Opinión
Ver día anteriorJueves 6 de septiembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ciudad Perdida

Árbitros electorales

Asegurar el futuro

Otra crisis de credibilidad

E

ntonces, todo fue verdad, pero nada fue cierto.

Esa es la conclusión de los árbitros de la contienda electoral, que al fin de cuentas sí tenían cómo lograr un juicio justo, pero habrá que comprenderlos: votaron por su futuro. No hay que olvidar que ellos son, de todas formas, actores políticos que buscan otro lugar dentro del sistema que les permita seguir disfrutando las mieles que produce la impunidad.

Por eso, seguramente en la siguiente reforma política una de las cosas que no podrán dejarse de la lado es que cualquiera de los jueces electorales, tanto del Instituto Federal Electoral, como del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, al asumir el cargo en cualquiera de las dos instancias tendríán que aceptar, por ley, que en los siguientes 12 años, es decir, dos sexenios, no podrán ocupar ningún cargo político, electoral o administrativo, al dejar la posición en los organismos electorales.

Un acuerdo como ese haría que esos árbitros dejaran de ver al futuro y al bolsillo para ocupar un cargo del tamaño de ser juez electoral, y muy posiblemente podríamos tener ciudadanos sin color político resolviendo con mayor justicia cuestiones tan delicadas como la elección presidencial, y veríamos que no habría tantos aspirantes cada que se desocupa, por cualquier motivo, un lugar en esos organismos. Desde luego esto no es más que una carta a Santaclós, porque nadie nos hará caso, por un lado, y por otro, habría quienes inventarían cualquier cosa para corromper a los jueces con acciones por encima de lo que marca la ley, pero tal vez sería un buen intento.

Otra propuesta interesante sería proponer un juicio a priori a cada uno de los que pretenden un cargo de elección, es decir, al término de las campañas, las autoridades electorales deberían declarar apto para la elección a los que, durante la campaña, no violaron la ley de ninguna manera. Eso implicaría que esas autoridades tendrían que hacer un seguimiento de las acciones de los candidatos, y sus equipos, para que, sin tardanza, declararan a los candidatos en condiciones de limpieza para ir a la elección, y en caso contrario cancelar su participación.

Como ya decíamos, son, desde luego, letras que no impactarán en los intereses de quienes están en posibilidades de buscar mayor justicia electoral. A muy poca gente, de la que está metida en la política electoral, le convendría que se dieran medidas ciertas que cerraran las fisuras por donde se cuelan todas las triquiñuelas de quienes no están dispuestos a respetar la voluntad de los ciudadanos.

Ya es hora de poner un alto a los actos fallidos de los encargados de las elecciones. Desde Vicente Fox hasta Enrique Peña, después de cada jornada electoral ha quedado la sensación de que el voto no tiene ningún valor político, de que, por encima del interés del país, se puede intercambiar por el hambre de los pobres o la ambición de los ricos, es decir, el voto es otro producto que tiene un precio, y que hay quienes lo pueden pagar.

No sabemos si las ideas que expresamos aquí sean las adecuadas para describir la crisis de credibilidad en la que han caído las autoridades electorales, pero se debe realizar, ya, una verdadera tarea de investigación entre todos los sectores de la población para conseguir algo más de lo que ahora tenemos, y que nos desesperanza. Ya es hora.

De pasadita

No hay muchas sorpresas en el equipo que presentó Enrique Peña. Los nombres de quienes trabajarán a su lado ya estaban en boca de muchísima gente. Tal vez el acomodo de algunos sea lo que no tuvo buena digestión, pero muchos priístas se sintieron tranquilos cuando supieron que la lista no es definitiva, y que podría haber cambios que favorecieran el trabajo de gobierno en adelante. Y esto porque, para algunos, en el equipo hay nombres que, por ejemplo, podrían ser la puerta por donde se puedan colar delincuentes como Carlos Ahumada a las más altas esferas del gobierno. ¡Aguas!