Cultura
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Templar el tiempo
César Moheno

Para Ramón Vera, en el camino

T

res sombreros descansan en la mesa de centro. Las ventanas están abiertas y los árboles traen el fresco a la noche del altiplano mexicano.

Mientras juegan con las cuerdas de una jarana y una huapanguera, Gregorio Solano y Marcos Hernández conversan, con los ojos de conocedor del anfitrión, de tiempos idos, de festejos, de encuentros. Uno se diría en el patio de la casa de adobe y teja de un pueblo del Golfo. Sale de repente a la conversación una rosa o un caimán y las sonrisas se vuelven exclamaciones de alegría. Las carcajadas ayudan a contar las historias. Las miradas se escapan en soslayo para escudriñar los gestos y las palabras, bajitas, de la enorme presencia del hombre que, con su paliacate bien atado, habla de pie con la sonrisa luminosa de la dueña de la casa. Es Heliodoro Copado. Un mito. El más grande violín de la historia del huapango. Toma coñac y jugo de naranja, porque piensa que eso ha de hacerse en una ciudad cosmopolita, mientras está pendiente, como si no lo hiciera, de las aventuras musicales que Goyo y Marcos cuentan de él.

Goyo, Marcos y Heliodoro son Los Camperos de Valles. El anfitrión es Eduardo Llerenas y la dueña de la casa es Mary Farquharson. Acaba de nacer Discos Corason en el departamento de un primer piso de la Plaza Iztaccíhuatl, una aventura que abrió todas las puertas del alma para escuchar la música de los pueblos de México.

Han pasado 20 años. El privilegio lo vivió apenas un puñado de testigos que continuó escuchando la conversación. Ante ellos se desplegaba en todos sus meandros una devoción, casi una ceremonia religiosa.

A las historias y grabaciones que se rememoraban se encabalgó el canto y la música del huapango. La voz de Marcos y de Goyo, la fuerza de la huapanguera y la velocidad de la jarana lograban con maestría alcanzar el violín de Heliodoro, ya subido en el vértigo, cabalgando con sabiduría ancestral el inmenso potro del tiempo que es su música. La luz iluminó la noche para siempre.

Los silencios fueron domados. La fuerza de la tradición alcanzó el mundo. La sequía, la inundación, los retruécanos para sorprender a una coqueta o aliviar un corazón, los secretos de la siembra, las formas de domeñar a la tecnología, el impulso a la laudería, las formas de cantarle a la mujer o las maneras de detener la violencia del hombre, las historias del desierto o de la selva, del bohío o del cafetal fueron contadas en una conversación universal que cambió el mundo. Que continúa fluyendo como ríos, que reúne en sus bocanas la música que refrescó para siempre los tiempos.

La música de Corason unió y sigue uniendo. Eliades Ochoa sacó del olvido la aguda ironía amorosa de Compay Segundo y su Chan Chan en A una coqueta; Francisco Silva, hermano de La Negra Graciana, le enseñó a Ry Cooder las maderas con la que estaba hecha su jarana y lo introdujo a su manera de tocarla mientras le expresaba su preocupación por su siembra en Veracruz, entre tanto Los Lobos pedían tocar con ella en su concierto en el Zócalo después de escucharla en el Theatre de la Ville de Paris; Ali Farka Touré reinvindicaba las riberas del río Níger como la cuna del blues; Juan Reynoso, el Paganini de la Tierra Caliente recibía el Premio Nacional de Ciencias y Artes; Amanda Franco organizaba el paraíso; Barthélemy Atisso, guitarrista y líder de la Orquesta Baobab, dejaba fluir sus lágrimas mientras escuchaba un mariachi sin trompetas y una hermosa mujer morena le regalaba su rebozo; la hermana de Oumou Sangare detenía el baile de los hombres, asustados ante tanta belleza, mientras danzaba sobre la espuma de un son montuno; Los Camperos de Valles tranquilizaban a los técnicos del estudio instalado en el castillo escocés de Peter Gabriel: el fluir del arroyo que se oía en las cintas sólo enriquecía el sonido y grabaron así, en El triunfo, la mejor versión de El gusto jamás escuchada; Dinastía Hidalguense ostentó el honor de tener Sones huastecos, el disco más numerosamente vendido en los mercados piratas de Tepito y la Merced; después de grabar su sueño, Ibrahim Ferrer habla, en el disco Zamazú, de Roberto Fonseca, de la feliz bendición que es su vida; Kasse Mady Diabaté sueña con la música cubana y toca con La Orquesta Aragón en un concierto memorable, pleno de llanto emocionado y cha-cha-chá en el Teatro de la Ciudad de la capital de México; Casimiro Granillo decide abandonarlo todo e irse a vivir casi dos años a un cuarto en el patio de Heliodoro Copado para aprender todos los secretos del universo del violín huasteco y, al final de esos días, le cerró los ojos cuando Heliodoro murió; con Esteban San Vicente a la jarana y su hermano Augusto San Vicente a la huapanguera Casimiro decide crear el Trío Chicamole. De ellos es Huapango en Wi-Fi, el penúltimo disco de Corason, hasta ahora.

Esta música es, claro, espejo de la vida. Eduardo Llerenas y Mary Farquharson son almas generosas. Han logrado unir Timbuctú y Santiago, Dakar y La Habana, Bamako y la ciudad de México, el río Niger y el Papaloapan, la siembra del maíz y el pastoreo de cabras.

Con el permiso de los dioses, esos ancestros que nos enseñaron a cantar, cambio una palabra a Carlos Pellicer y los invito, canten: de música hermosa es mi abolengo/ y es por eso que aquí estoy/ dichoso con lo que tengo.

La solidaridad y la complicidad con la que se vivió en esa primera noche de la Plaza Iztaccíhuatl se mantuvo y, al cabo de los años, 20 ya, se hizo cada vez más grande. La conversación abrió mil y un veredas. Templó el tiempo. Discos Corason es hoy una lucecita que ilumina los caminos del mundo. Ella nos basta para andar. Celebremos. Con esa luz se baila.

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