Política
Ver día anteriorMiércoles 14 de noviembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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¿Y si nos enorgullecemos de la mariguana?
Claudio Lomnitz
L

a legalización de la mariguana en los estados de Washington y Colorado es una gran noticia, y más todavía si se le ve a partir una apreciación del sentido histórico de las elecciones pasadas en Estados Unidos. El analista político de The New York Times Thomas Edsall, tras un análisis cuidadoso de tendencias electorales de largo plazo, llega a una conclusión lapidaria: los republicanos han perdido las guerras culturales (culture wars), debido a cambios paulatinos pero consistentes en torno de un abanico de temas, que van desde la aprobación de la igualdad para la mujer, la protección de los derechos reproductivos, la aceptación de las parejas homosexuales, hasta la legalización (o cuando menos la medicalización) de la mariguana. Esta derrota ideológica –amplísima– importa porque refleja tendencias electorales que se vienen consolidando desde hace 20 años, y que sólo tenderán a fortalecerse, según se siga aumentando el voto latino y el voto femenino.

Más allá de actitudes cambiantes en cuestión de moral pública, en el tema específico de la mariguana, los estados de esa nación tendrán importantes alicientes económicos en pro de la legalización. The Huffington Post calcula que si Estados Unidos legalizara la mariguana, se ahorraría arriba de 13 mil millones de dólares anuales, incluidos mil millones tan sólo en gastos carcelarios. Esto, en un contexto en que hay estados de la federación estadunidense que están ahogados en deudas, como California, y que tienen sus cárceles rebosando de presos condenados por posesión o distribución de mariguana. En el caso específico de California, el Partido Demócrata acaba de ganar por primera vez una supermayoría en el Congreso (es decir, posibilidad de pasar leyes sin aliados del Partido Republicano), no es demasiado remoto que California siga los pasos de Washington y Colorado, por simple lógica fiscal.

México debe responder a estas nuevas moviéndose rápidamente a la legalización, imitando punto por punto la ley del estado de Washington (que prohíbe el consumo a menores, y que prohíbe conducir automóviles bajo influencia de la mariguana). Ojalá que haya algún partido político que se lance a presentar un proyecto de ley en el Congreso, y que los gobiernos progresistas del país, comenzando por el Distrito Federal, se muevan en el mismo sentido, cuanto antes mejor.

Además de los beneficios a escala de política social –y como un primer paso hacia concluir la guerra del narco– habría que pensar que México tiene un lugar privilegiado en el imaginario de la mariguana, que tendría que aprovechar económicamente. Cabría, incluso explorar eventualmente si México no podría reclamar apelación de origen para la mariguana comercial, y que la mota de los estados de Washington o Colorado tuviera que llamarse de otro modo (weed, por ejemplo), y que la auténtica mariguana sea la que se siembra en México, con despliegue de técnicas, usos y costumbres locales.

Además de los beneficios económicos, políticos y sociales de la legalización, el cultivo comercial de la mariguana enriquecerá el imaginario promovido en nuestra publicidad comercial. El contraste con el tequila podría ser especialmente interesante.

Casi todo el simbolismo de publicidad del tequila hiede a nostalgia por el mundo de la hacienda, con marcas como Patrón, Herradura, Don Julio, Jimador, Don Fulano, Comisario, Don Eduardo, Cazadores, etcétera.

La industria futura de la mariguana mexicana se valdría de otro repertorio, no sólo más divertido, sino también mucho más importante a escala del reconocimiento de los actores sociales que más han contribuido a forjar nuestra modernidad. Se me ocurre un sinnúmero de nombres de marca posibles (hoja fina, tripa corta, hecho a mano, apelación controlada), comenzando por homenajes más que merecidos a las peregrinaciones mexicanas de la contracultura estadunidense (Acapulco Gold, On the Road o Howl). Se abrirá, además, la posibilidad de reconocer a otras generaciones de la mariguana, y a la interculturalidad que ha sido central en el desarrollo de la cultura mariguanera (nel, Avándaro, 68, etcétera). Incluso las marcas que optaran por imágenes porfirianas retro, más acordes con el mundo imaginario del tequila, tendrían un repertorio mucho más interesante de dónde escoger sus símbolos que el mundo machacón del charro y del hacendado. Podría haber marcas populares con nombres como Sardo, La Leva o Santa de Cabora.

Más allá del mundo divertido de la creación de imágenes para un nuevo producto legal (aunque de consumo restringido), importa reconocer que estamos genuinamente ante una oportunidad –una situación que permitirá reducir y repensar el problema del narcotrafico, formentar la artesanía y la agricultura de punta, e integrar el mercado norteamericano con un producto que ha tenido una tradición importante y negada en la búsqueda de la paz y del amor, y cuyo sentido se ha pervertido hasta el grado en que hoy representa sólo sangre y prisión. Estamos tan acostumbrados a las malas noticias que a veces no sabemos aprovechar las buenas. Ésta es una buena noticia. No hay que dejarla pasar sin sumarse de manera decidida a un movimiento que tiene verdaderas posibilidades transformadoras.

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