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Retratos del hambre

En el poblado no venden frutas y verduras; abundan frituras y sopas instantáneas

Dificultad para aprender, otro efecto de la alimentación deficiente en Zahuatlán
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Habitantes del barrio 5 de Mayo dedicados a elaborar sombrerosFoto Carlos Ramos Mamahua
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En esta imagen y la siguiente, alumnos de la primaria de ZahuatlánFoto Carlos Ramos Mamahua
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Periódico La Jornada
Viernes 22 de febrero de 2013, p. 4

San Simón Zahuatlán, Oax. ¿Cuánto es aquí?, pregunta la profesora, y señala las hileras de granitos de maíz en el patio. Joel levanta la cabeza, piensa unos segundos, coloca tres dedos sobre sus labios y se queda callado. Son ocho centenas, replica su profesora y plantea lo mismo a otros estudiantes sin obtener respuesta hasta que uno exclama: llevo cuatro centenas.

Y así los verá, dice María del Pilar Chávez, maestra del primero A de la primaria Emilio Ramírez al observar a su colega.

Con mis alumnos supuestamente estábamos viendo hasta el 20, y otra vez me regresé al 11, 12 y 13, porque los números del 11 al 20 nomás no.

De sus 32 alumnos (de todas edades) sólo cuatro fueron al jardín de niños. Los demás vienen sin saber agarrar un lápiz ni las vocales ni los números uno, dos y tres. Se les dificulta socializar porque sólo hablan lengua mixteca. Eso, más la falta de alimentación. Imagínese si no le va a costar trabajo aprender a un niño, expresa.

De repente se desmaya

Son los privilegiados que pueden ir a la escuela, cuyos padres ganan un poco más que otros, sin dejar de ser muy pobres.

Suena la chicharra y varios niños la rodean. Mi dinero, piden varios y ella reparte por cabeza entre cinco y 10 pesos, cantidad enviada por los papás para comprar comida en el recreo.

Se escucha una verbena infantil y en minutos el patio se llena de estudiantes con bolsas de frituras Totis o las conocidas como Lagrimitas, que desbordan salsa Valentina. Sólo algunos se llevan a la boca tortas o tostadas.

Son muy pocos los que desayunan algo nutritivo. Solamente dos vienen con un taco, tortilla con huevito o un chilito por lo menos, explica y luego llama a Karina Asunción, una niña menudita que mide un metro 16 centímetros, siete menos que el promedio de las de ocho años.

Ella se ha desmayado a la hora del homenaje o a la entrada. Está muy callada, con mucho silencio y de repente se cae. Ya vino su papá y prometió que la iba a llevar al doctor, pero no puede. Él vende dulces en la ciudad y su mamá se queda en casa.

–¿Qué desayunaste, Karina?

La pequeña aprieta los labios y no habla. Un compañero funge como traductor de mixteco al advertir que quien pregunta desconoce su lengua:

–Dice que desayunó tortilla con salsa y Lagrimitas.

“Por eso son delgaditos. Se les ven los huesitos, pero tienen mucha pancita y ahora que hace frío se quejan: ‘maestra, hace mucho frío, me duele’ Y cargan hasta dos o tres suéteres.”

Al director de la escuela, Osvaldo Camarillo, le desagrada que sus alumnos consuman tantas frituras. Afuera hay cuatro puestos con esos productos y jugos. Pero la situación era peor hace un año, cuando la venta de sopa Maruchan era el negociazo.

Describe como una guerra la que libró con los comerciantes para que dejaran de vender esa sopa que no nutre y ofrecieran tortas o tostadas. Además habilitó un espacio dentro del colegio para expender verduras y frutas, pero terminó por cerrarlo por las grillas de los padres de familia.

Su siguiente batalla –pero, espéreme, déjeme descansar un poquito– es erradicar las frituras y abrir una cooperativa donde los 635 niños puedan comprar guisados y comida fresca.

El problema son los precios altos, porque no hay verdulerías y menos un mercado en el municipio, así que la verdura y las frutas deben traerse de Huajuapan, la ciudad más próxima.

Aun con las carencias –tres grupos toman clases en piso de tierra y entre láminas, ya que derribaron algunos salones para construir nuevos–, Camarillo está orgulloso del plantel. El año pasado dos niños de sexto grado consiguieron la beca del Bicentenario por su alto desempeño escolar.

Baja de un montículo donde están los salones, camina hacia una pequeña casa amarilla, abre las dos chapas de la puerta y presume 13 computadoras cubiertas con sus fundas originales. Cuando conecten Internet –espero que sea pronto–, los alumnos podrán cumplir con las tareas que dicen los libros: entra a la página web, investiga e imprime.

De regreso al primero A Adriana González, de 11 años, auxilia a los más pequeños a formar palabras con sílabas escritas en cartón. La maestra Chávez relata: su papá la iba a sacar de la escuela por ser mujer, pero le pedí que la mandara. Ella me ayuda con los chiquitos, aprende y le enseña a los demás.

Porque para algunas niñas el paso siguiente de la primaria es la maternidad. Tengo tres niñas que salieron de sexto, ya tienen a sus bebés y van por el segundo. ¿Qué tipo de alimentación y educación van a recibir sus hijos?, se pregunta.