Opinión
Ver día anteriorJueves 25 de abril de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Teatro y cine
H

ace algunos años, tantos que podrían contarse por quinquenios, la escritora Josefina Vicens –autora de la entonces bastante ignorada novela El libro vacío, rescatado póstumamente y celebrado por la crítica, y de argumentos de exitosas películas– decidió compartir sus conocimientos y abrió un taller de guionismo. La Peque, como le decíamos cariñosamente a la escritora, no logró reunir un puñado de talentos, salvo Jaime Casillas, para entonces un argumentista reconocido. El hecho viene a cuento porque cuando yo, que tengo la frustración de no ser argumentista cinematográfica a pesar de mi asistencia a dicho taller, exponía algo, no faltaba quien me gritara, en serio o en chunga: Eso es teatro, Harmony. El hecho, por lo que lo traigo a cuento, es que aquellos nada notables talleristas ya habían advertido la diferencia entre cine y teatro, o lo harían por molestar. Es posible.

El cine se ha nutrido del teatro casi desde sus comienzos, a la mente se viene la versión del gran teatrista Max Reinhard de Sueño de una noche de verano con las posibilidades de entonces de jugar a la magia. Son muchas las adaptaciones de obras de teatro al cine (Y no hablo de los plagios de comedias y sainetes para lucimiento de Joaquín Pardavé y hasta de Fernando Soler en el cine nacional) y se puede decir que un drama de éxito de público pronto será filmado, sobre todo por los países de habla inglesa. Algunas de las grandes diferencias entre los dos medios artísticos fueron subrayados por Laurence Olivier y su imitador –por lo menos en sus principios– Kennet Branagh –en la versión cinematográfica de la shakesperana Enrique V en que se empieza como una representación teatral y la pantalla se va enfilando hacia momentos netamente cinematográficos cuando se invade Francia.

Lo contrario se configuraría en el ingenioso montaje de Germán Castillo a La escuela de las mujeres de Molière en que miramos una película de rancheros a la antigüita mientras se decían de pe a pa los parlamentos de La escuela de las mujeres de Molière. Y a pesar de estos juegos y otros, no se rompen los límites entre teatro y cine. Si en el teatro la gente es gente como me dijo una vez un niñito, que ya había entendido en qué consiste el encanto de la representación teatral, el cine permite recursos de los que en escena sólo con iluminación se logra, y eso a medias, como serían los acercamientos que en el cine llegan a ser hasta de una mano o una boca.

En cambio, la presencia humana, ese la gente es gente del teatro, crea una dinámica muy especial, una tensión a la que los espectadores no son ajenos. Hay que añadir algo muy consabido, que ninguna escenificación es exactamente igual a la del día siguiente de la misma obra y es esta variedad, en la que a lo mejor una gran actriz está mucho más imponente que en el día anterior, o lo contrario, lo que diferencia de las imágenes fijas en la llamada cinta de plata.

El campo visual también es diferente. En el teatro, la estructura del escenario definirá la escenografía, sin mayores cambios de perspectiva (no se usa mucho el disco giratorio más que en os musicales), lo que significa un reto para los escenógrafos y esto da lugar a una creatividad que aun el ojo no avezado advierte. Cada medio artístico tiene sus propias convenciones. El telón o el oscuro teatral son sustituidos en los filmes por otros recursos (los viejos recordamos ese calendario de donde se desprendían páginas de los días que volaban). Un cambio de estación nos indica en una película que el tiempo pasó, aunque a veces se busque la sorpresa y no se indique tal cosa. Los vaivenes de lugar y temporales son dados de diferentes maneras. En teatro, un cambio de luz y de vestuario, lo que también puede suceder en el cine, a pesar de los recursos de este arte. En fin, que allí en donde la gente es gente, la imaginación de creadores y de público es mayor, sin desdoro del arte cinematográfico que ha dado al mundo varias obras maestras que a su vez han incidido en la creación de modos escénicos como el ritmo y el tono de los montajes.