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Argudín: “el suntuoso caudal…”
Teresa del Conde
A

lguna vez este maestro dijo que se sabía casi de memoria Muerte sin fin, de Gorostiza, y el sentido de finitud en su exposición que obedece a un título de Goethe, Afinidades electivas es en cierto modo testimonio. Una selección reciente de su trabajo serio, bien orquestado en las telas, la mayoría de formato amplio y otros medios, fue presentada en el museo del ex Arzobispado, dependiente de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Luis Argudín, profesor en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, es de la casta de los pintores teóricos, que otros colegas suyos comparten.

Desde mi punto de vista, una vez que abandonó su etapa abstracta, aproximadamente a principios de los años 90, se volcó en un barroquismo muy personal en el que los objetos se relacionan entre sí como si obedecieran a presencias reales o memoria de contenido para él simbólico. Lo que él hace es re-presentar no sólo vivencias personales, sino temáticas que otros artistas han abordado y que pueden ir desde Adán y Eva hasta el arca de Noé o a la representación de la victoria, sólo que en su caso ésta, con alas adheridas a una escultura, (cal debe ser), queda connotada directamente a través de la cerveza victoria que embotellada y multiplicada hace marco como motivo inductor a lo que sucede fuera del marco simulado.

Algunas telas son abigarradas, el ojo elige en ellas quizá más que el conjunto los motivos que las arman, ya se trate de un pájaro, cuyo modelo corresponde probablemente a un ave disecada, que a la columna corintia con funciones de pedestal, ya sea para un cráneo que para un recipiente de flores tipo Monticelli, muy texturadas, como en la tela que se titula Gobelino constelaciones, 2007. Este objeto aparece en algún otro cuadro, lo mismo que la tela estriada con cierto efecto op que recuerda a la inglesa Bridget Ryley, salvo que aquí la tela se pliega de mil maneras y se convierte en motivo per se que apuntala o contradice otros elementos de la composición. Igual ocurre con la palangana de peltre que contiene materia oscura, tema único de una de las naturalezas muertas.

Ese elemento y otros, como los cortinajes o el lienzo que oculta, aluden, creo, a El gran teatro del mundo, que en el caso de este pintor parece orquestarse en procederes memoriosos, seguramente animados o más bien dispersados por sus múltiples lecturas, sin descontar las vivencias reales.

Me ha llamado la atención, en ésta y en otras ocasiones, la característica que ofrecen sus desnudos, tanto femeninos que son los más frecuentes, como masculinos, pues yo los veo como si estuvieran convertidos no en personajes, sino en objetos, tal y como sucede con los vaciados en yeso que frecuenta, un poco lo mismo, me digo, que hacía Cézanne con lo que guardaba en el Jas de Buffan, con el objetivo de echar mano de ellos para establecer relaciones entre un objeto y otro. Al mencionar a Cézanne me estoy refiriendo a ciertos objetos que él guardaba en su estudio y atesoraba porque algo le significaban. Pudiera ser que a Argudín le suceda lo mismo, el recipiente de peltre con hiedra que parece haber nacido allí, se reitera algunas veces, tal que si tuviera carácter de fetiche en sentido positivo complementario a la cuestión de los vicios, alcohol y tabaco, también repetidos.

Lo que sucede en el agua y en el aire es motivo frecuente, de allí el número de peces de diferentes clases que quedan representados v.gr. en Gobelino, creación de 2009, que quizá alude a la separación de peces, aves, agua y tierra, según el Génesis. También hay un Jonás con su respectiva ballena enana, no la ballena blanca de Melville, que también él conoce ni la que contuvo a Jonás.

El pintor se autorretrata, yo diría que sin medida ni clemencia, en no pocos de sus trabajos, pero tiene una serie de autorretratos texturados, muy inquietantes y expresivos.

Un aspecto a considerar está en la decoración de sus piezas de Talavera, que la mayoría de las veces ornó con su propia iconografía.

Quizá el proyecto Talavera al que fue convocado por Sylvia Navarrete para la Fábrica Uriarte, en Puebla, en el que han participado varios artistas, lo haya llevado a hacer cerámica. Con muy buena fortuna. Todos sus cráneos polícromos forman conjuntos notables y a la vez cada uno se aprecia individualmente.

Las charolas de cerveza son eso: soportes redondos que prosiguen una tradición añeja en nuestro país, todos son soportes para naturalezas muertas se diría que comestibles.

En una de las telas grandes: Cortina Sert, 2006 (homenaje a José María Sert, que fue antes que nada escenógrafo, aunque realizó murales) representa una pila de libros, el que ocupa la base lleva un título discernible: Manet, el más hispanizado de todos los pintores vinculados al impresionismo. La pila sostiene un cenicero con cigarrillos a medio apagar y un puro. Se antoja que el autor pintó Sur le motif, como ocurre con otros elementos que prodiga en sus composiciones.