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Cada quien morirá por su lado
Adolfo Gilly
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Militares avanzan sobre La Ciudadela después de recuperar la sexta demarcación, en febrero de 1913, en imagen incluida en el Fondo Felipe TeixidorFoto Sinafo/INAH

1913, el 9 de febrero

E

l golpe militar contra Francisco I. Madero se inició en la madrugada del 9 de febrero. A las 3:30, noche todavía, el general Lauro Villar recibió un parte telefónico de que la artillería y caballería de Tacubaya habían salido de sus cuarteles sin saberse el rumbo que habían tomado. Villar había dormido en su casa con un agudo ataque de gota que apenas le permitía caminar apoyado en un asistente. Aun así, salió disparado de su domicilio, cercano al Palacio Nacional, detuvo un coche que por allí pasaba, fue hasta la esquina sur del Palacio y allí vio un carro cargado con objetos de guerra, escoltado por un oficial y alumnos de la Escuela de Aspirantes, cuyo oficial le dio orden de alejarse sin darse cuenta de quién se trataba, que si no ahí mismo cambia otra vez el curso de esta historia.

Escondido en el asiento de su coche, Lauro Villar dio la vuelta al Palacio y, por el lado que da al Zócalo, vio que en las puertas del centro y de honor habían colocado una ametralladora y fuerzas de línea de la Escuela de Aspirantes. También había sobre la azotea tropas de estos cuerpos, lo que me dio a comprender que la guarnición había defeccionado. La Puerta Mariana estaba cerrada.

A las cinco de la mañana fue al Cuartel de Zapadores, al otro lado del Palacio, donde lo esperaba el mayor Juan Manuel Torrea, listo para el combate.

El general se desplazó entonces al cuartel de Teresitas, sede del 20º Batallón. Suponía que ese cuerpo estaba sublevado y que sólo hallaría a los reclutas: Así fue. Me encontré a todos dormidos. Medio mundo militar esa noche dormía, mientras la otra mitad se sublevaba.

Despertó a los jefes, éstos a los reclutas (serían unos setenta, dice el general), éstos tomaron y cargaron sus armas y el coronel del batallón, Juan G. Morelos, recibió de Villar este encargo: que con su fuerza fuera a recuperar el Palacio Nacional, que entrara por el Cuartel de Zapadores, rompiera con hachas la puerta que da al jardín; que en las puertas de honor y del centro había una ametralladora con fuerzas de su batallón y Escuela de Aspirantes, que en la azotea había tropas también y que el asalto podría darse con buen éxito yendo con cuidado y sigilo.

De ahí Lauro Villar se fue a pie (con todo y su ataque de gota) al cuartel de San Pedro y San Pablo, donde estaban los reclutas del 24º Batallón: también los encontré dormidos. Los sacaron a la calle, cargaron sus armas y, divididos los sesenta reclutas en tres pelotones, se fueron al Palacio por el lado ya previsto del Cuartel de Zapadores. Allí el general encontró al mayor Torrea y éste le informó que, en efecto, el coronel Morelos había llegado con sus setenta reclutas pero había decidido que sería temerario pasar por ese lugar y se había ido a buscar otra entrada.

Aquí el parte de Lauro Villar adquiere su estilo propio y es, en sí mismo, un testimonio del día, de los hombres militares y de ese su momento del general:

Considerando que no debía de perder ni el más pequeño instante por creer que muy pronto vendría a la plaza un mayor número de pronunciados, ordené que volviese a rectificar la división del piquete, tomando el mando del primer pelotón el mayor Argüelles; del segundo el capitán primero Chávez y el tercero el que suscribe con un piquete de los hombres del 16º Regimiento; les comuniqué que la guarnición había defeccionado y que nosotros en cumplimiento del deber, leales al Supremo Gobierno, debíamos someterlos al orden para su severo castigo. Que con tal motivo íbamos a romper a hachazos la puerta que da al jardín de donde avanzaríamos con precaución y sigilo hasta arrimarnos a los patios de honor y centro donde se encontraba el enemigo; de ahí con la velocidad del rayo y al grito de ríndanse y orden nos echaríamos sobre ellos logrando su descuido, porque nos esperaban por la plaza principal, los haríamos prisioneros recogiéndoles las ametralladoras armas y municiones; ahora, si por desgracia nos sintiesen ya adentro, entonces violentamente nos arrojaríamos sobre ellos haciéndoles una descarga general y echándonos encima al arma blanca con el marrazo al grito de ¡Viva el Supremo Gobierno!

Concluida mi peroración, escribe el general, ordenó el ataque: rompimos con hachas que trajeron de la calle la puerta que da al jardín de Palacio en donde entramos sin ser sentidos, de aquí avanzamos hasta el pasillo que comunica a los patios y observando el descuido del enemigo, porque su vigilancia era para la plaza, decididos y a un tiempo todos volamos sobre ellos agarrándolos sin disparar un tiro, cerramos las puertas recogiéndoles las ametralladoras, armas y municiones, mandando violentamente veinte hombres para batir a los que cubrían la azotea, haciéndolos prisioneros sin disparar un tiro.

Allí se enteró de que estaban presos en el Palacio el secretario de Guerra y Marina, Ángel García Peña (a quien está dirigido este parte), Gustavo Madero y unas personas más. Villar informó al secretario lo que ocurría en la plaza, en Tacubaya y en Tlalpan, retirándose usted en seguida a ver al señor Presidente, le dice a García Peña en el parte con una pizca de humor involuntario (o tal vez no tanto). El golpe de audacia de Lauro Villar, a quien sus colegas llamaban el Rémington y andaba entonces por sus sesenta y tres años de edad, había permitido al presidente recuperar a su secretario de Guerra. Entonces, continúa el parte: En el patio del centro formé en dos filas a todos los prisioneros, a quienes les hice vitorear por tres veces al Presidente de la República D. Francisco I. Madero, contestándoseme unánimemente.

Acto seguido los encerró a todos en las cocheras presidenciales bajo la estricta guardia del general brigadier Felipe Mier. En este bautismo de fuego de la Escuela de Aspirantes ni fuego había habido: nomás presencia de ánimo del viejo Rémington, órdenes imperativas, gritos y sombrerazos. Y ya.

Quien sabe qué habría pensado Felipe Ángeles si hubiera llegado a sus manos este parte de Lauro Villar. Pero lo habría disfrutado, él que años antes había escrito que esa Escuela de Aspirantes no servía para nada.

Dueño del Palacio, salió Lauro Villar a la plaza; en la banqueta del frente del edificio formó dos filas de tiradores, cuerpo a tierra y rodilla en tierra; colocó dos ametralladoras ante la puerta central y esperó. Disponía de escaso parque y por ahí tenían que venir los sublevados. Media hora después apareció una columna de caballería con el general de brigada Gregorio Ruiz al frente. Venían de la Penitenciaría adonde habían ido a liberar a Félix Díaz.

Rafael de Zayas cuenta la aventura de este rescate. Él, Rodolfo Reyes y un pequeño grupo de los conspiradores habían estado desde la madrugada cerca de Santiago, esperando a Mondragón y su columna de Tacubaya. Pero no aparecían:

Dieron las tres y nada! Las cuatro y nada! Al menor ruido nos entusiasmábamos y nos acercábamos al auto para salir al encuentro. A las cinco comenzaba a sentirse el día, empezaba el tráfico de los carros de pulque, deliberamos y nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad mientras [...] Rodolfo [Reyes] y Serret se quedaban a la espera. Rodolfo hablando de ocultarse apenas rozara el día y escaparse para el extranjero. Con una velocidad terrible salimos por la Alameda, por Palacio Nacional y volví a Santiago. ¡Nada! El día comenzaba, eran cerca de las seis. Nos encontramos todos y rabiamos y blasfemamos de los mexicanos, nos descorazonamos y creímos todo perdido.

Intentaron un último recorrido y ahí sí vieron en Reforma y en San Cosme indicios de que la sublevación estaba retrasada pero en camino, y se fueron a la prisión militar de Tlatelolco:

Llegamos a Santiago después de haber buscado a Rodolfito y en los momentos en que el general Reyes montaba en su caballo. ¡Qué guapo se vio, con su levitón gris, sin insignias de general, sin silla de ordenanza, elegante y bravo! Allí vi a Ruiz y a Mondragón y a todos los conspiradores civiles, no faltó ni uno a la cita. Los gritos atronaban el aire, el pueblo se unía a nosotros. [...] ¡El camino de Santiago a la Penitenciaría fue un paseo triunfal! Llegamos a la Penitenciaría, los cañones se dirigieron a las puertas y se rodeó la prisión.

Allí pidieron la libertad de Félix Díaz. El director de la prisión trató de ganar tiempo, entraron Reyes y Mondragón a convencerlo y por fin salió Félix del brazo de Reyes y Mondragón y se hizo una salva general, cuenta el cronista y, entusiasmado, sigue:

Se dio un toque de reunión de oficiales y Reyes tomó el mando, dictó sus órdenes. ¡Ya el sol picaba! ¡Qué falta de juicio hacer eso tan tarde! Recuerdo cómo se lanzó de vanguardia el general Gregorio Ruiz con sus dragones, qué bello se veía el viejo! ¡Galopaba hacia la muerte!

En este punto la narración de Rafael de Zayas se atropella. En las cercanías de Palacio Nacional, Reyes encabezaba la columna y de los balcones salían gritos de aliento, dice:

Por el Museo Nacional llegábamos a la esquina de Palacio, roncos de gritar con pistolas amartilladas y rifles lo mismo, seguían mujeres y niños, era una marcha triunfal y loca, de repente comenzaron a tronar las ametralladoras y los balazos, cayó el general Reyes, cayó Espinoza de los Monteros, cayeron varios, se introdujo el desorden, de todos lados salían tiros y gritos, después sólo tiros, habíamos sido cogidos en una ratonera... [...] Félix y Mondragón abandonaron a Reyes en el Indio Triste y allí aguardaron bien prudentes cual Juan Carranza.

Aquí se interrumpe el relato. Más abajo hay un agregado a lápiz donde el autor anotó: Fueron unos medianos conspiradores, unos pésimos revolucionarios contra un gobierno de delincuentes. Huerta fue el único que supo lo que quería y que obviamente sabe qué quiere.

Tal vez entonces el impresionable Rafael de Zayas volvió a recordar aquella noche de fines de diciembre de 1912 cuando visitó a Victoriano Huerta y le dijo que él y sus amigos tenían todo preparado para dar, al día siguiente, el golpe contra Madero. El general, mirándolo a través de sus enormes quevedos azul obscuro, respondió: no, no hay que precipitarse, para hacer a pendejos siempre hay tiempo. Sigan ustedes trabajando. Usted no vuelva aquí hasta que yo lo llame, si vuelve le pego un tiro.

Este 9 de febrero se cumplen 100 años de la Decena Trágica, motivo por el cual ofrecemos a nuestros lectores un fragmento del libro Cada quien morirá por su lado, de Adolfo Gilly, a manera de adelanto, con autorización de Ediciones Era. El volumen circula ya en librerías

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