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El profesor Enrique Rosales estaba de compras

Por defender a un joven pasó detenido 25 días
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El profesor Enrique Rosales, a la salida de la reunión con autoridades del gobierno capitalino donde analizaron la situación de los liberados el juevesFoto Yazmín Ortega Cortés
 
Periódico La Jornada
Sábado 29 de diciembre de 2012, p. 6

Alzar la voz para denunciar una agresión de la policía le valió al maestro de primaria Enrique Rosales Rojas pasar casi un mes en la cárcel, acusado del delito de ataques a la paz pública, luego de los disturbios del pasado primero de diciembre con motivo de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto.

Apenas unas horas después de recuperar su libertad, el profesor –quien pasó 25 días detenido en el Reclusorio Norte– asistió al plantón instalado en el Zócalo capitalino para agradecer el apoyo que le brindaron sus amigos y familiares durante el tiempo que estuvo en prisión.

El día de su arresto, recuerda en entrevista con La Jornada, “andaba en el Centro para comprar un chip (de celular). Las tiendas estaban cerradas, y ya me disponía a retirarme cuando vi que en los desmanes unos granaderos estaban golpeando a un joven. Les dije que no le pegaran, ese fue mi pecado, y de inmediato un policía que andaba sin uniforme ordenó que me detuvieran”.

Aunque trató de correr para evitar ser arrestado, Rosales sólo pudo llegar a la esquina de Eje Central y avenida Juárez, donde los agentes lo aprehendieron y lo golpearon de manera brutal, antes de subirlo a una patrulla junto con otros dos hombres, quienes fueron trasladados a la agencia 50 del Ministerio Público con un policía sentado encima de ellos que no los dejaba respirar.

Pensé que me iban a soltar, pero uno de los policías que me estuvo hostigando y me había pedido 3 mil pesos para no denunciarme me acusó de haberlo golpeado y romperle los lentes, junto con Jorge Dionicio Barrera, el joven al que defendí, contó Rosales, de 50 años de edad y 29 como maestro.

Luego de saber que él no formaba parte del grupo de 56 personas que fueron liberadas en los primeros días después del arresto, nos desmoralizamos un poco, pero tuve que hacerme fuerte y darle ánimos a los jóvenes, porque de todos los presos yo era el más grande. Como buen padre y buen maestro esa fue mi función.

Como le ocurrió también a la académica e ingeniera industrial Claudia Ivette Trejo Gómez (La Jornada, 16/12/2012), Enrique Rosales descubrió que en la cárcel los celadores se referían a ellos como los pagadores, es decir, quienes tuvieron la mala suerte de ser elegidos como chivos expiatorios por unos disturbios en los cuales no participaron.

A pesar de todo, dice, si viera otra vez que están golpeando a un joven, lo volvería a defender. Allá adentro los jóvenes me enseñaron su fortaleza y sus ganas de vivir. Tengo una bolsa retacada de cartas de mis alumnos que esperan mi regreso y espero verlos el 7 de enero cuando reanudemos clases.