Opinión
Ver día anteriorLunes 8 de octubre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La seguridad nacional y el desarrollo
Gonzalo Martínez Corbalá
L

a seguridad nacional es un concepto que expresa relación con el desarrollo social y económico, que son dos categorías, como bien lo afirmaba don Jesús Silva Herzog, que generan el progreso de un país, con carácter sustentable. El solo desarrollo económico no puede medir ni tampoco ser el indicador que por sí mismo, sin el del orden social, dé sustento al progreso de un país.

Estamos ahora en el trance en que el PIB es invocado frecuentemente, sobre todo por los funcionarios responsables de la economía del país, para justificar los planes ejecutados en el régimen anterior, cuando en el aspecto social se ha dado un retroceso sin precedente en nuestra historia. Se inició el deterioro de la sociedad en general, con la acción creciente tanto en intensidad como en amplitud geográfica de los narcotraficantes, que empezaron a cultivar en nuestro suelo la mariguana, con la complicidad de funcionarios civiles, y en algunos casos muy notorios, de militares como se ha descubierto recientemente, cuando se ha dado a conocer a la opinión pública nacional e internacional, el ejuiciamiento de altos jefes del Ejército, que hasta ahora se consideraban ajenos completamente a este género de actividades delictivas.

Se enjuició y se encarceló, a cuatro generales, uno de ellos, divisionario y heredero de un héroe de la Revolución Mexicana, Tomás Ángeles Dauahare, así como a Roberto Dawe González, Ricardo Escárcega Vargas, y Rubén Pérez Ramírez, quienes se informó por la prensa nacional que fueron denunciados por testigos protegidos, de algún cártel importante, que según parece, fue descabezado de esa manera.

El secretario de la Defensa Nacional, con todo el apoyo de los altos jefes del Estado Mayor de la Defensa, hicieron las investigaciones que condujeron al esclarecimiento de estas anomalías de suma gravedad, que pusieron al descubierto las desviaciones de algunos jefes militares, que llegaron al punto de poner en un verdadero riesgo la paz y la tranquilidad en la nación. Para fortuna, el Ejército Mexicano y los más altos jefes son verdaderamente patriotas, y están conscientes de la trascendencia que tiene la actitud honesta y decidida del Ejército, en general, para detener y contrarrestar a fondo la actividad antipatriótica y lesiva para la sociedad de la mafia internacional del narcotráfico, proyectada hacia el interior de México.

Se decía en otros tiempos que las drogas y enervantes no se cultivaban ni se producían en México, y que su territorio solamente servía de tránsito para llevar las drogas y la mariguana al más grande mercado en el planeta; sin embargo, con el tiempo ha venido quedando al descubierto que la altísima rentabilidad del cultivo de la mariguana, por ejemplo, fue invadiendo el campo mexicano, completamente empobrecido con el del maíz y del frijol, base de la producción nacional, y ha llegado a desvirtuar no únicamente a la agricultura como actividad de supervivencia en lo que toca la economía del campesino, sino que también ha invadido las esferas de la actividad social y de la base misma de los principios y la cultura de la sociedad, agrícola hasta hace muy poco tiempo, pues es bien sabido que la agricultura no es solamente una actividad económica, sino también es un modo de vida y, por tanto, configura y define la estructura social, y aun política de una sociedad. Así, se puede decir que la vida social, las costumbres y la cultura de nuestros ancestros mexicanos corresponde a la cultura del maíz, como también sucede en otras regiones del subcontinente latinoamericano.

¿Qué pasará dentro de algunos años, cuando los historiadores estudien lo que corresponde a nuestro país? ¿Será posible que se hable en el futuro de la cultura de la mariguana o de la cocaína en la primera mitad del siglo XXI? Preocupante verdaderamente que esto pueda siquiera considerarse posible, pero también parece que se está consolidando esta posibilidad, como inevitable.

Pero no termina ahí la posibilidad ominosa de que se juzgue a nuestra época por la invasión de las adicciones en todas las esferas de la actividad social, sino que también es igualmente inevitable, que se relacione el desprecio del valor de la vida humana con la destacada posición social de los narcotraficantes, que genera toda una estructura cultural en la que lo que se valora es la posesión de riquezas y la invasión del poder político, asesinando a centenares de seres humanos, por rivalidades en el ejercicio ilegítimo del poder en todos los órdenes de la vida.

La obsecuencia de los jefes de familia con los hijos menores, y entre ellos la debilidad de las voluntades que se contaminan con las adicciones favorecidas en los antros de moda, en los que se recurre al uso de las drogas por los jóvenes conquistadores, que son incapaces de ganar el cariño y la admiración de una chica sin el auxilio de drogas que circulan con facilidad y con el disimulo de las autoridades de la ciudad, que simulan actividades eficaces para contrarrestar el menudeo favorecido por los meseros y los administradores de estas instituciones, que expresan, se argumenta, la libertad de la que disfrutan los jóvenes de las actuales generaciones, y que lo único que produce, es la disociación de las familias, y la perversión de los jóvenes. Hasta allá legan las consecuencias de lo que empezó en el campo con la siembra de la mariguana, y la corrupción de sus cómplices asociados, que se enriquecen en este medio, sin el menor rubor, y sin pensar en las consecuencias que todo ello tiene en la sociedad en su más amplio sentido.

No faltará quien juzgue a este modesto articulista, como exagerado y moralino, beato disfrazado, o lo que sea, pero, como dice Amartya Sen en su precioso gran libro La idea de la justicia, elaborado en Harvard, donde lo inició en 1987, y publicado en 2009, en inglés y su tercera edición en español, en enero de 2012: “Es cierto que los parisinos no habrían asaltado la Bastilla, Gandhi no habría desafiado el imperio en el que no se ponía el sol y Martin Luther King no habría combatido la supremacía blanca ‘en la tierra de los libres y el hogar de los valientes’ sin su conciencia de que las injusticias manifiestas podían superarse”.

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