Opinión
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Memorias de un guerrillero jaramillista
Gilberto López y Rivas
D

esinformémonos, revista digital semanal que dirige la periodista Gloria Muñoz Ramírez, ha emprendido un giro editorial este año, con el acierto de iniciar tal aventura con un libro de Ricardo Montejano, Félix Serdán Nájera, memorias de un guerrillero jaramillista, en el que se presenta la historia de vida de quien recibió por parte del EZLN el grado de mayor insurgente honorario, y quien a sus 95 años mantiene viva la causa agrarista en su estado natal, Morelos.

Es importante que ya desde el título de la obra no se asuman los estigmas y las trampas ideológicas de los enemigos de clase neoliberales que equiparan la lucha de los pueblos, incluida la armada, con el terrorismo. Mientras haya explotación entre los seres humanos, dominación de pueblos por poderes neocoloniales e imperialistas y dictaduras que imponen el más mortífero de los terrorismos, el de Estado, seguramente que habrá resistencias, y algunas de ellas asumirán las vías armadas. Esta realidad la comprenden bien los ideólogos del Pentágono, que durante estos años han desarrollado sus estrategias represivas globales en numerosos manuales de contrainsurgencia, ahora permeados por las perspectivas de antropólogos mercenarios al servicio del imperio y los grupos oligárquicos locales.

El libro va más allá de lo que es una vida rica y llena de vicisitudes y experiencias singulares. Lo vivido por mi amigo Félix toca aspectos que dieron forma y contenido a la República. Las secuelas de la revolución armada de 1910-1917, el cardenismo y las luchas populares de la segunda mitad del siglo XX, incluida de manera especial la de Rubén Jaramillo, sus seguidores y correligionarios que compartieron con él esperanzas, ideales, así como muerte y persecución.

En Morelos –escribo en la presentación a manera de testimonio– conocían a Félix también como El Maestro (una de las ocupaciones que tuvo en su larga vida de revolucionario), quien incansable recorría por el día casas de simpatizantes y camaradas, arriesgándose a que lo reconocieran los sicarios del gobierno. Por la noche, caminando a la luz de la luna (lo hice con él una vez en esas condiciones), llegando a las chozas repletas de perros flacos, sarnosos, hambrientos, ladrando a más no poder; en las ventanas, apuntando a los intrusos con las viejas carabinas 30-30 o los rifles 22, de quienes quedaban de las tropas de Jaramillo, escuchando sus planteamientos de socialismo religioso, ya que Rubén fue pastor protestante. En la voz de uno de quienes le sobrevivieron escuché: Si Dios nos trae al mundo desnudos, sin ser dueños de nada ni de nadie, ¿por qué alguien puede ser dueño de la tierra o del agua y mandar sobre otros? Todos somos iguales a los ojos de Dios.

En un fogón de un barrio pobre de Cuernavaca conocí a una anciana que no parecía diferenciarse de otras, con sus enaguas y rebozo; “esa viejita –me comentó un compañero– llevó armas, dinero, comunicados, a Jaramillo cuando estaba peleando contra los sardos (soldados). Cruzaba los retenes de las tropas vendiendo tacos en una canasta de doble fondo. Nunca la descubrieron”. Recuerdo que la represión contra los jaramillistas cobraba muchas víctimas y algunos de ellos, como Félix, alias Rogelio, andaban a salto de mata o viviendo en casas de seguridad –donde lo conocí en 1963– como profesionales de una organización revolucionaria en formación. Uno de ellos, Rey Aranda, me causó gran impresión; hombre bien parecido, de bigotes zapatistas, que debiera haber andado en sus 40, sembraba la tierra con sus dos hijos jóvenes cubriéndolo con sus carabinas. Había sobrevivido a varios atentados. En uno de ellos –me contó uno de sus hijos– mató a su emboscador, tirándose del caballo mientras disparaba.

El libro en comento constituye, de hecho, un viaje al México rebelde. Refiere las vidas aciagas y valerosas de quienes no se someten al poder ni a la cooptación, pese a ser el blanco de la violencia del Estado y sus agentes represivos. Félix Serdán es la encarnación de quienes inspirados por ideales y congruentes con principios firmes, han practicado todas las formas de lucha y pese a las adversidades y traiciones no han dejado de sostener la necesidad de cambios revolucionarios por el establecimiento de una nación sin explotados ni explotadores.

El trabajo está muy bien escrito y reúne diferentes técnicas de la narrativa y el testimonio, que proyectan el excelente oficio de comunicador de Ricardo Montejano. Es una obra bien editada, con letra grande y hermosos grabados, fotografías e ilustraciones, que me recuerda la colección que la fallecida compañera Carlota Botey inició en el Centro de Estudios del Agrarismo en México (CEAM), que ella dirigía, en un proyecto editorial a través del cual se publicaron varias investigaciones que daban cuenta de las luchas populares y sus protagonistas, como Primo Tapia de la Cruz, dirigente indígena purépecha que fundó el Partido Comunista en Michoacán y fue, como Jaramillo, arteramente asesinado, en ese caso por órdenes de Plutarco Elías Calles. En Nicaragua, asimismo, participamos en un proyecto de historia oral con el lema: Los pueblos hacen la historia, es hora de que la escriban, en el que los personajes o actores eran precisamente los combatientes del pueblo llano, hombres, mujeres, e incluso niños, y las familias que los apoyaron en la lucha insurreccional contra la tiranía de los Somoza.

Félix puede sentirse feliz de vivir una vida plena y de ser quien es en esa historia de héroes populares en que le ha tocado jugar un papel digno de recordarse por las generaciones venideras. En Memorias de un guerrillero jaramillista se plasma la dignidad de quienes permanecen fieles a la causa de los de abajo y a los principios libertarios y revolucionarios que los alientan.

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