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Natalia Toledo presentó la interpretación pictórica de su padre sobre el libro de Lorenzini

Francisco Toledo crea una singular y colorida versión de Pinocho

Publicado por el CNCA, incluye las obras que se exhibieron el año pasado en el Cervantino, así como textos del poeta Francisco Hernández

El artista emplea la técnica del pastel, con la cual no se puede ocultar nada, las cualidades y defectos del dibujo se traslucen, señaló la poeta

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¿Cuántas personas en nuestra actualidad han pasado por una metamorfosis, pero a la inversa, de hombres a muñecos manejados por el titiritero de la corrupción?, se preguntó Natalia Toledo en la presentación del volumen. En la imagen, una de las obras que se incluyen en el ejemplar
Ericka Montaño Garfias
Enviada
Periódico La Jornada
Domingo 2 de diciembre de 2012, p. 2

Guadalajara, Jal., 1º de diciembre. A los zapotecas, igual que a Pinocho, nos parió un árbol: “En una constelación de guacamayas fuimos arrojados al corazón de un sabino y desde ese día un pájaro Peguyeu’ inauguró nuestro destino”, es Natalia Toledo en la presentación del libro Pinocho, interpretación pictórica que el artista Francisco Toledo hizo del personaje clásico que Carlo Lorenzini publicó con el seudónimo de Carlo Collodi.

El libro, publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), incluye las obras que se exhibieron el año pasado en el Festival Internacional Cervantino, textos del poeta Francisco Hernández, y otras piezas con el niño de madera como protagonista que no estuvieron en la exposición.

Esta es una creación única y novedosa al mismo tiempo, dijo la poeta y narradora Natalia Toledo en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, la noche del viernes. En el cuento, “un carpintero crea de un trozo de madera un muñeco, peripecias mientras camina hacia una comprensión de sí mismo, los embaucadores: la zorra y el gato en la posada del Cangrejo Rojo, su conversión en burro, el grillo parlante, el hada de los cabellos azules, que en la historia narrada en imágenes es mamá, hermana, pero sobre todo novia amorosísima que le muestra a Pinocho la oquedad por donde no salió, pero puede entrar.

Las miles de pruebas que tiene que pasar el trozo de madera al humanizarse, en ese tránsito se descubre frágil y solo; le seduce todo, porque no conoce nada y como espera, cae en todas las trampas. Rodeado de mentirosos, aprende a mentir.

A Toledo, su padre, le gusta mucho la conversión de animales en humanos y viceversa. En este Pinocho empleó la técnica del pastel; en Informe para una academia, de Kafka, donde también se ocupó de esa conversión, empleó el grabado.

¿Cuántas personas en nuestra actualidad han pasado por una metamorfosis, pero a la inversa, de hombres a muñecos manejados por el titiritero de la corrupción, del crimen organizado, de las astutas zorras y de los gatos llenos de mañas? ¿Cuántos, como Pinocho, no hemos sido despojados de algo?

La historia del niño que sale del leño enseña y moraliza a más no poder, pero la maravilla se encuentra cuando Collodi narra las tentaciones y dificultades por las que pasa; ahí entra Toledo para resaltarla con la técnica del pastel. En esta técnica no se puede ocultar nada, las cosas salen a la superficie, las cualidades y defectos del dibujo se traslucen, continuó Natalia, quien acaba de publicar El niño que no tuvo cama, ilustrado por su padre.

Algo que sorprende en este Pinocho es que nunca había visto tantos colores en la obra de Toledo. También “me sorprende después de releer a Pinocho, la soledad del muñeco, siempre está acompañado, pero hay una soledad que atraviesa las páginas, en las imágenes de Toledo es una soledad jocosa. Al final, si es que existe un final, Pinocho es vuelto a su estado natural, de ser un niño árbol”.

Demián Flores, fundador del centro cultural La Curtiduría y del taller Gráfica Actual de Oaxaca, acompañó a Natalia Toledo en la presentación. Habló de la mentira: “En Juchitán la verdad y la mentira se hacen una, es decir, hay un deslinde entre la mentira engañosa, la mentira acordada o la mentira como arte. El Pinocho de Toledo es un mundo que nos relata su propia reflexión mentirosa, plástica, acerca del cuento.

El escritor zapoteco Macario Matus nos dice que al lado de los mitos, leyendas, consejas, fábulas, historias, cuentos y demás formas literarias o verbales que ha producido la imaginación zapoteca pervive otra manera de contar que, traducida al español, quiere decir mentiras o el arte de saber mentir. Al abordarlas, generalmente se separa de la realidad sólo para arribar a los terrenos de la fantasía desbordante o al plano surreal.

En Pinocho, Toledo analiza la condición del ser humano, y cada una de sus imágenes contiene una exploración formal de la representación de la cuadratura del círculo, como hizo Leonardo Da Vinci en El hombre de Vitruvio, “dibujo que se ha convertido en auténtico símbolo del valor universal, ya que sintetiza muchas de las ideas clave del pensamiento humanista desde el Renacimiento: el hombre, o mejor dicho, el ser humano como medida de todas las cosas. Con esa perfección y armonía pienso en la obra de Toledo, donde el hombre es reconfigurado en un ser ‘espiritual’ como centro sagrado del universo, que da sentido al mundo conocido, incluso a lo oculto”.

Las obras de Toledo, añadió, son emblemas humanistas desde los cuales se refunda una nueva estirpe de seres libres, que basan su existencia individual y convivencia colectiva, tanto en el respeto a la diversidad, como en la identidad y la tolerancia.