado en tres pilares: el político, para ver más allá de la unión monetaria; el integracionista, que perfeccione el mercado único y reforme el laboral con ánimo de justicia e inclusión social, y el de reactivación de la inversión pública, es decir, el uso de recursos públicos para impulsar la inversión en infraestructura y capital humano, investigación e innovación a escalas nacional y europea. Véase cómo Europa redescubre la política de desarrollo y la función central de los estados en su diseño y ejecución. Draghi lee a Prebisch.

Frente a propuestas de este alcance, qué deleznables parecen los enredos sobre cómo evitar pérdidas de los bancos y hacer aceptables los sacrificios extenuantes de los ciudadanos. En Los Cabos éste será el debate: el estira y afloja interminable entre estímulo y consolidación. Un nuevo rumbo para el más importante de los esquemas regionales de integración –el europeo– continuará como rehén del cálculo político de corto plazo del más poderoso e inflexible de sus miembros. Las acciones de estímulo seguirán aherrojadas por los candados de los equilibrios de corto plazo.

En Estados Unidos las malas noticias continúan acumulándose. La situación del desempleo en mayo, con alza de una décima de punto en la tasa y creación de menos de 70 mil nuevos puestos de trabajo, puso en entredicho la perspectiva de conjunto de la reactivación económica. En ella cifra Obama las posibilidades de su relección. Ha quedado en claro que la responsabilidad política primaria recae sobre la oposición republicana, que ha boicoteado todas las iniciativas del gobierno –desde autorizar recursos para rehabilitación de infraestructura de transporte hasta asignar fondos a gobiernos locales para mantener la planta de maestros y paramédicos– destruyendo miles de empleos o evitando su creación. Tras oponerse a ellas y evitar que se adopten, el propio precandidato opositor reclama la ausencia de políticas para crear empleo y conjurar otra recesión.

En Los Cabos, como ya lo hizo ante el G-8 en Camp David, Obama reclamará acciones coordinadas inmediatas en favor del crecimiento y el empleo. Encontrará eco e impulso en voces como la del presidente de Francia, François Hollande, y las de algunos líderes de economías emergentes. Habrá que comparar si la prioridad asignada por el G-8, que favorece el crecimiento y el empleo por encima de la consolidación fiscal inmediata, es mantenida y fortalecida por el G-20.

Desde el comienzo de la primavera han menudeado las noticias acerca de una fuerte desaceleración económica en China, India y Brasil, tres de las economías en desarrollo de cuyo comportamiento depende en medida creciente el destino de la economía global. Este menor crecimiento vendría a sumarse a la recesión que ha reaparecido en la zona del euro y otras economías europeas, y a la titubeante reactivación estadunidense. En este frente y al menos por parte de algunos, parecen estarse adoptando las medidas adecuadas.

De manera similar a lo ocurrido en 2008-2009, China no ha dejado pasar el tiempo y está instrumentando una clara política expansionista para compensar los riesgos recesivos provenientes de la desaceleración de sus exportaciones, a Europa y Norteamérica, y de la entrada de inversiones directas. Hay una expansión interanual de más de 25 por ciento en el gasto público, en especial la inversión en infraestructura, energías bajas en carbono e industria siderúrgica. Al mismo tiempo, se han reactivado los estímulos y facilidades a la inversión privada y a los consumidores, mediante subsidios a la adquisición de automóviles y aparatos domésticos. Es claro que China no desea experimentar una fuerte desaceleración, que se traduzca en insuficiente creación de empleos y presiones sobre los niveles materiales de vida, en el año en que se iniciará la renovación de la dirigencia del partido y el gobierno. India –que enfrenta la difícil sucesión del primer ministro Manmohan Singh y una parálisis de inversiones públicas motivada por la tensión política– y Brasil –con un muy débil crecimiento (0.8% por ciento) en el primer trimestre– han adoptado también diversas medidas de estímulo de la actividad económica y la creación de puestos de trabajo.

En Los Cabos, las economías dinámicas del G-20 podrán impulsar un consenso por políticas coordinadas que alejen el riesgo de una segunda recesión generalizada. Los Cabos podría ser así, a pesar del adelanto de su celebración y de la ominosa circunstancia en que se realiza, heredera de la cumbre de Pittsburg y rescatar la funcionalidad del G-20. Si ello no ocurre, este mecanismo informal de concertación continuará su marcha hacia la irrelevancia. Los Cabos no es mal lugar, después de todo, para perderse en el horizonte.