Opinión
Ver día anteriorMartes 5 de marzo de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mecánica doméstica

Cristina Barros y Marco Buenrostro
L

a lógica económica que prevalecía después de la Segunda Guerra Mundial, requería de una alternativa para la industria bélica que permitiera continuar con la industrialización y las ventas; promover el consumo fue indispensable en las sociedades capitalistas.

Es interesante el papel de la mujer en este cambio; por un lado existía la demanda real y legítima de una integración mayor a la sociedad y de una participación en todos los campos de acción. Pero al mismo tiempo esta demanda fue hábilmente aprovechada por los empresarios para lograr, por medio de la publicidad, que la mujer fuera el blanco de su seducción. Este fenómeno fue similar entre las clases medias de varios países.

En Chile, en 1949, la revista a Eva afirmaba que la mujer chilena, en su anhelo de llegar a ser igual que el hombre, no sólo como una musa inspiradora, ha ido invadiendo el campo exclusivo de éste y no se contenta con ser igual, sino que a veces lo aventaja y logra obtener mayores éxitos que él.

Esta integración de la mujer a otras actividades, creó la necesidad de agilizar los trabajos del hogar. La propaganda se refería a la multiplicidad de usos de un mismo aparato. Así, un anuncio de la procesadora de alimentos marca Sindelita, citada en el interesante y bien documentado libro de Pedro Álvarez Caselli, Mecánica doméstica (Ediciones de la Universidad Católica de Chile, 2011), aseguraba al ama de casa “aunque usted tuviera siete manos… no podría rendir más que la Sindelita 2000”.

Desde Estados Unidos se promovió esta nueva visión que, como ocurre todavía, imponía sobre todo las palabras moderno, modernidad, como objetivos a alcanzar, como una verdadera necesidad. Una de las mujeres chilenas entrevistadas, Inés de la Plaza, nacida en 1929, comenta: Todas las cosas norteamericanas a una la volvía loca, tenían algo que las hacía anticipadamente mejores: su presentación, los durables, el aspecto, siempre parecían como indispensables y de buena calidad. Si no servían, adornaban.

No importaban los cambios en la calidad de los alimentos y que los esposos se quejaran de que los exprimidores eléctricos modificaran el sabor del jugo o que lo refrigerado no fuera fresco; tampoco que, en el caso de México, la salsa de tomate verde de licuadora no tuviera la textura y el sabor de la hecha en el molcajete. Había que ahorrar tiempo, tiempo que se convirtió en factor determinante en la vida moderna. Pero ¿tiempo para qué? Contradictoriamente ese tiempo ahorrado se usaría para descansar de la doble jornada; también para trabajar y pagar los aparatos. Otro tema será el de la comida industrializada y sus consecuencias.

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