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El pene de Jesús: algunos datos

U

no de los motivos más memorables de mis erecciones infantiles era la fantasía de ir a la iglesia, levantar los trapos de raso y terciopelo que vestían las imágenes de vírgenes y santas y mirarles la cola. La cosa se acabó bruscamente un día en que aproveché un descuido de mi abuela, me arrimé a una imagen de Santa Cecilia que me quedaba a la altura, me asomé por debajo de sus prendas y descubrí que en vez de cuerpo aquella cosa tenía una simple armazón de madera, pero eso es otra historia. A menos que haya sido un niño excepcionalmente perverso, me parece razonable suponer que algunas o muchas niñas y niños, o incluso adultas y adultos, se hayan calentado más de una vez imaginando que husmeaban bajo el taparrabo de Cristo.

Me sigue intrigando el celo y el rigor empeñados por el cristianismo en escamotear de la vista de los fieles los genitales de Jesús y en aplicar a toda la iconografía un trapo apócrifo y omnipresente, habida cuenta que, según la mayor parte de las versiones históricas, los condenados a morir en la cruz eran desnudados por completo antes de enfrentar su último destino.

Es posible que alguien, hace muchos siglos, haya tenido la idea de que la contemplación del pene y los testículos del mártir pudiera distraer a devotas y devotos de pensamientos píos y ordenara taparlos, y que la práctica se haya generalizado hasta nuestros días. De ser así, acaso fue una idea contraproducente, porque el santo taparrabo es un ejemplo perfecto de esos ocultamientos capaces de exacerbar el morbo en vez de disiparlo.

El trapo se ha vuelto tan poderoso que algunos lo trasladan a su mente, y una vez me encontré en la red a alguien que sostenía, al parecer sin sarcasmo, que según la iglesia Jesús no tenía pene, ya que el pene es algo pecaminoso.

Bueno, no. Un dato incontestable es que Jesús nació con pito, como lo dejan en claro las representaciones del Niño Dios y las múltiples imágenes de su circuncisión. Y como no existe ninguna referencia a que sufriera una emasculación en algún momento de su vida, cabe suponer que lo conservó hasta su muerte.

Según David Freedberg, “nada de especial tiene el que se representen los genitales de Jesús en tantos cuadros de Madonas... Los genitales son, en cierto modo, los atributos de la más tierna infancia y para muchas personas son, además, encantadores, [En el cuadro La sagrada familia con Santa Ana de Baldung] el ademán [de acariciar los genitales] es cuando menos ambiguo, ya que los dedos podrían descansar detrás del pene, sin tocarlo... Si hubieran intuido desde el principio que Santa Ana acariciaba el pene de Jesús, habrían observado seguramente la posición de los demás dedos y que la mano derecha se encuentra debajo de la espalda del Niño... y que se inclina hacia delante para tomarlo de los brazos de su hija” (Esto es precisamente lo que todos podríamos afirmar que no está haciendo.) (El poder de las imágenes, pp. 31 et passim).

Otra admisión implícita de la genitalidad del nazareno por parte del catolicismo es la veneración del Santo Prepucio, de la que Voltaire hizo mofa en su Tratado sobre la tolerancia (1763) y en otros textos memorables, y que tenía lugar en varios sitios de Europa (Coulombs, Puy-en-Velay, Calcata, Charroux, Roma, Santiago de Compostela, Amberes, Besançon, Hildesheim, Burgos...) Tras el fin de las Cruzadas Occidente se vio invadido de pellejos venerados (se dice que hasta 14) y esa sola proliferación habría debido bastar para poner fin al mito, pues para obtenerlos habría sido necesario desollar completo al infante de Belén.

Dejando de lado el hecho de que era práctica común entre los judíos de la centuria cero enterrar el prepucio de los circuncidados, lo que invalidaba la autenticidad de todas esas reliquias, la existencia del prepucio divino en la tierra planteó una cuestión teológica no menor, según refiere Wikipedia, por cuanto implicaría que Jesús no ascendió a los cielos 100 por ciento completo. El asunto se zanjó con el recurso de las partes prescindibles, como ese fragmento de piel, el cabello y las uñas que se cortó a lo largo de su vida y la sangre que salió de su cuerpo. A fines del XVII el erudito y teólogo Leo Allatius, en su obra De praeputio domini nostri Jesu Christi diatriba (Discusión acerca del prepucio de nuestro señor Jesucristo) dio por zanjada la cuestión con la idea de que el Santo Prepucio ascendió al cielo y a partir de entonces el culto declinó, hasta que en 1900 la Congregación para la Doctrina de la Fe determinó que toda persona que hable, escriba o lea sobre el Santo Prepucio será considerada despreciable, aunque tolerada, y el Vaticano se reservó el derecho de excomulgar a quien adorara la reliquia de modo escandaloso o aberrante.

Foto
Cristo en brazos de la muerte (2011), obra de Ricardo Flecha Barrio. La imagen hubo de ser aderezada con un taparrabo para su paseo en procesión en Medina del Campo, España

Otra cosa son las representaciones del Jesús adulto. Alberto Manguel afirma que “en numerosas pinturas religiosas, el pene de Jesús aparece en una condición a todas luces tumescente, y mucho se ha discutido sobre el posible simbolismo de este detalle. Tal vez la erección de la carne busca augurar la resurrección de la carne. En el libro XIV de La ciudad de Dios, San Agustín argumenta que la erección involuntaria del pene no es signo de nuestra naturaleza humana sino de nuestra naturaleza pecadora. Para Agustín, la vergüenza que Adán sintió no se debió a su desnudez ni a que se viera de pronto sus propios genitales (hace notar que Adán no fue creado ciego), sino a la nueva indocilidad del miembro.”

Manguel considera que “los genitales confirman la humanidad de Cristo. En cuanto ser eterno, Él no experimenta la muerte ni el deseo sexual. En cuanto hombre, padece ambas cosas. Por lo tanto, los genitales de Cristo aparecen en los dos extremos de su vida mortal, como niño y como muerto; en este último caso, acompañados con frecuencia de sus manos marcadas por los estigmas. Como observa Leo Stinger en su importante libro La sexualidad de Cristo, “el arte renacentista, tanto en el norte como en el sur de los Alpes, produjo una nutrida imaginería piadosa en la que los genitales del Niño Jesús o de Jesús muerto son objeto de un énfasis tan expositivo, que uno se ve forzado a admitir la existencia de una ostentatio genitalium comparable a la canónica ostentatio vulerum, o exhibición de las llagas. Ya en el siglo XIX, esa desnudez era claramente ofensiva. (Leyendo imágenes: una historia privada del arte, pp. 78 et passim).

El hecho es que, mucho antes del siglo antepasado, los genitales de Jesús ya eran considerados tabú en la imaginería y, desde antes, en la cristología. No deja de ser curioso que el género del nazareno haya sido usado por la Iglesia católica como uno de los factores centrales en la instauración de un poder falocrático de opresión casi absoluta sobre las mujeres y que, sin embargo, el más obvio atributo orgánico de la masculinidad de Jesús haya sido convertido en una manifiesta ausencia.

Si se prohibió la mera representación del órgano, mucho más lo fueron las especulaciones acerca de la vida sexual de Jesús de Nazaret. Hay datos que hacen pensar en la posibilidad de que tuviera una sexualidad activa y hay datos para negarlo. En todo caso, la ortodoxia cristiana excluye terminantemente la posibilidad de que el pene de Jesús pudiese haber estado en el organismo de Magdalena, y quiere que si llegó a darle algún uso tuvo que ser, única y exclusivamente, el de orinar.

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