Opinión
Ver día anteriorDomingo 11 de noviembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Obama y nosotros
Rolando Cordera Campos
L

lega Obama a su segundo periodo presidencial sin que sus esfuerzos contra la crisis económica hayan podido concretarse en una recuperación sostenida. Brotes verdes han aparecido y desaparecido, como ha ocurrido en las semanas recientes, pero la cauda de desempleo producida por el shock de 2008 no se ha corregido sustancialmente.

Sin duda, el camino recorrido se ha extendido y en materia de desempleo se ha complicado por la precarización que acompaña el repunte en la ocupación y la emergencia de capas que viven debajo del radar de la estadística laboral, porque han decidido que ya no vale la pena buscar trabajo. El mundo proletario se ha ampliado y en el peculiar subcontinente de la precariedad americana forman enormes filas los mal llamados hispanos, dentro de los cuales, los mexicanos, de origen o de nacionalidad, conforman la primera minoría. Lo cierto es que hoy por hoy, la informalidad no es más el monopolio de los indocumentados.

La disposición a votar de que hicieron gala estos contingentes de la desprotección social americana es notable, aunque su magnitud e intensidad es necesario evaluarla con precisión. El hecho de que más de 60 por ciento de los mexicanos haya apoyado a Obama en las urnas, no sólo confirma una tendencia, sino propone un interesante desafío a la interpretación de la política y a la configuración de maneras de gestionar la salida de la crisis o el mero vivirla y soportarla.

Hace años, Jesse Jackson buscó un relevo del movimiento afroamericano que impulsara Martin Luther King, dándole una dimensión étnica y social bajo la metáfora del arco iris. Marcha tras marcha, la convocatoria de Jackson fue languideciendo, tal vez como un resultado de la propia y creciente complejidad de su audiencia. Tal es el caso de las comunidades afroamericanas, pero también de las otras comunidades migrantes, incluida la nuestra que, según algunos estudiosos, parece ser la más renuente a todo tipo de integración o aculturación y la más proclive al estancamiento de ingresos y movilidad.

No es esta una mitología simplista, pero seguramente en los próximos meses tendremos ocasión de conocer revisiones y actualizaciones de lo que, si no mitológico, sí ha sido un estereotipo multiusos, incluso por parte de los más recientes y elementales lectores de los enfoques culturalistas del ser mexicano.

Para México, que sigue en fase de estreno y prueba democráticos, el triunfo de Obama y la composición de la coalición que lo llevó a la relección, constituye un reto abierto. Conocer y reconocer el mosaico del que ahora forman parte millones de los nuestros es indispensable, como también lo es tener una idea funcional y operativa de lo que puede implicar dicha coalición para el perfil del nuevo gobierno americano y de sus políticas, incluso de su personal.

Estados Unidos vive un ya largo proceso de cambio estructural y cultural cuyas inconclusiones e incertidumbres, interconstruidas en el proceso mismo, han traído consigo una extrema polarización ideológica y la emergencia de posiciones casi lunáticas para la economía y el gobierno de la sociedad. Uno de los focos de este delirio lo constituyen los migrantes y, dentro de ellos, los nuestros.

La relación con el norte tiene que cambiar de verbo y concepto. Lo que trae entre manos Obama es una restructuración a fondo del capitalismo americano, que pasa por la matriz energética y del transporte e incluso pretende llegar a explorar los términos de una nueva industrialización. Si tiene éxito o no, depende en alto grado de su valor y capacidad para cambiar las ecuaciones principales de su política de masas, pero sería un craso error por parte de México hacer como si lo dicho y hecho por el presidente relecto fuera mera retórica de ocasión.

Mantenernos en la visión de que la conexión americana se trata sólo de un juguete, armado por módulos independientes, puede mostrarse no sólo improductivo sino destructivo, porque nos llevaría a absolutizar el tema de la seguridad sin tener con qué continuar por la vía calderoniana y, además, poniendo en riesgo lo que queda de lealtad positiva de las fuerzas armadas. Nos llevaría, también, a mantener una posición rutinaria y cínica sobre el tema de la migración, que no tendría correspondencia con el gran cambio que la elección ha puesto sobre la superficie. En el colmo de la necedad, algunos autodesignados expertos podrían tratar de reditar la absurda hipótesis de que nos va mejor con los republicanos.

El camino recorrido en la relación bilateral está sembrado de minas, desencuentros y reduccionismos. Quizá, ahora, desde la plataforma que la relección hizo emerger, México podría preparar los términos de una agenda encabezada por el tema casi olvidado del desarrollo económico y social, entendido como una condición principal para acercarse a nuevos enfoques sobre migración, cooperación y seguridad. Aquello de la seguridad para la prosperidad, debe cambiar sus énfasis y ver el segundo término como algo más complejo que la sola apertura ingenua y hasta solícita en materia petrolera, o de polígonos fantasmales para coadyuvar con la migra.

País de paso y expulsión, México tiene que asumir y reiterar su compromiso constitucional con los derechos humanos. Tal vez éste sería el punto de arranque para tener Estado de nuevo y no llenarnos de vergüenza por las atrocidades de que son víctimas los centroamericanos al pasar por nuestro terruño.

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