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Ver día anteriorLunes 15 de abril de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Foro de la Cineteca

La esposa prometida

T

emblando ante Dios. El mundo insular que describe la realizadora estadunidense Rama Burshtein (nacida en Nueva York, educada en Jerusalén) en La esposa prometida es el de la comunidad de los jaredíes (literalmente, quienes tiemblan ante Dios), judíos ultra ortodoxos cuyo apego estricto a la tradición religiosa y al espíritu de las escrituras sagradas marcan una vigorosa diferencia entre sus costumbres y las de los judíos laicos o los moderadamente ortodoxos.

Ese universo lo mostró en tonos sombríos, casi trágicos, Kadosh (1999), la estupenda cinta del israelí Amos Gitai, que mostraba el drama de una mujer casada y estéril, por lo mismo socialmente proscrita, cuya hermana debía cumplir en su lugar el mandato de procreación por órdenes de un rabino.

La originalidad de la cinta de Burshtein es combinar con acierto drama y comedia, y mostrar la misma comunidad jaredí desde el punto de vista no de un realizador liberal, como en el caso de Gitai, sino desde la mirada de una cineasta que no vacila en asumir su propia ortodoxia religiosa.

A contracorriente de toda corrección política occidental, la realizadora reivindica que el papel esencial de la mujer de ser madre y buena esposa, atenta siempre a satisfacer la voluntad del rabino y de sus progenitores, por adversa que esta sea a sus deseos propios, o por vaga que para ella se haya vuelto la noción elemental del libre albedrío.

Así, cuando al dar a luz muere la hermana mayor de Shira (Hadas Yaron), protagonista de 18 años, y deja solos a su esposo y a Mordechai, el recién nacido, es decisión de la madre de la joven, secundada por el rabino, que renuncie a su deseo de desposar a un joven de su gusto y asuma la obligación de volverse esposa del cuñado ahora viudo.

De poco sirven las débiles protestas de Shira, la comprensión incluso de su nuevo prospecto matrimonial, la contrariedad del antiguo. Su suerte está echada y la opción es la humillante y larga soltería de la amiga Frieda o de la tía Hanna, retratos notables de mujeres doblegadas en parte por la desventura propia y en parte por la rigidez fundamentalista de su entorno.

La sutileza con que la directora explora este asunto es mayor de lo que sugieren las líneas anteriores. Las actuaciones son convincentes y el personaje central transita por estados anímicos complejos y contradictorios, intentando evitar la desgracia del ostracismo total, asumiendo con lucidez y sin amargura el arreglo patriarcal. Queda al espectador la última palabra respecto de los dilemas presentados.

Se exhibirá a partir del martes en la sala 10 de la Cineteca Nacional (15 y 19 horas).