Opinión
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Krugman y los milagros
Rolando Cordera Campos
P

aul Krugman, en Monterrey ante los aseguradores: México tiene todo pero crece poco ( El Economista, 08/05/13 p. 1). “México parece una historia feliz, excepto por el crecimiento… ha tenido un gran crecimiento de sus exportaciones, pero eso no se ha reflejado en mayor crecimiento… sigo, parece que concluyó el Nobel, esperando ver el caso de una economía milagrosa” (Juan Antonio Zúñiga, La Jornada, 08/05/13, p.35). No hay ambigüedades en los dichos del feroz crítico del New York Times, quien no cree en milagros, pero sí acertijos que descifrar si se inscriben sus palabras en una perspectiva de mayor plazo y profundidad que la que suelen usar los profetas de la nueva grandeza mexicana.

Entre otras cosas, Krugman señaló que “no nos explicamos exactamente en qué punto misterioso…México perdió la capacidad de crecer a tasas mayores, mientras otros países, igual de liberalizados, lograron multiplicar su crecimiento económico de manera sostenida” (Yolanda Morales, El Economista). Puede que las explicaciones y la cronología no satisfagan del todo al exigente economista de Princeton, pero las ha habido y no son pocas, y no estaría mal que los spin doctors de la nueva era volvieran sobre ellas. No pertenecen a una sola escuela de pensamiento, pero coinciden en asumir que la magia del mercado y sus perfecciones no son satisfactorias ni para explicar lo que pasa ni para dejar atrás la trampa de crecimiento en que nos metimos.

Fue a lo largo de la década de los años 80 del siglo pasado cuando México, como el leopardo de Hemingway, perdió la ruta y empezó a trazar una trayectoria de su crecimiento inferior a la que había recorrido desde los años 30 hasta culminar en el llamado desarrollo estabilizador. Se trató de una coyuntura agresiva y peligrosa que impuso visiones y formas de actuar que llegaron para quedarse y condicionaron férreamente el despliegue de las potencialidades de desarrollo que aún quedaban.

De entrada, esta desviación desdichada puede ser atribuida a las políticas de emergencia y sobreajuste aplicadas por el presidente De la Madrid frente a la pavorosa crisis de la deuda externa, en un contexto de abusiva presión estadunidense (Reagan y su junta) y la complicidad del Fondo Monetario Internacional, convertido en el prefecto de los deudores y valedor obsecuente de los acreedores. Se trató, dijeron en su momento Nathan Warman y Vladimiro Brailovski, de una política económica del desperdicio cuyos costos, estimó el Banco Mundial, habrían sido superiores a los sufridos por Alemania después de su derrota en la Primera Guerra.

Se trató de un crimen perfecto, dijo alguna vez James Galbraith, porque dejó a los banqueros que habían prestado alegremente sin responsabilidad alguna. Todo corrió a cargo de los irresponsables gobiernos emergentes de entonces y fue al calor de esta coyuntura que el Estado mexicano sufrió un desgaste mayor y se impuso la leyenda negra del desarrollo anterior: la industrialización lograda era rentista y parasitaria; el sector público dilapidador y corrupto; la sociedad, pasiva y prebendaria, dispuesta a ser clientela dócil; los trabajadores mexicanos, flojos y privilegiados.

Y luego, todo cambió y el ajuste que se justificaba como expiación por los excesos del auge petrolero y, no faltaba más, la nacionalización de la banca, se volvió costumbre y virtud cardinal que, según sus oficiantes, nos llevaría pronto al reino del mercado libre y abierto y a formas y ritmos de expansión incomparables a las del pasado. Eufóricos, los aspirantes a jóvenes turcos que gobernarían hasta bien entrado el siglo XXI, renunciaron a toda noción de fomento o protección racionalizados y en coro decretaron que la mejor política industrial era la que no había. Y así, se renunció también a construir las bases productivas e institucionales para aprovechar al máximo la apertura y se redujo la inversión pública a su mínima expresión. Con la extranjerización de la banca recientemente reprivatizada, se le asestó un golpe mayor al sistema nacional de pagos y el crédito registró estruendosa caída con el error de diciembre, sin que hubiese banca pública para mínimamente compensarla.

Parte de este ajuste vuelto costumbre, fue el mantenimiento de una política salarial regresiva y así la austeridad se impuso en las buenas, en las malas y las peores. Con un mercado interno famélico y una estructura productiva achicada, la posibilidad de alternativas endógenas se contrajo al máximo y quedamos al amparo del ciclo internacional, sin contar con palancas para aprovecharlo o contrarrestarlo.

Crecemos, sin duda, aunque de repente caemos sin tener de dónde agarrarnos, como sucedió en 2009; lo más grave es que el crecimiento no está a la altura de lo que la demografía reclama en empleos formales y protegidos, dignos diría la OIT, y en excedentes para producir bienes públicos indispensables en la salud o la educación. Navegamos al pairo mientras la informalidad laboral crece sin cesar y los jóvenes topan con el muro de las expectativas jibarizadas.

No serán las reformas que tanto necesitamos las que nos traigan el click que Krugman echa de menos. Tampoco será la necedad de los cancerberos de la estabilidad monetaria la que nos ponga en la ruta de un crecimiento socialmente adecuado. Tiene que ser la inversión, en especial la pública por ahora, junto con nuevas formas de coordinación e intervención estatal dirigidas al crecimiento, las que nos lleven a descubrir otra senda de expansión sin dictaduras del pensamiento caduco que todavía se ostenta como único y que, desde esas honduras, quiso por boca del gobernador Carstens enmendarle la plana al visitante.

A ver si con el Plan nos atrevemos a buscar una auténtica empatía entre el México próspero y el México incluyente que se busca. Debería admitirse ya que el primero es inconcebible sin el segundo… por más milagreros que nos aplaudan.