Opinión
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Reportaje /Mercado-ambiente artístico
En el principio era el verbo o La mano de la buena fortuna
Javier Aranda Luna
T

oda reflexión sobre el lenguaje es, a fin de cuentas, una reflexión sobre el mundo. Las palabras son el teatro de la vida; nombran mundos en su conjunto como el de la mecánica o el de la medicina pero también en cada uno de sus detalles. El universo cabe en una palabra y cada hueso de nuestra estructura tiene un nombre.

Y así como la vida sigue o cesa o pierde sentido, las palabras también. El escritor serbio Goran Petroviç cree, al parecer, que vivimos en un camposanto de palabras si nos atenemos a su novela La mano de la buena fortuna. El olvido, la desmemoria, son las causas que devoran nuestro entorno.

Este libro deliciosamente singular además de ser una novela es toda una reflexión sobre el lenguaje, la imaginación y la memoria.

Si las palabras son el reflejo más inmediato de nuestros pensamientos y emociones, cuando pierden su sentido porque con unas cuantas pretendemos decirlo todo, las palabras en realidad están muertas.

Qué curioso: vivimos una de las épocas más complejas de la historia de la humanidad. Una época en la que más escribimos y leemos gracias a las nuevas tecnologías y también en la que sólo nos comunicamos con un puñado de palabras.

Los académicos calculan que los jóvenes se valen de poco más de 200 vocablos para comunicarse. Para hablar del amor, la comida, la física o las matemáticas; los juegos electrónicos, los deportes, las conjuras, los celos, los tsunamis o los desastres causados por los cometas y por ejemplo, las crisis ambientales y financieras.

También los académicos nos informan que Shakespeare para escribir sus obras, que son el pulso de la condición humana, se valió de más de 20 mil palabras. Comparado ese mundo del poeta isabelino, nuestro universo lingüístico y de nuestros jóvenes francamente parece de cochera.

Resulta claro que esos 200 vocablos polisémicos, a fuerza de usarse indiscriminadamente para pretender nombrarlo todo, y los vocablos que no se utilizan le dan la razón a Petroviç: las palabras han perdido en buena parte su sentido. Por falta de uso o por abuso de ellas.

En La mano de la buena fortuna las palabras muertas sólo se reincorporan cuando con ellas nombramos nuevamente al mundo, cuando no olvidamos lo que nos dicen. Muertas, olvidadas, nos llevan al vacío, a la zona de lo innombrable donde resulta imposible transitar.

En esta novela, el escritor Anastas Branica escribe un libro, Mi legado, sin otro interés que el de construir un sitio de encuentro con el amor de su vida.

Petroviç está convencido que los libros son puntos donde se pueden encontrar otros lectores. Nos pregunta y se pregunta a través de uno de sus personajes: cuando un libro llega a apasionarte particularmente, ¿tienes la sensación de no estar solo, de que además de ti hay otros semejantes, entusiastas, que por casualidad, por la ley de la probabilidad, lo inician al mismo tiempo, en otra parte de la ciudad, en otra ciudad, tal vez en otra parte del mundo?

Ese es el mundo de La mano de la buena fortuna, el de la obra abierta en la que el tiempo corre con otro tiempo; en la que cada lector escribe, con su imaginación, entre líneas.

Branica escribe una novela sin trama. Una novela que es sólo escenarios, paisajes, lugares, para que él y su amada puedan hacer su vida y contarnos el cuento de sus días. El mundo, parecen decirnos, no tiene trama, es un escenario en el que cada lector traza sus pequeñas historias. Mi legado, la novela dentro de la novela que es La mano de la buena fortuna, es un mundo abierto, un génesis en el que cada lector tiene que vivir, hacer su historia, contar el cuento de su vida llamando a las cosas por su nombre.

La magia de las palabras es el encuentro con el otro. El otro que nos lee, como nosotros a él, entre líneas. Por eso Branica encuentra palabras en su novela que no había visto. Palabras que otros lectores incorporaron en ese mismo libro.

Leemos a partir de una tradición, de una memoria. De las palabras de otros que entran a raudales o de manera discreta pero que unas y otras nos muestran que el mundo es un poco más amplio de lo que imaginamos y más pequeño cuando olvidamos las palabras para nombrarlo.