Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 16 de diciembre de 2012 Num: 928

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Martha Nussbaum y
la fragilidad del bien

María Bárcena

Combate
Leandro Arellano

Para leer a
William Ospina

José María Espinasa

Luis Rafael y La
guaracha del
Macho Camacho

Ricardo Bada

Faulkner cincuenta
años después

Carlos María Domínguez

Propuestas sencillas
Jaime Labastida

Leer

Columnas:
Prosa-ismos
Orlando Ortiz
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Cinexcusas
Luis Tovar
La Jornada Virtual
Naief Yehya
A Lápiz
Enrique López Aguilar
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
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Enrique López Aguilar
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Mar (in)tranquilo y próspero viaje (II Y ÚLTIMA)

El orden y las edificaciones estadunidenses obligan a cavilar en la manera como se fundan en el desordenamiento del Resto del Mundo y en una arrogante sensación de invulnerabilidad, no sólo frente a posibles ataques enemigos (tema desmentido por las obsesiones del cine gringo de acción), sino frente a la rebelión de la naturaleza. Los trastos viejos destruidos por los japoneses en Pearl Harbour y las Torres Gemelas derrumbadas por Al Qaeda son nada en comparación frente a las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (“cariñosamente” llamadas Little Boy y Fat Man) en agosto de 1945: 220 mil personas muertas con dos utensilios bélicos en cosa de minutos; y a la condición ruinosa en que dejó a Irak la invasión de los “aliados” (2003-2011).

Media semana antes del 29 de octubre de 2012, los medios estadunidenses dejaron de lado el tema de la inminente votación presidencial (Obama vs. Romney) para abarrotar ojos y oídos con información acerca de los tres fenómenos meteorológicos que confluirían cerca de Nueva York: una corriente glacial desde Canadá, una tormenta desde el Pacífico y un huracán desde el Golfo de México, Sandy: la “tormenta perfecta” (concepto más cinematográfico que otra cosa: ¿dicha tormenta es la más hermosa, la más beneficiosa o la más destructiva?). Poco antes, desde el 23 de octubre, Nueva York había dejado de lado su talante postveraniego para mostrar un rostro gris y lloviznoso. Easton, una semana antes, era un lugar caluroso. Filadelfia, dos días antes, era un lugar fresco y con mucho viento, pero sin indicio de mayores sobresaltos. Sin embargo, desde el domingo 28 se cancelaron todos los vuelos de la zona y el 29 se desató la tormenta con un día de adelanto.

El huracán no pasó sobre Easton pero, entre el lunes y el miércoles, el viento y la lluvia impidieron toda clase de actividades en la calle: la peatonalidad, la vida escolar y las compras. Aún podían mirarse noticias en la televisión: miles de personas sin energía eléctrica en el noreste del país, árboles caídos, ríos desbordados. En las noticias, un regodeo alrededor de los problemas neoyorquinos: cancelación de viajes de trenes, autobuses, aviones y servicios urbanos de transporte; cierre de puentes, inundaciones… Easton no se inundó, pero cayeron árboles y hubo fallas en el suministro eléctrico cuyas consecuencias inmediatas fueron la muerte de la calefacción, de casi todas las estufas, calentadores de agua, refrigeradores, luz doméstica, televisión, toda telefonía e internet: un regreso a la intemperie y al aislamiento casi “propio” de la edad de las cavernas.

Con la energía eléctrica desapareció la funcionalidad de muchos cajeros automáticos y los enlaces cibernéticos de algunas tiendas para realizar compras mediante tarjetas, acontecimiento insólito para un país donde ya casi nadie utiliza el efectivo y priva el manejo del plástico. ¿Cómo comprar comida con billetes si no hay cajeros y la tienda no tiene “sistema”? No hubo desabasto, no hubo motines para hacer compras de pánico y, finalmente, todo se mantuvo en “orden”, aunque la alteración de las rutinas “confortables” era tan notoria como que la humedad y la temperatura, cercana a los 8 grados sobre cero al mediodía, causaran estragos dentro de espacios habitacionales cuyo ambiente interior es idéntico al exterior, en contraposición a la idea árabe y española de “la casa”.

Dos escritores hispanomexicanos, habitantes de esas latitudes, ofrecieron miradas contrapuestas, mas semejantes, de cuanto llevo contado, rostros del bifronte Jano. Me escribió Manuel Durán, desde Connecticut: “Hemos estado ocupados tratando de reparar los efectos de la tormenta: dos hermosos árboles cayeron, una rama atravesó el techo y cuelga ahora del techo de una habitación, dando un aspecto algo surrealista a nuestra casa.” (10 de noviembre de 2012.)

Y Roberto Ruiz, desde Massachusetts: “Hemos pasado una temporada muy difícil. Primero vino el ciclón, un desastre de proporciones monstruosas que paralizó todo el Nordeste. Nosotros salimos bien librados, pues no se nos fue la luz, y en nuestra zona no hubo árboles tronchados ni calles inundadas, pero otros miles de ciudadanos están todavía luchando con los efectos del fenómeno. […] Y luego, el pasado miércoles 7, a la semana del huracán, llegó otro temporal de primera magnitud, pero esta vez no con lluvia sino con nieve. Los vecinos que no tienen electricidad tampoco tienen calefacción, así que les ha caído la lotería.” (11 de noviembre de 2012.)