Opinión
Ver día anteriorLunes 23 de julio de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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De Roma con amor
Carlos Bonfil
C

on la edad llega la sabiduría, sentencia un personaje en De Roma con amor (To Rome With Love), la nueva comedia de Woody Allen. Otro personaje, más joven, lo corrige de inmediato: Con la edad llega la fatiga. En el caso del prolífico realizador septuagenario, la edad y una popularidad ganada a pulso le han permitido simplemente la libertad de hacer en el cine y en la vida lo que le viene en gana y salir relativamente airoso. Uno de sus secretos es la capacidad que tiene de jamás tomarse verdaderamente en serio y ser el primero en mofarse, con mayor elegancia y mejor tino, de lo mismo que le reprochan sus denostadores más inclementes: su pretendida ligereza, la insistencia temática, las alusiones narcisistas.

Otra faceta de su talento es devolver la crítica con desenfado humorístico, tomando siempre como objetivo el esnobismo y la vanidad satisfecha de la elite cultural. Esto lo ha hecho con formidable congruencia desde Annie Hall (1977) hasta su película más reciente.

Medianoche en París, su cinta anterior, ha sido la escala más afortunada en el periplo de visitas europeas (Londres, Barcelona, Roma) con las que el cineasta rinde tributo al continente que mejor ha apreciado su trabajo artístico. Los personajes de sus películas más recientes son, como en las ficciones de Henry James o del inmenso humorista Mark Twain, ingenuos estadunidenses deslumbrados o confundidos por el glamur y la malicia de los europeos. Son, retomando la expresión de Twain, innocents abroad, seres palurdos, personas sin cultura y con mala educación, extraviados en el extranjero. Y si el incisivo y consistente retrato que de una película a otra hace Woody Allen de sus compatriotas es visto como algo muy banal o muy ligero, tal vez entonces quiera eso decir que la condición de palurdo está mucho más repartida de lo que comúnmente suele creerse.

El autor de La provocación (Match Point) despliega en sus comedias, incluso en aquellas consideradas logros menores, una dosis de ironía y desparpajo ausente por completo en el trabajo, ése sí rutinario y tosco, de la mayoría de los realizadores de comedias hollywoodenses.

En De Roma con amor, traducción peregrina que cancela la dedicatoria implícita en el original To Rome With Love, Woody Allen reúne cuatro historias cuyo denominador común es la triste vanidad de muchas conquistas profesionales o amorosas. La pretendida comedia ligera e inocente, ambientada en una Roma de tarjeta postal, tiene de contraparte la mirada agridulce de un viejo romántico desencantado. Para el realizador, toda celebridad es un logro efímero y engañoso, y no lo es menos aquella estabilidad emocional de la que presume la mayor parte de los matrimonios y noviazgos.

Las historias en De Roma con amor no se cruzan verdaderamente entre sí, pero se complementan y reflejan unas a otras admirablemente. Un arquitecto maduro (Alec Baldwin) observa con escepticismo y calidez comprensiva los tropiezos sentimentales de un estudiante de arquitectura (Jesse Eisenberg), alter ego suyo menor y más inexperto. Un empresario musical retirado (el propio Woody Allen) ha entendido el carácter efímero de la celebridad ante la angustia, apenas disimulada, que le provoca el presentimiento de la muerte, y su contraparte inmediata es un despistado hombre común (Roberto Begnini) que vive una fama instantánea y sufre lo indecible al perderla súbitamente.

Una pareja de recién casados, con una dicha al parecer blindada de antemano, descubre los amargos saldos de sus primeras incursiones en el adulterio, deslumbrado él por la pasión e inteligencia de su nueva conquista (la estupenda Ellen Page), escarmentada ella por haber cedido sin mayor gloria a la seducción profesional de un actor famoso.

En esta nueva feria de vanidades, incluso la genialidad de un cantante de ópera sólo será posible si se traslada una ducha a un escenario fastuoso, ya que siempre habrá un público ingenuamente extasiado dispuesto a aplaudir cualquier novedad llamativa.

En este mundo desencantado, irónicamente situado en una ciudad de ilusión y fantasía, las mujeres desempeñan un papel sobresaliente. Son ellas –Judy Davis y su ironía mordaz; Ellen Page y su joven cinismo amoral; Penélope Cruz y su sensualidad arrasadora– las que confieren vitalidad y brío a la triste solemnidad, a los miedos y complacencias de sus compañeros masculinos.

No fue muy distinta la predilección que los grandes maestros de la comedia estadunidense, Ernst Lubitsch, Preston Sturges, Mitchell Leisen, Billy Wilder, mostraron por la figura femenina. Woody Allen es un digno heredero de dicha tradición, tal vez hoy el único.