Opinión
Ver día anteriorViernes 28 de septiembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La muerte de la democracia y el vendaval ecológico
Víctor M. Toledo
H

oy, a las múltiples crisis del mundo industrial se agrega otra. Se trata del acta de defunción, empíricamente sustentada, de uno de los pilares de la civilización occidental, pieza clave para la toma de decisiones colectivas en sociedades complejas y baluarte del mundo moderno: la democracia. Hoy, sólo los ilusos o los cínicos pueden seguir creyendo que la institución surgida en la Grecia antigua cumple con los mínimos requisitos de calidad y eficacia que requieren para subsistir las complejas sociedades contemporáneas. En la era del capital corporativo, de los máximos monopolios registrados en la historia, y del uno por ciento dominando al resto, la democracia no sólo ya no funciona como instrumento de toma de decisiones, sino que se ha convertido en el medio que justifica y legitima el contubernio entre los poderes económicos y políticos del mundo. Ello permite y facilita la explotación impía de los ciudadanos del planeta. Los ejemplos recientes de Rusia, Grecia, España, Islandia y México han terminado de revelar el verdadero rostro de una institución que se ha vuelto ineficaz e ilegítima y que es necesario transformar con urgencia.

El contrato social establecido entre hombres supuestamente libres e iguales con el propósito de maximizar la libertad, el bienestar y la justicia ha quedado hecho añicos. Los que llaman a reinventar la democracia se quedan cortos ante la evidencia, donde el capital financiero y las gigantescas corporaciones imponen sus mandatos depredadores sobre partidos y gobiernos, no importa su ideología, utilizando la vía electoral para legitimarlos. La violencia que hoy ejercen los poderes sobre los seres humanos y la naturaleza, principal rasgo de la sociedad de riesgo global, halla su justificación en la llamada democracia representativa, la cual usa las tecnologías de la comunicación como instrumentos de control. Pero lo más preocupante es que esta forma de gestión política ya no es útil para enfrentar, desactivar y remontar la amenaza ecológica, que día a día asciende en la escala del riesgo, y que se vuelve una emergencia para todos los miembros de la especie sin distinción de nacionalidad, ideología, credo, cultura e historia. En unas décadas, el 2050, el cambio climático generará colapsos a todas las escalas, mientras 9 mil millones de seres humanos exigirán ser alimentados, educados, cobijados y dotados de salud, agua, aire y energía.

Frente a ello las comunidades humanas reaccionan absteniéndose de participar, e inventando desesperadamente otras maneras de decidir y consensuar. Las revueltas, sorpresivas e impredecibles, ejemplifican ese desdén por la vía electoral. La democracia representativa ha reducido al mínimo la obligación política del Estado frente a los ciudadanos y ha maximizado los deberes civiles ante el poder estatal, tales como el pago de impuestos, la sujeción a las decisiones centralizadas del Estado, la pérdida de control sobre derechos, territorios y recursos. Hoy comienzan a surgir, por fortuna, en la discusión teórica y en los movimientos sociales, nuevas formas de realizar la toma colectiva de decisiones. La falla nodal del sistema democrático actual es que la supuesta representatividad de los elegidos por el voto, mediante partidos políticos que supuestamente representan diferentes posiciones e ideologías, pierde todo significado cuando se coloca en el espacio real de los territorios. ¿Qué argumento justifica que el poder político altamente centralizado y reducido a unos cuantos cientos o miles de representantes decida el destino de millones de seres humanos? Como sucede en esta fase corporativa del capital, el monopolio político se autoasigna atributos que exceden los límites tolerables de las comunidades humanas. Mientras tanto, en el espacio real, a cada escala donde se reconoce la existencia del metabolismo entre los conglomerados humanos y la naturaleza, las mafias políticas representadas por el Estado y los partidos atentan permanentemente contra los ciudadanos y su cuerpo orgánico o ambiental, es decir, ponen en riesgo la existencia de la especie humana y del mundo natural.

Frente al modelo anacrónico de la democracia, que privilegia y aun circunscribe toda la práctica política a la escala nacional, hoy surgen nuevas formas de decisión colectiva de diferentes escalas, y en donde la defensa y gestión de los territorios, y todo lo que contienen, se vuelve el marco central de referencia. Así surgen formas de democracia participativa, directa, popular y autogestiva, modos de autogobierno, redes sin jerarquías pero bajo control ciudadano, que anuncian un modelo general alternativo, aún sin nombre, que requiere de una construcción conceptual. Estas novedades crecen y se multiplican por todos los rumbos, a la espera quizás de dar el salto hacia delante que se necesita: desconocer de facto el régimen nacional y constituirse en territorios liberados e independientes que pasen a formar confederaciones, ya no países, sin importar su localización o tamaño.

Que la democracia es obsoleta es una tesis comprobable en varias partes del mundo, donde destaca el caso mexicano. Hoy hay que aceptar que tras 30 devastadores años, el neoliberalismo es imposible de detener por la vía de los votos, aun cuando el partido ganador han sido los abstencionistas (39 por ciento). En México, la democracia ha instituido un presidente sicópata, otro alcohólico y otro más delincuente, en los últimos 12 años, sin que los ciudadanos podamos revertir o modificar tales situaciones. El aparato ha vencido, y lo más grave de todo es el vendaval que viene: el país, como el resto de los estados, deberá enfrentar y resolver las diversas amenazas de la crisis ecológica global (sequías, inundaciones, huracanes, derretimiento de glaciares, falta de agua para generar alimentos, contaminación de mares, costas, ríos; alimentos tóxicos, agotamiento de suelos, deforestación, aumento súbito de enfermedades, sustancias venenosas). Estas amenazas toman cuerpo en territorios concretos, a escalas precisas, donde o los ciudadanos toman decisiones por ellos mismos o sucumben, pues el Estado ha quedado rebasado. Ese ha sido el caso de Cuetzalan, la Montaña de Guerrero, Cherán, el amplio territorio de Wirikuta, Tepoztlán, el Chiapas zapatista, cientos de municipios en Oaxaca. A ello me referiré en un próximo artículo.