Opinión
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Trickle or treat
L

o que pudo haber sido una relección tranquila se le ha complicado al presidente Barack Obama. No está generando el tipo de entusiasmo entre los jóvenes que lo llevó a la Casa Blanca hace cuatro años.

Tampoco le ha ayudado a Obama su triste papel ante el ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney en el primero de los tres debates televisados. Dichos debates no suelen influir mucho en la opinión pública, pero el papelón de Obama hizo subir los bonos de Romney entre el electorado. Según las encuestas, hoy hay un empate técnico entre los candidatos.

Obama ha ido perdiendo una pequeña ventaja que tenía tras las convenciones de los partidos. Romney le está quitando preferencias entre el llamado voto femenino, pero Obama parece mantener su ventaja entre los potenciales votantes no blancos (latinos y negros).

En ese primer debate Romney acusó a Obama de querer “trickle down government”. Se trata de un juego de palabras con la idea de que el partido republicano aboga por una economía en la que la creciente riqueza de los que más tienen irá filtrándose hacia abajo, a los que menos tienen.

Cuando se reduce a su mínima expresión la contienda presidencial en Estados Unidos nos quedamos con dos visiones encontradas del papel del Estado. Por un lado, están los herederos de la tradición de un gobierno intervencionista que busca incidir en la economía y asegurar el bienestar de los ciudadanos. Piensen en Franklin Delano Roosevelt y John Maynard Keynes.

Por el otro, están los que buscan reducir a un mínimo el papel del Estado y dejar que las fuerzas del mercado dicten el rumbo de la economía. Piensen en el liberalismo de la llamada escuela austriaca representada por Friedrich Hayek y luego ampliada por Milton Friedman y otros neoliberales. Ahí está también Margaret Thatcher y, en algunos aspectos, Ronald Reagan.

En Estados Unidos los neoliberales se refieren despectivamente al modelo europeo del estado del bienestar como el nanny state o Estado niñera. Se oponen a la idea de que el Estado cuide o proteja a los ciudadanos desde la cuna hasta la tumba. No quieren saber nada de los servicios sociales, los sistemas de salud, etcétera.

Desde Roosevelt, los dos partidos principales en Estados Unidos se han identificado con una u otra de esas escuelas económicas. Desde luego que las diferencias no siempre fueron tan tajantes como aparecen hoy. Con Bill Clinton se borraron muchas de esas diferencias, sobre todo durante su segunda administración. En el Reino Unido Tony Blair se encargó de imitar esa llamada tercera vía.

A George W. Bush tampoco se le puede identificar como un republicano de ultraderecha en materia de política interna. Pero algo ocurrió dentro del partido republicano a partir de la llegada de Obama a la presidencia en 2009. Surgió un movimiento llamado Tea Party, que exigió un posicionamiento más ortodoxo y de derecha. Cobró vida en las elecciones para el Congreso federal en 2010 y ahuyentó a los llamados republicanos moderados.

El Tea Party es un movimiento antigobierno, antinmigrante, antigasto público con fines sociales y anticualquier acuerdo de compromiso con la oposición. Tomó su nombre del Boston Tea Party de 1773, uno de los detonadores de la guerra de independencia y un símbolo histórico de quienes se oponen a los impuestos.

Ello explica el triste espectáculo que ofreció el proceso de primarias del Partido Republicano para seleccionar a su candidato presidencial. Los aspirantes se esforzaron por complacer a los representantes del Tea Party y fueron adoptando una línea cada vez más reaccionaria. Mitt Romney tuvo que hacerles el juego y asumir posiciones muy conservadoras. Por ejemplo, tuvo que criticar el sistema de salud que había apoyado para el estado de Massachusetts, mismo que en muchos aspectos fue reproducido a escala nacional por Obama. También matizó su idea acerca del aborto.

Desde luego que el Tea Party agrupa a muchos individuos que no esconden su racismo. Son parte de ese sector de la población que simplemente no acepta a un presidente negro. También defienden a ultranza esa idea que la sociedad les ha inculcado a tantos estadunidenses: que Estados Unidos es lo máximo. Ésa es la llamada tesis del excepcionalismo.

Los políticos no se atreven a cuestionar esa tesis. Se les antoja suicida mencionar los puestos tan bajos que ocupa Estados Unidos en los estudios que miden los distintos factores de desarrollo de los países.

Mitt Romney ciertamente comparte la idea de que Estados Unidos es el número uno en el mundo. Su problema es que le gustan las máscaras. Un día aparece con la de un hombre de negocios exitoso y eficiente; otro día con la de un gobernador republicano en un estado mayoritariamente demócrata capaz de negociar acuerdos con la oposición en beneficio de los habitantes de Massachusetts, y en ciertas ocasiones se pone la máscara de un republicano ultraconservador y reaccionario. Como me decía un amigo hindú: “Romney tiene más posiciones que el Kamasutra”.

Anoche fue Halloween. Se trata de una fiesta tradicional céltica que los irlandeses introdujeron en Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Es la víspera de Todos los Santos, las fechas en que los europeos recuerdan a los difuntos y se mezcla con una dosis de brujería y fantasmas. Los niños se disfrazan y van de puerta en puerta pidiendo caramelos y otras golosinas. Se no reciben sus dulces amenazan con gastarles una broma a los inquilinos de la casa. De ahí la expresión “trick-or-treat”.

Desde hace medio siglo, el trick-or-treat se ha comercializado mucho y se ha extendido a otros países. Entre los disfraces que uno puede comprar están las máscaras de los candidatos a la presidencia. Cabe señalar que desde 1996 se han venido monitoreando las ventas de dichas máscaras e invariablemente ha triunfado el candidato cuya máscara se ha vendido más. Al parecer, este Halloween la máscara de Obama se vendió mucho más que la de Romney. Quizás ésa sea la encuesta más fidedigna.