Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 30 de diciembre de 2012 Num: 930

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Poetas de los cincuenta
en Guanajuato:
la generación vigente

Ricardo Yáñez entrevista con Benjamín Valdivia

El México de
Iván Oropeza

Ana Paula Pintado

Diez cuentwitters
Enrique Héctor González

Strindberg,
psique y pasión

Miguel Ángel Quemain

El infierno según Strindberg
Omar Alain Rodrigo

Insurgentes: cine y
política en Bolivia

Hugo José Suárez

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Columnas:
Jornada de Poesía
Juan Domingo Argüelles
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Bemol Sostenido
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La Jornada Virtual
Naief Yehya
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Enrique López Aguilar
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Cabezalcubo
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Juan Domingo Argüelles

Más ignorancia poética

Si en la escuela elemental y secundaria se enseñara metodología de la lectura, y si en estos niveles escolares se abrieran los espacios para leer y comprender la poesía y, en general, el idioma español y sus peculiaridades sonoras, rítmicas, sintácticas, semánticas, gramaticales, imaginativas, metafóricas, etcétera, nadie, absolutamente nadie que haya estudiado las nociones elementales del español, le pondría por nombre Mónica a su hija si su apellido paterno es Garza o Gómez, mucho menos haría un compuesto de nombres propios como Alma Marcela.

Los padres les imponen esos nombres a sus hijos porque no se detienen a pensar ni un momento en la mezcla explosiva que han conseguido. Las anfibologías, los nombres chuscos, los compuestos involuntariamente albureros y soeces que desgracian la vida de quienes tienen que sobrellevar dichos nombres, no son otra cosa que producto de la ignorancia poética, de la falta de experiencia y malicia para leer el idioma y comprender sus connotaciones.

Hay que imaginar con qué ilusión los padres nombran a sus hijos (porque les parece algo muy original, porque los quieren distinguir de otros con un sustantivo propio muy evocador, etcétera), y todo para que, al final, acaben construyendo una procacidad que a veces no advierten sino muchísimo tiempo después y especialmente cuando ya todo el mundo se ha burlado de ellos.

Pero esto no debería sorprendernos en los padres de familia, que son hijos de un sistema educativo que no tiene tampoco la más remota noción de las anfibologías y los juegos de palabras involuntarios, pues este mismo sistema educativo, al nombrar una prueba muy famosa la denominó enlace, que son las siglas de Evaluación Nacional del Logro Académico en Centros Educativos. Si quienes la nombraron así hubiesen tenido una mínima noción del idioma español, hubieran sabido que entre el Logro Académico y el Ogro Académico no hay mucha diferencia, por lo cual debieron evitar a toda costa el término “logro”. (¿Por qué no éxito, por qué no beneficio, por qué no aprovechamiento y otros tantos sinónimos? Muy simple: porque no le pensaron.) Es sabido que Colombia se enorgullece de su oro prehispánico, y que tiene todo un museo para celebrar lo que llama “El Oro de Colombia”, y es conocida la anécdota de que un colombiano muy hablador se convierte, gracias al ingenio de quienes sí saben del idioma, en “El Loro de Colombia”. Entre el oro y el loro no hay casi diferencia homófona.

Nuestras generaciones antipoéticas que ignoran el poder del idioma y sus peculiaridades son capaces de imponer a sus hijos nombres como los siguientes: Aniceto (apellidado Prieto), Alma (Martínez, de apellido paterno), Zoyla (apellidada Cerda), Rosa (Melo, de apellido paterno), Alan (apellidado Merlos), Verónica (de apellido Castro) y hasta Salomé (Terán, de apellido paterno) que va más allá del chascarrillo porque, efectivamente, hay más de una Salomé que se apellida Terán.

Eufonía (agradable sonoridad de la acertada combinación de los elementos acústicos de las palabras) y armonía semántica (la semántica se refiere a la significación de las palabras) no son cosas que se enseñen en las escuelas, y las personas padecen nombres horribles (sin eufonía) con significados espantosos producto de la pésima combinación de las palabras que dan por significado una aberración lingüística.

Para quienes creen que la poesía sirve para muy poco, habrá que decirles que sirve al menos para tener conciencia de que –como lo escribió Rosario Castellanos en Poesía no eres tú– “la palabra tiene una virtud:/ si es exacta es letal/ como lo es un guante envenenado”.

Le hemos puesto tan poca atención al idioma y a la poesía en los centros escolares que las generaciones antipoéticas se multiplican y se dan a conocer no sólo porque dicen que “no entienden” la poesía, sino porque, aun sin decirlo, es obvio que no la entienden, puesto que son capaces de construcciones verbales tan evidentemente antipoéticas que hasta la aclaración resulta innecesaria.

Incluso una buena parte de la narrativa más exitosa está llena de prosa antipoética, no de modo deliberado sino accidental, y esto es porque muchos narradores han olvidado que los grandes escritores, maestros del idioma y autores de novelas y cuentos magistrales, solían leer poesía y aspiraban a que su escritura no se quedara en lo prosaico.

Es necesario insistir en que la poesía regrese a las escuelas, puesto que será mucho más difícil que los maestros y los alumnos regresen a la poesía.