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Fue donada al recinto por el periodista Jacobo Zabludovsky y su esposa Sarita

El Museo Memoria y Tolerancia enriquece su acervo con una obra de José Luis Cuevas

El collage Yo no olvido, 1965, evoca la tragedia del gueto de Varsovia, donde murieron unos 200 mil judíos

El comunicador narró la historia del lienzo, para que no desaparezca el recuerdo

Foto
Beatriz del Carmen, Jacobo Zabudovsky y José Luis Cuevas, ayer, en el Museo Memoria y Tolerancia, en la ciudad de MéxicoFoto Cristina Rodríguez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 12 de septiembre de 2012, p. 5

A partir de ahora la obra Yo no olvido, en la que el pintor José Luis Cuevas evoca la tragedia del gueto de Varsovia y que durante casi medio siglo presidió el lugar más visible en la casa de Jacobo Zabludovsky, podrá ser apreciada por el público en el Museo Memoria y Tolerancia, al que fue donada por el periodista y su esposa Sarita.

Este collage o ensamble fue creado por Cuevas en 1965, por encargo de Zabludovsky, quien además le entregó un trozo de alambre de púas que había recogido en las ruinas del gueto de Varsovia dos años atrás, durante la cobertura de una breve visita de Estado del entonces presidente Adolfo López Mateos a Polonia.

Durante la ceremonia de donación ayer Zabludovsky, acompañado de su esposa Sarita, contó la historia de Yo no olvido, que comenzó los tres primeros días de abril de 1963, cuando él y el documentalista Demetrio Bilbatúa viajaron en la comitiva presidencial y estuvieron en ese lugar de exterminio del pueblo judío.

Bilbatúa, también presente en el acto, tomó testimonio cinematográfico de esa visita, del que se ofrece una pequeña muestra intercalada con escenas de bombardeos.

Idea contra el olvido

Zabludovsky narró: “En un recorrido, que también abarcó la Tumba del soldado desconocido polaco, llegamos al monumento a los mártires y héroes del gueto de Varsovia. Después de hacer guardia en una plaza en ruinas, donde la nieve del reciente invierno había dejado manchas blancas, me acerqué a un pequeño montículo de escombros, basura, y arranqué un alambre de púas.

El gueto, dentro del drama general, es una parte especialmente trágica de lo que es el Holocausto. Fundado en 1940, durante los tres años y fracción en que fue receptáculo y lugar de concentración de judíos, ahí murieron 200 mil de ellos. Y pensé que la memoria suele olvidar y que un vestigio de lo que quedaba del gueto, que fue defendido heroicamente precisamente en abril de 1943, merecía ser conservado.

Recordó que López Mateos aceptó visitar lo que quedaba del gueto y hacer una guardia, porque en esos días se cumplían 20 años del levantamiento de los judíos ahí retenidos por el nazismo.

Por un tiempo, Jacobo Zabludovsky resguardó entre algodones el trozo de alambre de púas, especialmente significativo en la evocación de lo que ahora estamos tratando de que no desaparezca en el recuerdo que tenemos.

Y un día el periodista tuvo la buena idea de narrar esa historia a su amigo José Luis Cuevas y pedirle que creara algo con el trozo de alambre. En 1965 el pintor le entregó Yo no olvido, que Zabludovsky tuvo en el lugar más visible de su casa durante 47 años.

Llegado el momento de tomar ciertas decisiones, Sarita y yo consideramos que el mejor lugar para el cuadro es este museo. Esa es la historia y ese es el cuadro, dijo Zabludovsky conmovido, y agregó: Agradezco que lo tengan aquí.

En la cédula de la obra se informa además que el gobierno polaco de entonces se oponía a la visita de López Mateos al gueto de Varsovia, pero ésta se realizó a instancias de Zabludovsky.

José Luis Cuevas, quien llegó acompañado de su esposa Beatriz del Carmen, se mostró conmovido por las palabras de su amigo, hizo un breve recuento de esa larga amistad y comentó que Yo no olvido también tiene que ver con las cosas que sucedían en el mundo en aquella época.

La intolerancia sería un tema que después trataría en muchas obras, en una exposición itinerante que se presentó en muchos museos de varios países.

Cuevas recordó que hace cinco años recibió un premio en Israel y que ya antes había recibido en México un reconocimiento de la colonia judía por sus antecedentes familiares, pues su abuela perteneció a ese grupo social y cultural.

Yo ya no era considerado judío. Mi padre sí, porque era hijo de judía. Mi abuela murió muy triste porque había dejado su religión para casarse con mi abuelo por la Iglesia católica, dijo Cuevas, quien no la conoció porque ella murió cuando su padre era niño.

Hace varios años, en su casa, el pintor se encontró un tubo que contenía dibujos de su abuela. Hace apenas unas semanas, Cuevas volvió a dar con el tubo, pero los dibujos habían desaparecido. “Fue como una especie de aviso de mi abuela desde el otro mundo, para decirme: ‘tu vocación, por el dibujo sobre todo, viene de mi’”.

Comentó que en 1965 le emocionó mucho crear Yo no olvido, porque también acababa de visitar Polonia y había visto de cerca los escenarios del exterminio nazi contra el pueblo judío.

José Luis Cuevas estuvo en Auschwitz, una de las experiencias más terribles que he tenido en mi vida.

Compromiso y acto generoso

Sharon Zaga, directora del Museo Memoria y Tolerancia, agradeció la donación a Jacobo y Sarita Zabludovsky y dijo que el recinto era el lugar más que apropiado para no olvidar. Opinó que la obra donada plasma sentimientos, emociones e integra elementos tan simbólicos como el alambre de púas.

Destacó que Yo no olvido presidirá el Centro de Documentación del museo, donde miles de mexicanos acuden a informarse sobre la intolerancia y las violaciones a los derechos humanos.

Linda Atach Zaga, directora del departamento de arte del museo, comentó que la donación es un acto generoso y lleno de compromiso y que el collage es una representación contundente y generosa, tan explícita y militante como su creador.

Al final Jacobo y Sarita Zabludovsky retiraron la tela que cubría a Yo no olvido y dejaron ver una obra con tres dibujos pintados por separado –uno de ellos un autorretrato de José Luis Cuevas– y distribuidos en el cuadro.

En la parte superior de la obra se observa integrado el trozo de alambre de púas que el periodista recogió de los escombros del gueto de Varsovia en 1963, cuando apenas sumaban 20 años de haber sido frenada su corta historia de ignominia.