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Francotiradores atacan a pobladores que huyen de la guerra civil

El Ejército Libre Sirio, culpable de matanza en Daraya: sobrevivientes
Robert Fisk
The Independent
Periódico La Jornada
Miércoles 29 de agosto de 2012, p. 33

Daraya, 28 de agosto. La matanza en la localidad de Daraya es un lugar de fantasmas y preguntas. Hoy se escuchaba el eco del rugir del fuego de mortero y artillería. Los pocos habitantes que vuelven hablan de guerra, ataques y de terroristas extranjeros, y del cementerio repleto de gente asesinada y siempre acechado por francotiradores.

Los hombres y mujeres con los que pudimos hablar, dos de los cuales perdieron a seres queridos durante la infamia de Daraya, hace cuatro días, cuentan una historia distinta a la versión que se repite en el mundo. La suya es una historia de secuestros por el Ejército Sirio Libre y desesperadas negociaciones entre los opositores al régimen y el ejército sirio, antes de que las fuerzas de Bashar Assad tomaran el poblado y se lo arrebataran a los rebeldes.

Oficialmente no se ha dicho palabra de tales negociaciones entre bandos enemigos, pero miembros de alto rango del gobierno sirio dijeron a The Independent que se agotaron todas las posibilidades de reconciliación con quienes detentan el control de la ciudad, mientras los habitantes de Daraya señalan que hubo un intento de ambas partes de arreglar un intercambio de civiles por soldados fuera de servicio, secuestrados por los opositores debido a los nexos familiares que tenían con el ejército gubernamental, a cambio de prisioneros de las tropas oficialistas. Cuando las negociaciones fracasaron, el ejército ingresó a Daraya, a 9.6 kilómetros del centro de Damasco.

Ser el primer testigo occidental en este poblado este martes fue tan frustrante como peligroso. Los cuerpos de hombres, mujeres y niños habían sido retirados del cementerio, donde muchos de estos cadáveres fueron encontrados. Cuando llegamos al punto de reunión de las tropas sirias, en el panteón sunita musulmán, dividido por el principal camino de Daraya, francotiradores abrieron fuego contra los soldados y sus disparos impactaron la parte trasera del viejo vehículo blindado en el que escapamos. Aún así, pudimos hablar con civiles, aunque todo el tiempo vigilados por oficiales sirios pese a que en dos de estos casos las entrevistas se llevaron a cabo en los hogares de estas personas. Su narración del asesinato masivo del pasado sábado en que murieron al menos 245 hombres, mujeres y niños, muestran que las atrocidades en Siria están más extendidas de lo que suponemos.

Crímenes de la oposición

Una mujer que dijo llamarse Leena, dijo que cruzó la localidad en auto y vio los cadáveres de al menos 10 hombres en un camino cercano a su hogar. Seguimos conduciendo y no nos atrevimos a detenernos. Sólo vimos esos cuerpos en la calle, dijo, y señaló que en ese momento aún no habían entrado a Daraya las tropas sirias.

Otro hombre dijo que todos los cadáveres que él vio tenían relación con el gobierno sirio, incluyendo a varios conscriptos fuera de servicio. Uno de los muertos era un cartero, lo incluyeron por ser trabajador público, añadió. Otro testimonio es el de una mujer a cuyo hogar entraron hombres armados y encapuchados. Ella optó por besarlos en un aterrado intento de impedir que le dispararan a ella y a su familia. Si estas historias son ciertas, en todos los casos los agresores eran opositores sirios y no soldados gubernamentales.

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Restos de un carro bomba a la entrada del panteón de JaramaFoto Reuters

La casa de Amer Sheij Rajab, un operador de trascabo, fue invadida por hombres armados y convertida en una base de las fuerzas del ejército libre, que es como los civiles se refieren a los rebeldes. Destruyeron enseres, quemaron alfombras y camas y otras propiedades que la familia nos mostró. También arrancaron chips y partes de computadoras y televisores de la casa. ¿Para usar en la construcción de bombas quizá?

En el camino a Daraya, Jaled Yahya Zukari, un conductor de tráiler, huyó de la ciudad abordo de un minubús con su esposa de 34 años, Musreen, y la hija de siete meses de ambos.

Íbamos camino a un vecino suburbio de Senaya cuando de pronto nos dispararon, relató. Le dije a mi esposa que se tirara al suelo del vehículo, pero de todos modos entró una bala que atravesó a mi esposa y a mi hija. Murieron por la misma bala. Los disparos provenían de los árboles, de una zona con vegetación. Quizá los militantes que se ocultaban tras los árboles creyeron que éramos soldados a bordo de un vehículo militar.

Cualquier investigación amplia sobre una tragedia a esta escala y en estas circunstancias es prácticamente imposible. A veces, al ir acompañados de las fuerzas armadas sirias, hemos tenido que recorrer largas calles desiertas con francotiradores en cada crucero. Muchas familias están atrincheradas en sus casas.

Incluso antes de partir a Daraya desde una importante base militar en Damasco, que contiene tanto helicópteros de construcción rusa y de modelo Hind, así como tanques T-72, atestiguamos un ataque de morteros, posiblemente disparados desde Daraya. Una explosión en la pista de aterrizaje a escasos 300 metros de nosotros arrojó una columna de humo negro hacia el cielo. Aunque las tropas sirias continuaron tomando sus duchas al aire libre como si nada, yo sentí gran solidaridad por los observadores del cese el fuego de Naciones Unidas que partieron de Siria la semana pasada.

Quizá el testimonio más triste fue el de Hamdi Jreitem quien, sentado en el hogar familiar con su hermano y hermana, nos dijo como sus padres, Selim y Aisha, salieron el pasado sábado a comprar pan. “Ya habíamos visto por televisión imágenes de las matanzas; los canales occidentales dijeron que los autores fueron los soldados del gobierno; la televisión estatal culpó al Ejército Sirio Libre, pero no teníamos alimentos, así que mamá y papá fueron a la ciudad. Recibimos una llamada desde su celular, y era mi mamá que solamente dijo estamos muertos. Ella no lo estaba.

Mamá sufrió heridas en el pecho y el brazo. Mi padre murió, pero no sé dónde lo hirieron o quién lo mató. Lo recogimos en el hospital, ya amortajado, y lo sepultamos el martes.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca