Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 14 de octubre de 2012 Num: 919

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
Jair Cortés

Episodio de primavera
Iáson Depoundis

Transparencias
de Fuentes

Bárbara Jacobs

Ombligos sin fronteras
Ricardo Bada

Literatura femenina
en Puerto Rico

Carmen Dolores Hernández

Los tiros con chanfle y el Principio de Bernoulli
Norma Ávila Jiménez

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Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
Bemol Sostenido
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Galería
Rodolfo Alonso
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Rodolfo Alonso

Un poeta de Egipto

Ahmad Abdel-Muti Hiyazi es uno de los poetas más destacados de Egipto, trabaja en el departamento de estudios arábigos de la Universidad de París y ha publicado cinco libros de poesía, entre ellos Ciudad sin corazón. Hiyazi nació en 1935, en una pequeña aldea del Delta del Nilo, cursó estudios en una escuela normal y su origen modesto lo hizo sensible a la miseria del pueblo, con lógico resultado: se volvió militante socialista al mismo tiempo que poeta. Otros de sus libros publicados son Aurés y No queda sino la confesión.

El mismo Hiyazi, en cambio, me dijo alguna vez que podía escribirle al legendario diario Al Ahram, en El Cairo, y me transmitió, sin proponérselo, por pura ósmosis, como acaso lo lograban los místicos antípodas de nuestras civilizaciones comunicantes, en los tiempos heroicos, una serena y profunda inmersión en la poesía como experiencia de vida y de lenguaje. Eso que por aquí hace ya tiempo que –por desdicha–  andamos extrañando.

Escultura
Ahmad Abdel-Muti Hiyazi

Ese cuerpo, tú no lo posees.
Tú no lo eras, ese cuerpo, cuando entraste de pronto
en mi cuarto, y te sentaste en mi silla.

Tu cuerpo, esa visita incierta, vino
como una sombra adornada por tu ropa
y se desnudó para aislarse en su propio rincón.

Déjalo en la confusión de los tiempos
y aléjate
quiero descubrir su secreto
dialogar con él por medio de mi boca y mis manos
para que evoque su infancia
la edad previa a los recuerdos
las palabras que no fueron pronunciadas
los torbellinos de sangre alegre de la juventud
olvidando mañana, su aurora y su tarde.

Si fuera un tigre hambriento
le daría una copa de vino
y encendería fuego en la chimenea.

Si fuera una yegua desatada
con sus crines al viento
la seguiría en el espejismo
y la buscaría hasta el fin de los tiempos
para regresar con ella
pero sin domarla:
¿cómo atrapar un relámpago?
¿cómo encadenar la brasa del alma?

Sin embargo, bailo con ella toda la noche
hasta el amanecer cuando ella revive
como mármol despierto,
desligada, libre,

feliz en un tiempo eterno,
revelando su corazón y buscando su deseo
perdido en las tardes y los jardines solitarios
dibujando con su desnudez interior
imágenes que aparecen una tras otra
sobre sus miembros
como los velos transparentes de sombra y de luz
que caen en lluvia de crepúsculo sobre sus hombros
y hacen como que respiran sobre ese cuerpo al que visten y
/desvisten.

Cada vez que el cuerpo extiende una pierna
o suspira o descubre su blanco pecho
o acaricia su cabellera negra
el tiempo se detiene un instante
y retoma su ritmo
cubriendo de sombras las frescas colinas
y de luces las cimas
como una fuente que corre
se vuelve transparente sobre los guijarros
y sombra entre las sombras
haciéndose espuma
finalmente.

Le he dicho al cuerpo cuyo ardor se ha calmado durante la noche
y que se ha vuelto una idea en mi cabeza:
–Vuelve a ser lo que eras, mi dueño.
Pero aquello que fue nunca regresa.

Versión de Jean-Clarence Lambert y Rodolfo Alonso