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Ver día anteriorViernes 7 de diciembre de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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UNAM: ¿ciencia con conciencia?
Víctor M. Toledo
E

n las redes sociales está circulando un video que resulta significativo para el devenir de la ciencia en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en el país, y que todo mundo debería consultar. Se trata de un programa de la serie Lupa Debates. El programa está dirigido a responder a la pregunta: ¿es riesgoso el maíz transgénico? Se encuentra en You Tube y fue escenificado por dos destacados investigadores de la UNAM: el doctor Mario Soberón, del Instituto de Biotecnología, y la doctora Elena Álvarez-Buylla, del Instituto de Ecología.

El video resulta trascendente no sólo porque muestra dos posiciones antagónicas del quehacer científico, sino porque la respuesta es decisiva para el campo y los productores rurales, la alimentación de los mexicanos y la riqueza biológica del país. Además, pone sobre la mesa dimensiones normalmente soslayadas, como el significado de la investigación científica y tecnológica en un mundo en crisis. Para hacerlo más atractivo, uno de los participantes, Mario Soberón, acaba de ser sancionado junto con la investigadora Alejandra Bravo por la propia UNAM por manipulaciones inapropiadas y categóricamente reprobables de imágenes sobre estudios de la bacteria BT –utilizada en la elaboración del maíz transgénico– para enfatizar resultados que buscaban obtener en al menos 11 artículos en revistas científicas internacionales.

El debate deja ver dos posiciones científicas muy diferentes. Por un lado, un microbiólogo cuyos trabajos son realizados en laboratorio, quien hace contribuciones a favor de una tecnología impulsada por los monopolios biotecnológicos del mundo, que pertenece a un estilo especializado y estrecho de hacer ciencia y que carece de información elemental sobre la historia, las peculiaridades y los problemas del agro mexicano. Para colmo, además de recibir sueldo de la UNAM es dueño de varias patentes biotecnológicas, es decir, mantiene un doble papel: investigador de una universidad pública y empresario biotecnológico. Del otro lado, Elena Álvarez-Buylla, si bien se dedica a la ecología genética de manera sobresaliente, comenzó realizando trabajos sobre sistemas campesinos agroforestales, es capaz de integrarse a grupos interdisciplinarios de investigación y participa en discusiones epistemológicas sobre ciencia y complejidad. Mario Soberón está totalmente a favor de introducir el maíz transgénico en México, Elena Álvarez-Buylla está radicalmente en contra.

Al alud de evidencias respecto del alto riesgo de contaminación genética de las variedades originarias del maíz se agregan estudios contundentes sobre los peligros de comer maíz transgénico. Un estudio reciente es el realizado por el investigador francés G. E. Seralini, autor del libro Todos somos ratas de laboratorio. Basta mirar los enormes tumores de los riñones e hígado de las ratas alimentadas por dos años con maíz transgénico (más el herbicida Roundup de Monsanto) para entender que quienes se empecinan en el uso de los alimentos transgénicos padecen algún tipo de locura. La soberbia tecnocrática amenaza no sólo la permanencia del maíz nativo, una creación de la civilización mesoamericana de por lo menos 7 mil años de antigüedad (ver: uccs.org), también pone en peligro la salud de millones de seres humanos. La locura halla una explicación mercantil en las ganancias de Monsanto, que habrá de facturar casi 14 mil millones de dólares en 2012 y alcanzará este año ganancias por unos 2 mil 600 millones de dólares.

Más allá de las actuaciones de estos investigadores en el debate, me interesa destacar algunos aspectos del caso. Primero, que no hay una manera, sino muchas, de hacer ciencia. Se puede ser un investigador destacado e incluso brillante dedicado a aliviar a sectores sociales marginados, o a perfeccionar lo efímero de una mercancía, o a preservar la duración de un alimento industrial, o a arruinar la salud de un ser humano, o a incrementar la vanidad de los individuos, o a incrementar el poder destructivo de una arma. En general hay de entrada ciencia pública, privada y social. Ello manda al basurero de las ideologías la muy sobada tesis de que la ciencia es neutra, lo que por cierto alimenta la soberbia y egolatría de los científicos. Este dogma se difunde masivamente para elevar la capacidad de negociación de las comunidades científicas, obtener más dividendos y apoyos y extender una imagen similar a la de las iglesias. La gran mayoría de los programas, acciones y actividades que se realizan como divulgación de la ciencia son propaganda disfrazada de ese dogma. Por ello resulta un sinsentido abogar por el incremento del presupuesto para ciencia y tecnología sin dejar bien claros los proyectos que se implementarán en cada rama, es decir, sin una verdadera política científica.

También emergen las relaciones de la ciencia con el capital. En el largo devenir humano, de unos 200 mil años, la ciencia es una modalidad del conocimiento con apenas unos 300. Su papel fue y sigue siendo generar innovaciones que perfeccionen los ciclos de las mercancías, es decir, que hagan eficientes los procesos de acumulación del capital, y que garanticen la defensa de todo ello (ciencia para la guerra). El resultado: los monopolios han alcanzado su máximo histórico y hoy mil 318 gigantescas corporaciones poseen 60 por ciento del capital del planeta (halfanhour.blogspot.com/2011/10/ one-percent.html). Conforme la ciencia de un país se va desarrollando, la investigación tiende a plegarse a los intereses de la industria, y esta industrialización del conocimiento es sinónimo de su mercantilización. Por eso en los países desarrollados la dupla ciencia/capital es casi perfecta. Tomar conciencia de este proceso es fundamental para asegurar una ciencia con ética social y ambiental.

En la UNAM, sectores cada vez más numerosos de sus comunidades científicas han comenzado a entrar a ese proceso, no solamente los biotecnólogos. Existen indicios de investigadores trabajando en proyectos de biomedicina, química, nanotecnología, genómica y ecología dirigidos a apoyar intereses corporativos.

Es hora de que en nuestra alma máter, donde se genera la mitad de la investigación científica del país, se inicie una magna discusión sobre la función social de la ciencia y se debata con seriedad su papel en un país y un mundo en crisis. También deben conocerse las nuevas corrientes que abogan por un nuevo pacto social, como la llamada ciencia para la sustentabilidad. No es posible que en la universidad más importante de Iberoamérica se dejen a la deriva las dimensiones éticas de la generación del conocimiento.

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