Opinión
Ver día anteriorMiércoles 25 de julio de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Crónica de la intervención
Javier Aranda Luna
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ocas veces vida y literatura pueden verse con tanta claridad como un mismo impulso como en los cuentos, novelas y ensayos de Juan García Ponce.

Existen escritores cuya vida y obra parecen desarrollarse en mundos no sólo diferentes, sino incluso opuestos como –entre burlas y veras– nos lo hizo ver Renato Leduc hace tiempo: los poetas que decían estar listos como león para el combate, o los que en sus coplas  afirmaban que su único dios era la libertad y su ley la fuerza y el viento se les podía ver a veces los domingos, según el poeta, en los parques cargando una pañalera, empujando una carreola y tratando de mantener el orden inútilmente en una trouppe de niños inquietos.

Para García Ponce la literatura fue sin hipérbole cosa de vida. La vida no detonó su imaginación sino prolongó sus días.

En sus relatos realidad y ficción se confunden. El autor desaparece en sus novelas porque los protagonistas son los personajes de todos sus días. Por eso a veces podemos vislumbrar algunos de ellos o identificar plenamente a otros en libros como Crónica de la intervención  que puso a recircular el Fondo de Cultura Económica recientemente.

En esa novela la vida se hace visible al igual que la muerte, la razón, la inteligencia, la locura. La pasión se muestra; la libertad se hace palpable porque agota sus límites o porque la aplasta a cualquier costo la tentación autoritaria.

En Crónica de la intervención García Ponce deja la intimidad vital que había caracterizado a sus otros libros y nos cuenta el cuento de la plaza pública. Vida privada y vida pública nos cuentan el cuento de todos los días, de dos, de cuatro personajes que son ellos y son otros: los que vivieron por igual al amor loco sin sida de finales de los años 60 y principios de los 70, así como la represión en la Plaza de las Tres Culturas, en un México de Olimpiadas, a veces indiferente, temeroso y provinciano sobre lo que ocurría en el país con un gobierno de mano dura que no vaciló en derramar sangre y justificarse con razones leguleyas.

En ese libro monumental está todo García Ponce: sus descripciones interminables capaces de aumentar la tensión de la historia, sus cuadros vivos donde el cuerpo de la mujer sale del tiempo narrativo para ser sólo disparador del deseo, palpitación, trémula carne, imagen para contemplar, ventana para ser otro o dejar de ser, para morir un poco, perder la conciencia y respirar de nuevo.

Crónica de la intervención es un libro de sortilegios para conjurar al tiempo con la tensión erótica.

Uno de los mejores retratos de Juan García Ponce se lo debemos a Carlos Monsiváis, quien en unas cuántas líneas lo pintó de cuerpo completo.

En Parte de guerra, recuerda Monsiváis que en 1968 detuvieron al autor de El gato, cuando salía de Excélsior.

Lo sacaron de su silla de ruedas y lo lanzaron a la calle. Lo habían confundido con un dirigente estudiantil que también andaba en silla de ruedas: Marcelino Perelló.

Eso ocurrió el 4 de octubre luego de que Nancy Cárdenas, el propio García Ponce y Héctor Valdés dejaron en la redacción del diario el primer manifiesto de protesta por la masacre de Tlatelolco.

En lo separos, apunta Monsiváis, Juan hizo gala del enorme desprecio que sentía por sus raptores cuando en los interrogatorios les dijo a gritos que si querían saber de él leyeran sus libros: Les llevará tiempo y esfuerzo pero conocerán mi pensamiento.

García Ponce tenía razón: en sus novelas, cuentos, relatos, ensayos artículos se encuentra todo su pensamiento: el considerar al erotismo como una onda vibratoria capaz de transformar la vida, la verbalización para alcanzar la transparencia, la apuesta por la libertad, la escritura como rito de iniciación y como complicidad extrema, la vida como errancia sin fin que no tiene otro sentido que el de vivirse.

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