Opinión
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Un gobierno difícil
Arnaldo Córdova
E

nrique Peña Nieto inició su gobierno, como suele decirse, comiendo lumbre, arrasando con todas las aparentes dificultades que se le presentaban y, por supuesto, pavoneando cualquier logro, por pequeño que fuera, con el entusiasmo de sus sostenedores y la admiración febril de los incautos. Recuerdo las siguientes arrobadas consideraciones:

Empieza Enrique Peña con un vigor político refrescante: voluntad conciliadora que no esperaban los opositores que lo subestimaron, trazaron un personaje sin cualidades políticas, un títere movido por el mago de Oz de los capos y dueños del ágora electrónica. Y aseguraron su victoria electoral. De él, de su vocación política y voluntad de poder, depende el buen éxito del cambio emprendido con entusiasmo. Y con rumbo. El que anticipó en su visita a Washington como presidente electo: la guerra contra el crimen no es prioridad de mi gobierno; es el comercio, inversión, creación de empleos (León García Soler, La Jornada, 16.XII.2012).

Peña Nieto debe haber creído que sólo faltaba decisión para gobernar este país. Da la impresión de que, para él, todo era realizable, que bastaba empeñarse a fondo en la tarea y que las cosas saldrían como él se las había imaginado. De repente descubre que no todo es color de rosa y que se requiere de mucho más que entusiasmo para gobernar. Tiene la ventaja sobre los lamentables presidentes panistas, Vicente Fox y Felipe Calderón, de que entiende mejor lo que es la política y el arte de gobernar.

Ante todo, se ha dado cuenta de que para ello es preciso hacerse de los más aliados que sea posible y comprometerse con ellos en demandas concretas. No se trata de conciliar donde todo parece irreconciliable; se trata de poner de acuerdo a otros con las propias posiciones.

Peña Nieto ha dejado muy en claro cuáles son sus pretensiones y lo ha anunciado desde que se encarreró por la Presidencia de la República, al anunciar sus llamadas reformas estructurales: la laboral, la energética, la financiera o hacendaria y le salió al paso la educativa.

Cuando las planteó, durante su campaña e incluso desde antes, aparecieron como simples objetivos de gobierno, casi como propósitos personales. Al asumir la Presidencia se dio cuenta, y no hay prueba de que lo haya hecho antes, de que necesitaba de una amplia política de apoyos. Cuando hacía sus propuestas daba la impresión de que eran planteamientos tan necesarios que todo mundo estaría de acuerdo y todo era simple problema de decidir cuándo.

No quiere decir que no haya considerado que necesitaba aliados para realizar sus propuestas. Pero me parece que de veras pensó que con lo que había, vale decir, la alianza histórica con el Partido Acción Nacional (PAN) que venía desde Carlos Salinas, bastaba y sobraba.

Alguien o algo debió persuadirlo de que la cosa no era tan automática como eso y que había necesidad de un consenso generalizado en el que fuera claro el propósito de todas las fuerzas políticas y económicas más importantes de ir en alianza para alcanzar esos propósitos.

El lanzamiento del Pacto por México, signado por los tres partidos más fuertes y por toda una serie de organizaciones civiles, fue claro: conseguir ese consenso, por lo menos en la forma y siempre entre las cúpulas del poder, que hiciera general el acuerdo.

El pacto tenía que contener todas las demandas que eran comunes e, incluso, algunas que eran particulares de algunos de los actores. Por eso se firmó en la cúpula, donde es más fácil negociar y, además, comprometerse.

Muchos deben haber pensado que no era preciso incluir al Partido de la Revolución Democrática (PRD), sedicente partido de izquierda, en el acuerdo y que bastaba el consenso con el PAN, pero muchos otros, en cambio, pensaron en un pacto mucho más amplio.

El cálculo debió haber sido claro desde un principio: en el pacto se podía incluir todo lo que viniera en mente, pero sería el Congreso, en todo caso, el que al final decidiera. Y en el Congreso se vería cuál era la mayoría necesaria para decidir.

Esa parece que va a ser, en adelante, la mecánica que cualquier acuerdo tendrá que seguir. Como espectáculo para la sociedad puede pasar. Siempre impresiona que alguien se ponga de acuerdo. El problema es que el Congreso de la Unión es un campo de batalla abierto a los influjos de las diferentes fuerzas sociales que siempre actúan, sobre todo cabildeando, en favor de sus intereses y con lo cual entorpecen, cambian o dilatan la realización de los acuerdos.

Un espectáculo de esa naturaleza lo dieron los personeros de los medios de comunicación al discutirse la reforma en materia de radiotelecomunicaciones. E igual sucedió con la reforma laboral.

Peña Nieto ha tenido que darse cuenta de que gobernar no es tan fácil como se imaginó al principio. Hay temas y problemas en los cuales es muy difícil avanzar. Poner de acuerdo a los actores políticos, que no se reducen a los partidos y con los cuales es más llevadero el trato, resulta de una dificultad extrema, porque los intereses chocan a veces de manera irreconciliable.

A algunos es sumamente azaroso ponerlos de acuerdo sobre ciertas materias. Por ejemplo, en la ya mencionada reforma de radiotelecomunicaciones resultaba un verdadero albur confiar en que los patrones entenderían el significado de la doctrina de la rectoría del Estado en la materia.

Aunque son los que más chillan y reclaman la realización de las reformas estructurales, los empresarios son siempre los más difíciles de convencer, sobre todo cuando se trata de sacrificar un poco de las propias posiciones en favor de un acuerdo más general.

No sólo actúan a través de sus representantes y cabilderos, sino que son capaces de llevar a cabo verdaderos sabotajes de las políticas públicas que implican siempre una frustración de las mismas y su colapso en los hechos.

Hay, por sobre todo ello, un vicio de origen que a veces se pierde de vista: este es un gobierno que ha decidido gobernar con la empresa y para ella. Los empresarios quieren las reformas porque saben que ellos serán los primeros a los que beneficiarán.

De hecho todas las reformas están pensadas y planeadas para ellos. Sus oposiciones se muestran cuando quieren asegurar una mayor ventaja o por el sempiterno temor a ser arrollados por las políticas públicas. Para ellos no valen compromisos o acuerdos de ninguna clase si vislumbran el más mínimo peligro para sus intereses.

Peña Nieto ya ha recibido innumerables muestras de ello y sabe que con el capital es mucho muy difícil ponerse de acuerdo. Para ellos el gobierno es un enemigo natural. Para el Centro de Estudios del Sector Privado, dependiente del Consejo Coordinador Empresarial, se trata de un gobierno irremediablemente corrupto.

Peña Nieto no sólo tiene que vérselas con sectores como los maestros en lucha por sus derechos, sino con el poderoso capital que sólo admite un gobierno para él solo y ve con desconfianza cualquier gobierno que se haga para la sociedad.