Opinión
Ver día anteriorViernes 15 de junio de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Palabras vacías
E

l enigma de lo desconocido entre la vida y la muerte se dio cita en el debate entre los candidatos a la Presidencia, el domingo pasado. El propósito del enigma por vivir y morir y por venir. Más exactamente por producir ese espacio invisible en que brillan los significados del destino. Juegos del poder para no gritar el dolor en el vacío. El dolor de las viudas y huérfanos de los 60 mil muertos o más de la llamada guerra al crimen organizado unido al de los millones que duermen la pobreza extrema. Confrontar la muerte en la línea del tiempo. Un punto preciso en que puede surgir la muerte. El tiempo del dolor que ya no permite el pensar. Un hoyo del pensamiento que no apareció en el debate, mientras los candidatos se iban en un abismo de palabras vacías. Un hoyo del hambre que atraviesa la República. Esa hambre en que el lenguaje deja su lugar al cuerpo desnutrido para que hable por él. Trauma sicológico que es dolor desorganizante y que será de difícil rehabilitación. Lumbre de sol mañanero que apenas calienta la piel agrietada en espera de lo inesperado.

El debate puede ser analizado desde un pensamiento freudiano caracterizado por el cuestionamiento de todo presupuesto de privilegio al orden. Al otorgar prioridad a la constitución de la vida como huella, antes de determinar al ser humano como sujeto o conciencia. La existencia se perfila entonces como un espacio kafkiano sin fin. Cada puerta conduce a otra puerta que permite buscar quiénes somos y quiénes hemos de ser. Son secretos de otros, que esperan detrás de otra puerta, casi siempre invisible o movediza, como un paisaje visto desde el automóvil. Monstruosidad del tiempo, porque sometidos al orden de éste sufrimos una metamorfosis. Quizá podamos captar un poco de tiempo en estado puro, perdurable, más allá del presente y del pasado.

El pasado está en el presente y el presente ya estaba en el pasado. La máquina del tiempo ya estaba, es la analogía, la metáfora, la correspondencia entre dos hechos distintos, lejanos entre sí en el tiempo y en el espacio y, esencial y misteriosamente idénticos. O sea más de lo mismo, el sicoanálisis muestra que somos personajes en perpetua mutación, de percepciones poco confiables. Abolir el tiempo en el conflicto es encontrar el enlace entre la impresión huidiza de ahora mismo y el recuerdo de una impresión pasada. Experiencia del tiempo recobrado que cura del dolor de perder la identidad y dejar de ser uno incesantemente.

La razón amenazada. Crisis denunciada a la manera de Derrida; interpretando a Foucault; en el terror confesado de estar loco. Crisis en que la razón está más loca que la locura y en que la locura es más racional que la razón, pero está más cerca de la fuente viva, aunque silenciosa y murmuradora de sentido. Crisis que existe desde siempre, no tiene principio y es interminable. Crisis según Foucault, en que existe la sospecha de que el lenguaje no dice exactamente lo que dice. Sentido formal que no tiene más que un sentido menor que protege, encierra, pero a pesar de todo transmite otro sentido. El sentido realmente importante y que sería el que está por debajo; lenguaje además engendrador de sospecha, que en cierto sentido rebasa la forma propiamente verbal, ya que hay muchas otras cosas que hablan y no son lenguaje. Lenguajes que se articulan en forma tal que no son verbales. Formas que aparecen desde los griegos y aún son contemporáneas.

Todo esto determina para Foucault que cada forma cultural de civilización ha tenido sus sistemas de interpretación, sus técnicas, sus métodos, sus propias formas de sospechar, en que el lenguaje deja ver que hay lenguajes aparte del mismo lenguaje. En el siglo XX, Freud, Nietzsche y Marx nos sitúan según Foucault y Ricoeur ante una nueva posibilidad de interpretación para fundar la idea de una nueva hermenéutica que se ciña a una semiología y tienda a creer en la existencia absoluta de los signos. Abandone la violencia, lo inacabado y la infinitud de las interpretaciones para hacer reinar el terror del índice y sospechar del lenguaje. Es decir, en términos derridianos hacer decir la hipérbole demoniaca, a partir del cual el pensamiento se revele a sí mismo, se asuste de sí mismo y se reafirme en lo más alto de sí mismo, contra su anulación o su naufragio en la locura y en la muerte. Que escriba más que se diga. Una estructura de diferencia cuya irreductible originalidad hay que representar.